
“El Senador John McLaughlin construyó su reputación siendo duro con los espaldas mojadas. (...) Pero lo que el Senador no entiende es que este Estado funciona gracias a los ilegales. Lo impulsan. Mantienen los costos bajos. Mantienen las ruedas en movimiento.”Una regla no escrita entre los aficionados al cine de derribo es aquella que dice que si en la película hay un cameo de Tom Savini, la película mola. Luego, la realidad demuestra que no es exactamente así; pero títulos como Machete ayudan a reforzarla y mantenerla.
Gozosa descendencia de aquella maravilla que era Planet Terror, el falso trailer que la precedía se convierte en largometraje alocado que pese a mantener las imágenes que contenía (algunas vueltas a rodar) se convierte en algo diferente para ofrecernos mayor diversión. El trailer simulaba un subproducto de acción estilo Setentas en el que veíamos sus mejores momentos. El trailer siempre es señuelo y uno disfrutaba con el adelanto promocional sabiendo que luego iba a ser otra cosa. Con Machete Robert Rodriguez y Ethan Maniquis (su montador habitual reconvertido a la codirección) solventan esa papeleta por la vía de la diversión total para espíritus impuros. Plantearse un bodycount de tamaño espectáculo de sangre y vísceras es, por ejemplo, imposible. Machete es, como personaje pero también como película, una visceral fuerza de la naturaleza transformada en mito fílmico que sana con huevos que se fríen bajo la cama y arrasa con la América white trash a base de ultraviolencia sin prejuicios. Una fiesta del derribo hecha para el berreo de espectadores necesitados con urgencia de evasión primaria e instintiva, como es mi caso.

Hay quien piensa que es pura impostura, pero muestro mi desacuerdo ante esa afirmación. Machete, al igual que Planet Terror, transita un equilibrio difícil con brillantez, el de no ser parodia de lo que toma como referente reverenciado por mucho que busque nuestra sonrisa a base de excesos. Machete tampoco se convierte en un calco de aquel cine de barrio y doble sesión sino que es otra cosa, una idealización que lo mitifica, como el propio personaje que al final se sabe mito. Machete es un acto de amor y cachondeo y quien busque películas de aquella época que den lo mismo que Machete no las encontrará porque no existen. Machete es la serie bé ideal que nunca nos fue entregada.

Al mismo tiempo, Machete también se construye como filme político que subvierte el mensaje reaccionario de alguna de aquellas películas. Danny Trejo, inaudito como protagonista, era uno de los hispanos que Charles Bronson liquidaba sin contemplaciones en Yo soy la justicia II. Treinta años más tarde los émulos fronterizos de Bronson, mucho más cobardes, son pasados a cuchillo en venganza por Speedy Gonzalez. Machete es el ansiado héroe pOp del proletariado, y no se sorprendan porque un espectáculo de explotación y derribo incluya este tipo de mensajes, eran habituales en el spagueti western y no por casualidad el personaje de Jessica Alba se llama Sartana.
Pero, por encima de todo eso, Machete incluye uno de los momentos más primariamente irresistibles del cine reciente, aquella en que Michelle Rodriguez, la guerrillera She, emerge resucitada en cuero corto armada hasta los dientes. Nunca un parche exudó tanta pasión. ¡VIVA MACHETE!
