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10.10.16

CRÓNICAS DE #SITGES2016 (VIII): SHIN GODZILLA



Quienes conocieron este blog en sus tiempos de gloria saben de mi entrega y devoción por el más famoso de los monstruos japoneses (aunque el propósito de repasar todas sus películas quedó incompleto). Así que la presencia es Sitges de una nueva entrega con el sello de la Toho, doce años después de la estupenda Godzilla Final Wars y sin contar la reciente incursión americana de 2014, era una de mis prioridades absolutas. El nuevo reboot japonés no solo está a la altura de la leyenda sino que además es muy generosa en detalles y subtextos que merecen comentarse. Ya de entrada, llama la atención su director, nada menos que Hideaki Anno, el creador de Neon Genesis Evangelion, el revolucionario anime de mechas (es decir, robots gigantes) tan hermoso como metafísico. Su presencia imprime una notable personalidad a una película ciertamente sorprendente, y que puede descolocar a más de uno. De hecho, Shin Godzilla es una película cargada de política e ideología porque toda ella es una alegoría del Japón actual. No es la primera vez que pasa con Godzilla, que ya nació como encarnación pop de las bombas atómicas y luego, en el esplendor económico del Japón de los años 60, cambió de bando para convertirse en defensor de la nación que antes pisoteaba. Sin olvidarnos de Hedorah, la burbuja tóxica, rival surgido de la contaminación.



En la nueva película, aunque Godzilla irrumpe desde el primer minuto, durante media hora asistimos a un fascinante despliegue de ineficacia burócrata e inacción política en lo que es una sátira de un estado inoperante gobernado por una generación que debería llevar tiempo jubilada en beneficio de esa que tan bien retrata Inio Asano, a la que nadie hace caso y se señala como freak o rarita. Toda esta carga crítica es tan evidente como las lógicas referencias a la catástrofe nuclear de Fukushima que impregna toda la película. También las citas al contexto internacional y la ambigua descripción que se hace de los Estados Unidos, al mismo tiempo el enemigo que les humilló y contaminó, pero también único aliado posible (junto a Francia) frente a Rusia o China.



Pero esto es una peli de Godzilla, claro, así que no debemos olvidar la faceta de derribo, caos y destrucción. Ya de entrada me encanta como Hideaki Anno remite a la serie original con el diseño inicial del monstruo, un diseño vintage con esos ojos de muñecote que luego muta con un aspecto que se inspira en el primer Godzilla, el de 1954. También es gozosa la perfecta convivencia de maquetas de la vieja escuela y efectos digitales. De hecho, a media película estalla un guateque de destrucción de una belleza apabullante, victorioso contraataque de la Toho hacia la también bonita, pero menos, estética del Godzilla de Gareth Edwards. Toda esa parte del metraje es tan majestuosa que luego será incapaz de superarla para el espectador occidental, pero no para el japonés, al que se entrega en bandeja una catarsis patriótica sobre la capacidad nipona para renacer tras la destrucción en una película sin asomo de protagonismo individual porque la victoria será colectiva o no será.

1.6.15

IMAGINACIÓN ILIMITADA: SUEÑOS, FOLLETINES Y DAVID B.



He disfrutado más allá de lo razonable con la primera entrega de Los sucesos de la noche de David B., que Norma acaba de editar, y los motivos de mi entusiasmo no se deben únicamente al placer de su lectura. Vaya por delante que soy un incondicional del trabajo de David B., pero por la forma en que por aquí se ha ido publicando no he construido en mi cabeza un buen mapa cronológico de su obra. Es por eso que lo empiezo creyendo que se trata de un título reciente y de entrada leo como guiños autoreferenciales cosas que no lo son, porque pronto trazos de dibujo que remiten a Tardi —su mayor influencia inicial— abren una duda que no para de crecer hasta que detengo la lectura y me levanto en busca de respuesta. Va a ser la primera de varias consultas e indagaciones que lejos de interrumpir multiplican mi goce lector.



Descubro así que esta edición de Los Sucesos de la noche consta de dos volúmenes. Este primero, en el que estoy enfrascado, recopila tres tebeos publicados entre 1999 y 2002 mientras que el segundo sí se compone de material reciente. La historia narrada es una fascinante intriga onírica protagonizada por el propio autor a partir del descubrimiento de un misterioso folletín también titulado Los sucesos de la noche. A partir de ahí, recorriendo peculiares librerías donde se apilan millares de viejos libros, descubrirá que su editor es un oficial napoleónico que lleva décadas huyendo de la muerte, refugiado entre las páginas de libros polvorientos mientras rinde culto a una deidad babilónica cuyo símbolo es la letra N. El relato parte de un sueño real del autor y no faltan leyendas orientales, la representación de grandes batallas —napoleónicas o mesopotámicas— o malhechores de los bajos fondos parisinos. Todo ello elementos recurrentes en los cómics de David B.



 Obviamente, lo primero que me engancha, y cómo, es esa idea del misterioso folletín de publicación irregular —de 1829 a la actualidad—. Yo también he soñado con tebeos —y libros, películas o discos— que no existen e imaginado un extraño paraíso de papeles polvorientos en secretas trastiendas librescas. El impacto es mayor porque el verano pasado, como parte de mi intenso estudio sobre la influencia de la 1ª Guerra Mundial en el género fantástico —pueden leerlo en Presencia Humana #5 y aviso que es de lo mejor que he escrito— releí otra obra de David B., La lectura de las ruinas, donde también aparecía ese misterioso folletín. De hecho, recuerdo buscar por Google su posible existencia real, sin fruto alguno. También me he levantado para consultar Los complots nocturnos, otra novela gráfica donde David B. convierte en historieta algunos de sus sueños, y pasando páginas veo que algunos de ellos también están llenos de librerías secretas rebosantes de maravillosas lecturas imaginarias.



En Los sucesos de la noche también reconozco la presencia del Profeta velado (que aparece en Los buscadores de tesoros y en una de las historias de El jardín armado) y del Capitán Escarlata, protagonista del álbum homónimo con dibujos de Guibert. Ambos personajes con el rostro oculto, como el misterioso oficial napoleónico que huye de la muerte mientras edita un subterráneo folletín ocultista. Y me doy cuenta de que todos esos guiños que creía ver en Los sucesos de la noche son en realidad el premonitorio abanico de obsesiones temáticas y visuales que impulsan la obra de David B., todas nacidas en la portentosa imaginación infantil que le servía de refugio ante la enfermedad de su hermano —relatada en la serie autobiográfica La ascensión del gran mal, luego recopilada en un único volumen bajo el título de Epiléptico—.



 Así que lo que he empezado como una simple lectura ha acabado conmigo desplegando sobre la mesa mis cómics de David B. —que son todos los que aquí se han publicado excepto Rey Rosa, aunque ya estoy paliando la carencia— y leyendo un par que tenía pendientes: Babel, una especie de epílogo onírico de La ascensión del gran mal cuyo segundo número, ay, permanece inédito entre nosotros; y La banda de los postizos, reconstrucción novelada sobre un grupo de audaces atracadores que sembró el caos en la Francia de 1980, donde es fácil localizar sus temas pese a que solo firme el guión —los dibujos son de Tanquerelle— y a que tenga forma de thriller policial basado en hechos reales.



Tengo ante mí buena parte de la obra de David B y me prometo que estas vacaciones lo voy a leer todo de nuevo, y además anoto algunos libros que va citando de manera recurrente como influencia de sus tebeos: Calle de los maleficios: crónica secreta de París de Jacques Yonnet (Sajalín), A bordo de la Estrella Matutina y otros relatos de Pierre Mac Orlan o El rey de la máscara de oro de Marcel Schwob. Y sé que voy a disfrutar de lo lindo. Luego pienso que las últimas semanas me he sumergido en obras como Los Eternos o Pantera Negra de Jack Kirby, El Incal de Moebius y Jodorowky con su Antes y Después o incluso Los Wrenchies de Farel Dalrymple (Sapristi), y de que a la hora de erigir imbatibles universos de la imaginación los tebeos no conocen límites.


27.5.15

DE COMO BILL CLINTON VENDIÓ SU ALMA A LA CULTURA POP Y EL FANTASMA DE ELVIS SE COBRÓ LO PACTADO



Cuentan las crónicas electorales yanquis que cuando en junio de 1992 Bill Clinton, en plena campaña electoral, apareció en The Arsenio Hall Show y se marcó un Heartbreak Hotel al saxo, dio un paso de gigante para convertirse seis meses después en el nuevo presidente de los EEUU.


Entre la aparición televisiva y su proclamación como presidente, el insigne periodista y ensayista Greil Marcus publicó un visionario artículo en el New York Times del 23 de octubre de 1992. Se titulaba "La estrategia Elvis" y explicaba como esa actuación o el uso de frases sacadas de canciones de Elvis crearon un mediático vínculo pOp entre el candidato demócrata el y el rey del rock. Su rival, el entonces presidente George Bush padre, creyó ver ahí algo que ridiculizar, diciendo cosas como que las propuestas económicas de Clinton eran una tontería que podrían resumirse como "Elvis Economics" a lo que el demócrata respondió "Me parece que a George Bush no le gusta mucho Elvis". Lo cierto es que el político republicano, quizá por haber nacido en 1924, no se daba cuenta de algo que Clinton sabía muy bien: en el sueño americano Elvis es América.

Clinton, como fan adolescente de Elvis, lo sabía, al fin y al cabo pertenecía a la generación que hizo estallar el rock and roll. Hay quien en estas imágenes del funeral de Elvis señala la presencia de Clinton (minuto 2:29).


No he podido confirmarlo, y hay dudas al respecto, pero da igual porque es buena prueba del vinculo pop entre Elvis y Clinton: si hay quien cree que Elvis no ha muerto y uno puede encontrárselo por la calle, hay quien ve a Clinton en el funeral de Elvis. De hecho, Clinton se convertiría para muchos en el mejor impersonator de Elvis, su mejor doble.

Pero la cultura pOp oculta afilados requiebros del destino, o lo que es lo mismo: si para ser presidente Clinton vendió su alma a la cultura pOp, esta acudió como Mefistófeles para cobrarse los servicios prestados.



En 1989, Jim Jarmusch estrenaba una de sus mejores películas: Mystery Train. El nombre lo tomaba de una de las mejores y más míticas canciones de Elvis y explicaba el viaje a Memphis de un par de fans japoneses del Rey del Rock. En una escena clave, el fantasma de Elvis hacía acto de presencia.



El doble de Elvis que encarnaba a su fantasma en el film de Jarmusch se llamaba Steve Jones y esta fue su única aparición en pantalla. No era demasiado relevante como impersonator, solo uno más entre muchos cientos. Años más tarde su esposa Paula, también fan de Elvis, se hizo mucho más popular.


Cuando Clinton estrenó su presidencia, la derecha norteamericana inició un ataque directo a su línea de flotación lanzando sospechas sobre supuestos escándalos sexuales. Aunque la rocambolesca historia con su becaria Monica Lewinsky es hoy la más recordada, el caso Clinton había estallado por todo lo alto un poco antes con la irrupción voluntaria (aunque hoy hay serias dudas al respecto) de Paula Jones, una mujer que acusó al presidente Clinton de acoso sexual. Pese a no haber pruebas al respecto (y sí de los contactos de la demandante con lobbys de la derecha republicana), el asunto se cerró por la puerta de atrás al más puro estilo norteamericano.

Visto hoy en perspectiva, la defensa de Clinton podía haber manejado un buen argumento para rebatir el acoso (aunque no el encuentro sexual). Al fin y al cabo Paula Jones era una fan total de Elvis, estaba casada con uno de sus dobles, y un día se topó con el mayor y más glorioso de sus impersonators: Bill Clinton.

         
Nota: la historia de Steve Jones, el doble de Elvis en la película Mystery Train, y su condición de esposo de Paula Jones, la explica Greil Marcus en la introducción de su estupendo ensayo Mystery Train (Contra, 2013)


    

13.5.15

DE COMO EL "PITO PITO COLORITO" DEMUESTRA LA FALACIA DEL NEOLIBERALISMO

La mayoría de los memes nacidos en algún recreo escolar que se propagan en el tiempo y el espacio, exponencialmente hasta hacerse eternos, goza de una hermética invariabilidad: "Rebota y en tu culo explota" "Señoras y Señores, en el culo tengo flores" o el eterno caso del chiste del perro Mistetas.

Todos ellos permancen ahí, invariables y rocosos. Estaban en mi recreo, hace 40 años, y se los escucho hoy a mis hijos sin que se haya movido una coma.

No sucede lo mismo con el Pito Pito Colorito, sometido a mil variaciones y que hoy tiene como 40 palabras más que las que tuvo en mi época, en una evolución temporal claramente ineficaz e ineficiente en términos de ahorro y síntesis.

¿A que se debe?

La respuesta es sencilla: el gestor del Pito Pito Colorito, el encargado de trasladarlo oralmente de generación en generación, ha ido modificando el meme movido por su puro interés, su puro egoismo. Si el resultado de la cuenta no le beneficiaba, o no era a su gusto, se extendía con una retahila de frases hasta acomodarlo a su deseo. Y, así, cada generación ha ido incrementando sílabas movida únicamente por el interés egoísta. Es el interés egoista, el interés privado, lo que ha convertido el pito pito colorito en una deformada retahila inacabable de ineficiencia, ineficacia y falta de honradez.

Y es así, queridos amigos, como el Pito Pito Colorito se cargó las falacias del neoliberalismo y el objetivismo randiano.

12.4.15

SERES HUMANOS NORMALES


La pregunta
¿quiénes son los seres humanos normales?
nos lleva a una noticia recurrente


Al fin y al cabo, 
como hacen las personas normales
el asesino siempre saludaba



Quizá la pregunta deba formularse en negativo
¿Quienes son los seres humanos no normales 
En el siglo XVI parecían tenerlo claro

Por ejemplo:
no lo eran
los siameses abyectos


o los nacidos deformes

Pero el siglo XVI no es un buen ejemplo
En el siglo XVI las personas normales quemaban a las brujas


Por eso la ciencia lleva siglos buscando una persona normal


hasta concluir que 
la normalidad sólo es una abstracción matemática


porque la normalidad
solo existe en los tebeos de Archie


31.12.14

TEZUKA Y LOS MUTANTES DEL PLANETA DE LOS SIMIOS

Ando estos días leyendo y disfrutando de Alabaster, uno de esos mangas de Osamu Tezuka con que nos van alegrando las editoriales, en este caso Astiberri. Pretendo escribir más sobre esta lectura, y algún Tezuka más, los próximos días. Alabaster es una variación sobre el Hombre Invisible con forma de divertidísima aventura pulp con un villano de folletín que también remite a Fantomas y demás genios del crimen. Como es habitual en Tezuka, no contempla el bien y el mal como dos absolutos puros sino que los llena de ambigüedad añadiendo ternura a la maldad o un carácter despiadado en quien se supone del lado del bien, y de fondo un plan maestro que quiere demostrar que la belleza no existe, que todo lo que es bello por fuera oculta fealdad interior.

Pero no venía yo a extenderme en ese aspecto sino anotar un detalle más anecdótico, y es que al llegar a la viñeta en que se muestra el verdadero rostro de Alabaster, cuya invisibilidad sólo afecta a la piel dejando ver músculos y venas, relacione de inmediato esa imagen con los mutantes que habitan el subsuelo de la Zona Prohibida del Planeta de los simios. 




Mis lectores veteranos saben que siento fascinación por Regreso al Planeta de los simios, la primera secuela, y quizá eso me lleve a establecer un lazo improbable, y es cierto. De todas formas, tampoco es tan descabellado que Tezuka se inspirara en esos mutantes para dibujar el rostro de Alabaster: por un lado, tenemos que El Plantea de los simios fue todo un éxito en Japón, que su secuela se estrenó, según IMDB, en agosto de 1970 y que Tezuka empezó a publicar Alabaster en diciembre de ese mismo año.

6.9.14

LA VIDA ES MAPA


Creo que no era consciente del irresistible encanto que me despertaban los mapas hasta que sentí una poderosa atracción al ver en las librerías En el mapa: De cómo el mundo adquirió su aspecto de Simon Garfield (Taurus, 2013). No era consciente, o no hasta ese punto, ya que ahora que lo pienso desde pequeño me han gustado los mapas, auténticos o ficticios. De ese entusiasmo va este libro, que recorre y busca la magia de los mapas a través de multitud de aspectos y anécdotas, porque es mucho más que una historia de la cartografía y, sobre todo, es un libro muy divertido lleno de historias curiosas.

Desde la historia de la cartografía recorre a los clásicos de la antigüedad, es decir, Anaximandro (610 a.C.- 547 a. C.);



Eratóstenes (Cirene, 276 a. C. – Alejandría, 194 a. C.);



Ptolomeo y la legendaria Biblioteca de Alejandría (100 – 170 d.C.);



La Tabla de Peutinger que mostraba las carreteras romanas. (siglo IV);



La Chronica Majora 1240-1253 de Matthew París, con sus curiosos anexos desplegables;



El sintético Mapa del Beato (siglo XI), que aún incluía la localización del Paraiso;



y, al otro extremo, el hermoso Mapamundi de Ebstorf (1284).



En el mapa dedica todo un capítulo a la sorprendente historia del Mappa Mundi de Hereford (1300), el más grande de la Edad Media, y su sorprendente intento de venta hace unos años.



Un tema interesante es el de la leyenda “aquí hay dragones” para territorios inexplorados o peligrosos, que se atribuye a la Edad Media pero que en su literalidad “Hic sunt dracones” no aparece hasta el 1503 en el Globo de Hunt-Lenox. Antes se dibujaban dragones, pero a menudo también por motivos decorativos o por la tendencia al horror vacui de los viejos cartógrafos.



Más mapas cuya historia y contexto (ya en el Renacimiento) se explican en el libro: el mapamundi de Andrea Bianco (1436);



el de Fra Mauro (1459), con los viajes de Marco Polo y el esplendor de Venecia de fondo.



Lo cual nos lleva a los mapas árabes con especial mención al de Al-Idrisi (1100 - 1165);



 y a los chinos de Chu-Sen Pen.



La historia del Mapa de Vinland, que demostraría que los vikingos habían llegado al continente americano antes que Cristóbal Colón, y las muchas controversias sobre su autenticidad.



El Mapamundi de Juan de la Cosa (1500) y sus viajes con Colón.



Curiosamente, a consecuencia del Planisferio de Waldseemuller (1507) se bautizó como América al nuevo continente porque atribuía por error su descubrimiento a Américo Vespucio.



Eso nos lleva al tema de los errores, de los que se explican varios en el libro. Por ejemplo, los muchos mapas que por error convirtieron California en una isla;



La cordillera africana de las legendarias Montañas de Kong, señaladas en un mapa por James Rennell en 1798, parece ser que por el horror vacui del cartógrafo, y por ello incluidas en muchos mapas hasta que a finales del siglo XIX el explorador francés Louis-Gustave Binger descubrió que no existían.



O las islas imaginarias del pacífico de Benjamin Morrell (1795 – 1839), "el mentiroso más grande del Pacífico" y el descubrimiento de la inexistente Nueva Groenlandia del Sur.



Regresando a lo auténtico, está la curiosa historia de la medalla de plata con las rutas secretas del corsario Francis Drake.



En el mapa también dedica un largo capítulo a los Atlas y esa idea de poner el mundo en un libro, desde el primero, el de Gregorius Mercator (1578), importante por establecer el modelo de proyección del globo terrestre que aún seguimos usando como base;



 o el Theatrum orbis terrarum (Teatro del Mundo) de Abraham Ortelius (1527-1598);



así como las dinastías de editores de Atlas, especialmente las holandesas con los Atlas Maior (1662-1667) y Atlas Novus (1635-1658) de Willem Blaeu;



 o de Janssonius (1638);



 a los contemporáneos State of World Atlas;



 o el espectacular Earth Platinum Edition, el atlas más grande del mundo.



También hay sitio para la moda de dar forma de animales a determinados mapas. El ejemplo más conocido es el Leo Belgicus;



y otro la amenazadora Rusia imperial con forma de pulpo del Serio-Comic war map for the year 1877, porque otra idea que deja claro el libro es que los mapas nunca están exentos de ideología;



y por supuesto esa especie de dragón con que en forma de caricatura se denunció en 1812 el pucherazo en el diseño de circunscripciones electorales conocido por el nombre de su responsable: el Gerrymandering, tan de moda últimamente en nuestro país.



Otra curiosidad es la comparación entre el África llena (ante el horror vacui de lo desconocido) de la África Nova Descriptio de Blaeu (1644)



al África vacía de d’Anville de 1766, que dejaba en blanco lo no explorado, provocando un efecto llamada a la aventura y la posteridad;



hasta que en 1873 llegamos al mapa de William Winwood, que resaltaba el nombre de los exploradores y sus zonas de expedición.



En las partes dedicadas a África, el libro también destaca la importancia del mapa del Congo Belga en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.



Pasando a otro continente, se relata la trágica odisea de la expedición de Burke y Wills en Australia en 1860.



No puede faltar un amplio apartado dedicado a la Antartida, el último lugar de la Tierra en ser cartografiado, y sus expediciones, con especial mención a las ruta de Amundsen con el mapa de Gordon Home;



o la de Scott relatada por uno de sus supervivientes, Cherry-Garrard, en su libro El peor viaje del mundo.



En el terreno de la cartografía diferente, pero no por ello menos importante, el libro dedica otro capítulo a John Snow y el mapa de Londres que detuvo el cólera en 1853, desvelando que la enfermedad no se transmitía por el aire;



o el Londres cartografiado por Charles Booth en 1891 indicando con colores las condiciones socio-económicas de la ciudad (en un mapa coetáneo a los crímenes de Jack el Destripador, por cierto).



Otra historia curiosa es la de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, que odiaba los mapas y escribía en prensa sobre la imposibilidad de doblarlos correctamente. Seguramente no le habrían gustado los mapas de la Isla de Nunca Jamás que proliferaron tras su muerte.



A estas alturas supongo que es evidente el origen británico del autor del libro, Simon Garfield, y que eso hace que la mayoría de anécdotas y curiosidades sean de esa nacionalidad. Así no extraña que se hable de la sala de mapas de Winston Churchill durante la IIª Guerra Mundial y de su jefe de mapas: Sir Richard Pim.



La historia parte de la búsqueda del globo gigante que aparece en algunas fotografías de Churchill, en el marco de un capítulo dedicado a la fabricación de globos terrestres, los momentos en que han estado de moda y los artesanos que aún los construyen de manera no industrial.



En el contexto de la guerra también se destaca Look at the world: the fortune atlas for world strategy de Alfred A. Knopf, publicado en 1944.



Uno de mis capítulos preferidos comienza hablando del mapa de La isla del tesoro de R. L. Stevenson y de la importancia que tuvo para el escritor trazar el plano del lugar donde sucedía la novela.



Es interesante ver cómo se desdobla esta parte. Por un lado con las historias de mapas de tesoros piratas que abundaron en aquella época y las expediciones a la isla de Trinidad, especialmente la narrada en The cruise of the alerte.



Y de ahí al más contemporáneo Atlas of tresure maps, cuyos autores no se hacen responsables de que los aventureros encuentren los tesoros



Por otro lado, el mapa como forma de relato, lo que nos lleva al recorrido por Dublín de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce dibujado por Nabokov;



y, por supuesto, el mapa de El señor de los anillos de Tolkien (el libro de Garfield es anterior al boom de Juego de tronos, así que no se menciona, como tantos otros porque el tema da para mucho).



También es interesante el capítulo dedicado a los mapas en el cine, destacando su uso en la mítica Casablanca;



sin que falte su uso narrativo en los viajes de Indiana Jones, que ya es un tópico cinematográfico;



 el centro de control cartográfico de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú;



o lo interesante que resulta su uso en M, el vampiro de Düsseldorf de Fritz Lang, llegando a la curiosa conclusión de que muchos de los avances de la cartografía digital fueron avanzados por el cine.



Y eso sin olvidar el mágico Mapa de Maraunder en Harry Potter y el prisionero de Azkaban.



Incluso se anticipa el GPS en Goldfinger. La irrupción del GPS es otro de los temas tratados para acabar preguntarse porqué la gente lo puede preferir a un mapa. ¿Acaso nos gusta ser guiados? Obviamente para Simon Gardfield los mapas son mejores que el GPS.



Por cierto, a finales de los 50s tuvo éxito y varias ediciones el atlas y rutas de hogares de estrellas de Hollywood The movieland guide to the fabulous homes of movie, television and radio stars.




Otro capítulo bastante especial es el que reúne a marchantes y ladrones. Entre los primeros destaca el peculiar Graham Arader III, el rey del mercado, y entre los ladrones de mapas, especializados en extirparlos de libros antiguos de bibliotecas y museos se explica la historia de Edward Forbes Smiley III y de Gilbert Bland, en quien se basó La isla de los mapas perdidos.



Otro de los capítulos se dedica a la historia de las guías de viaje, que lo petaron en el siglo XIX de la mano de los editores Baedeker y John Murray III.




El libro se introduce en terrenos peliagudos cuando plantea si las mujeres no entienden los mapas partiendo del título del célebre libro de Allan y Barbara Pease Por qué Los Hombres No Escuchan Y Las Mujeres No Entienden Los Mapas. Analizando diversos estudios, donde al parecer se demostraría que si bien la abstracción espacial de las mujeres es menos extensa que la de los hombres, a cambio es mucho más detallada, y a partir de ahí se pregunta si el problema está en que el tipo de mapas que se ha impuesto han sido diseñado por hombres.



Otro de los capítulos que más he disfrutado es el dedicado a la historia de los canales de Marte y la cartografía del planeta inaugurada por Giovanni Schiaparelli en 1877 y que a finales del siglo pasado llevo a pensar que estaba habitado por seres inteligentes.



Otro de los aciertos de En el mapa es dedicar un apartado a los videojuegos que llega a una reveladora conclusión: la mayoría son mapas y, por tanto, el futuro de los cartógrafos. Habla de Skyrim;



 de Super Mario;



 Wolfestein/Doom (lo cual me llevó a pensar en laberintos, un tema que curiosamente no se trata);



y por supuesto Grand Theft Auto.



En realidad, la relación entre juegos y mapas viene de muy lejos. Por ejemplo, los naipes de Gilles de la Boissiere de 1669;



El Hendrik van Loon’s wide world de 1933;



o La Conquête du Monde diseñado por el director de cine francés Albert Lamorisse en 1950 y que hoy conocemos como Risk.



Hasta el mismísimo Monopoly no es otra cosa que la síntesis de un mapa urbano, con ediciones para muchas ciudades y una curiosa historia detrás durante la 2ª Guerra Mundial.



Ese aspecto de la síntesis del mapa urbano se vuelve a tratarse con el mapa del metro de Londres de 1931 realizado por el diseñador Harry Beck, que acertó al no hacerlo concordante con el mapa real porque su función de guía es otra. Hoy todos los mapas de suburbano del mundo siguen su modelo.



Muy interesante resulta también el capítulo dedicado a la cartografía del cerebro, con la historia de los taxistas de Londres que han desarrollado más ampliamente una parte del cerebro precisamente por su trabajo. De ahí salta a una de las teorías que podrían explicar el paso al homo sapiens de nuestros antepasados: la capacidad de dibujar e interpretar mapas.



 El epiólogo, claro, se dedica a Google Maps y Google Earth.


 Como ven, En el mapa: De cómo el mundo adquirió su aspecto de Simon Garfield es un libro lleno de historias y anécdotas que va más allá de la declaración de amor a los mapas: es la revelación de que los mapas son vida.