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16.11.12

CRÓNICAS DE SITGES 2012 (XL): HOTEL TRANSILVANIA


Si bien uno puede intuir que algo mustio palpita en el cine comercial contemporáneo, probablemente sea el largo y duradero boom de la animación lo que arroje mayores luces de esperanza. Vale, los niños siguen yendo al cine (probablemente porque los padres no tenemos más remedio que llevarlos) y año tras año una peli de dibujos o una serie de televisión se alza entre lo mejor y más destacado de nuestras preferencias. Lo malo es que levanta una esperanza cinéfila que en ocasiones olvida que por mucho nivel de lectura, lo importante, en una peli de dibujos destinada a los menores, el componente lúdico es lo principal. Digo esto porque a Hotel Transilvania se le pueden poner todos los peros que se quiera por lo que atañe a su simplicidad argumental, y es que de hecho la historia que se explica es mera fórmula para justificar la velocidad del cartoon de toda la vida, ese ir y venir alocado, sin contemplaciones y salpimentados de los necesarios garrotazos. Y junto a eso, una directa recreación cómica y entrañable de los monstruos clásicos de toda la vida, los Frankenstein, Drácula, Hombres lobo, vampiresas, momias, zombies, hombres invisibles y demás seres entrañables. Hotel Transilvania tiene el sello de Genndy Tartakovsky, uno de los renovadores de la animación contemporánea gracias a series como Las supernenas, El laboratorio de Dexter o Samurai Jack, obras que, de hecho, le emparientan más con la animación clásica (revisitada con estéticas retromodernas) que a la sensibilidad habitual de Píxar. Pero, sobre todo, lo que le gana a Hotel Transilvania un rincón en mi corazoncito es su carácter de anacrónico homenaje al espíritu del Famous Monsters de Forrest J. Ackerman. Así que mejor dejar a los monstruos cerca de nuestros niños.

11.11.12

LA HISTORIA ORAL DE LA GENERACIÓN DRAGON BALL


El pasado Salón del Manga de Barcelona acogió el estreno de Songokumanía: El Big Bang del Manga, documental sobre el fenómeno Dragon Ball realizado por Oriol Estrada, más conocido en Internet como Capitán Urías y responsable, entre otras cosas, del muy recomendable y culturalmente disperso blog La Arcadia de Urías.
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El artículo sigue en Gencomics. Parte de las declaraciones de su realizador están tomadas de la entrevista que le hicimos en el Cabaret Elèctric (audio).

8.11.12

CRÓNICAS DE SITGES 2012 (XXXIV): FRANKENWEENIE



Supongo que ayer todos amábamos a Tim Burton del mismo modo que hoy todos le odiamos (al menos un poquito). No es un sentir que se mezcla (amar y odiar al mismo tiempo) sino un camino que parte del uno al otro; quizá odiar sea mucho decir y mejor dejar esa emoción para otros, no sé, para Neil Gaiman. Bueno, va, tampoco. Reservemos el odio para las fuerzas vivas de la sociedad, para amos y políticos, y dejemos en paz a los artistas. A Tim Burton lo amamos antaño porque con películas como Ed Wood lo explicó todo sobre el sentido de la maravilla desde el punto de visto del artista enajenado de la subcultura pOp; y si luego nos dio disgustos, uno tras otro; pero no podemos quejarnos porque, de hecho, con Ed Wood ya nos estaba avisando. He llegado a la conclusión de que Burton no es consciente del desengaño que ha provocado porque sigue fascinado con su cine y es víctima de la misma enfermedad que aquejó a Jesús Franco o, hoy mismo, al Dario Argento de Drácula 3D. La única diferencia es que la industria confía en él y le sigue financiando sus catedrales de gótica y nostalgia. Así, esa inexplicable supervivencia y tenacidad burtoniana podría ir en paralelo a otro fenómeno de nuestros días, a que el espíritu lúdico de la vieja serie Bé pervive en muchos de los desmesurados blockbusters del Hollywood actual, sólo que con más pasta. Demasiado rollo previo para dar la buena noticia: tras demasiado tiempo, Burton vuelve a firmar una película que merece la pena. Se le sigue notando cansado y perdido, pero noto de nuevo esa magia fruto del amor al monstruo y de su mirada abducida por la estética del cuento pOp y siniestro. Quizá hubiera sido demasiada traición hacia sí mismo emborronar el recuerdo de su celebrado mediometraje de 1984 rehaciéndolo alargado y sin sustancia. Bueno, algo puede haber de eso, no lo negaré, pero me inclino más por la sensación de que este Frankenweenie animado es delicioso y sincero, con sus homenajes al Frankenstein de la Universal, a Gamera y a los sea monkeys. ¿Quién puede poner peros a eso? Por otro lado, no está de más recordar que Frankenstein y la idea del hombre creando vida al margen de la divinidad, era un sacrilegio, una ofensa a la fe, que envolvió de polémica viejas adaptaciones (aquí le eliminamos de 13 Rué del Percebe, sin ir más lejos). Hoy, bajo el logo de Disney los niños den vida artificial a sus mascotas muertas. Celebrémoslo con la alegría que merece. Por cierto, la versión en 3D es bastante pobre y no merece la pena.

31.10.12

SCOOBY DOO Y EL ESPÍRITU DE HALLOWEEN




Hace tiempo que quería dedicar el post de Halloween de este blog a los monstruos y villanos de los primeros episodios de Scooby Doo. La serie de Hanna & Barbera merece un puesto de honor en tan señalada fecha porque es una de las máximas expresiones del Espíritu de Halloween: la celebración del horror y lo monstruoso por parte de la infancia. Pero es que no es sólo eso, en términos de cultura pOp Scooby Doo resulta fundamental como parte del diseño del grupo juvenil que se enfrenta al terror (normalmente un Cabrón del Campo en clave American Ghotic).

No está de más recordar la comparación con La Matanza de Texas que publiqué por aquí hace ahora cuatro años (joder cómo pasa el tiempo) y que acabó reformulada en un Repronto. También se hace necesario subrallar las ideas de ese texto tras el visionado de Cabin in the Woods: al fin y al cabo juega con el sacrificio ritual de unos arquetipos de grupo juvenil que ya estaban muy bien definidos en el Scooby Doo de 1969 (la virgen y el estudiante se unifican en Vilma mientras que el loco/tonto se desdobla entre Shaggy y Scooby).

Otro elemento a tener en cuenta es que la serie entronca muy bien con la filosofía del Truco o Trato planteada como pacto del espectador con el género fantástico. Si se opta por el Truco, y no por el Trato, los monstruos no son más que realidades disfrazadas. No existen lo fantástico y el monstruo siemrpe resulta ser un ser humano con intenciones de lo más mundanas.

Pero a lo que íbamos, si quería tomarme la molestia de capturas los monstruos de los 25 episodios de Scooby Doo Whera Are You? es porque visualmente me resultan de lo más hermoso y guardan en su interior al Espíritu de Hallowee. ¿Por qué 25? Pues porque esos fueron los episodios de media hora que lanzaron la serie. Luego la cosa se corrompió un poco al alargarse a la hora de duración e introducir invitados. Estos 25 episodios conforman la totalidad del cánon original de Scooby Doo. Y no está de más recordar al responsable de su diseño: Iwao Takamoto. Tras esta galaría nadie dudará de su condición de maestro del horror pOp.
 
El Caballero Negro  
(What a Night for a Knight)

El Fantasma del Vazquez Castle 
(Hassle in the Castle)

El Fantasma del Capitán Cutler
(A Clue for Scooby-Doo)

El minero 49
(Mine Your Own Business)

El Fantasma de Gerónimo
(Decoy for a Dognapper)

El Fantasma de Elias Kingston
(What the Hex Going Is On?)

El Hombre Mono de la Montaña Prohibida
(Never Ape an Ape Man)

El Robot Fantasma
(Foul Play in Funland)

El Maestro de Marionetas
(The Backstage Rage
 
El Payaso Fantasma
(Bedlam in the Big Top)

A Gaggle of Galloping Ghosts, décimo episodio incluía tres monstruos de lo más clásico:

El hombre lobo

El monstruo de Frankenstein
Drácula

La momia de Ankha
(Scooby-Doo and A Mummy, Too)

Which Witch is Which?, episodio número 13, incluía dos monstruos:
El Zombi

La bruja

El Alien Fluorescente del Espacio
(Spooky Space Kook)

El navio fantasma de Barbarroja

El fantasma de Barbarroja
(Go Away Ghost Ship)

El Fantasma Verde
(A Night of Fright is No Delight)

El Fantasma de la nieve
(That's Snow Ghost)

El Fantasma de Mr. Hyde
(Nowhere to Hyde)

Los Fantasmas Zen-Tuo
(Mystery Mask Mix-Up)

El Creeper
(Jeepers, It's the Creeper)

El hombre de las cavernas
(Scooby's Night with a Frozen Fright)

El Espectro Fantasma
(Haunted House Hang-Up)

El Brujo Tiki
(A Tiki Scare is No Fair)

El Fantasma del Hombre Lobo
(Who's Afraid of the Big Bad Werewolf?)

El Fantasma de Cera
(Don't Fool with a Phantom)





18.10.12

LA VERDADERA HISTORIA DEL POP. CAPÍTULO 32

Esta mañana leía al Capitán Urias (otra persona sabia) sobre el estreno de su documental Songokumanía: el big bang del Manga, dedicado al fenómeno Bola de Drac y el tipo de proyecto que me interesa sobre cultura pOp. Mirando el trailer que se incluye en dicho post, enseguida mis ojos repararon en el titular de una noticia sobre el escándalo generado y la habitual reacción política. Así que como es habitual en esta casa enseguida me he lanzado hacia la Hemeroteca de La Vanguardia, que en su edición del viernes 11 de agosto (sí, ese mes) de 1995 publicaba la noticia que les reproduzco a continuación.






Tras leer la vieja noticia lo primero que he pensado ha sido: "mira, en cuatro días los niños a quienes querían prohibir Bola de Drac le entregarán la mayoría absoluta en el Parlament". Afortunadamente, Paco Alcázar ha venido al rescate para señalar la verdadera noticia importante publicada en esa página de La Vanguardia.



30.9.12

PROUST EN PATOBURGO


Nacido en 1966, pertenezco a una generación que pudo disfrutar de los cómics Disney. De pequeño con la colección Dumbo. No sé muy bien cómo llegaban a casa los ejemplares, pero ahí estaban. En esos años la cosa era un poco así: sin querer reunías una amalgama de tebeos sin saber en muchos casos su procedencia. Tenía una veintena de Dumbos pero no recuerdo ser yo quien los comprase. Luego, unos años más tarde (1976), apareció Don Miki, revista mítica para muchos que disfruté en sus primeras entregas. La cosa me fue un poco justa y cuando aparecieron las revistas de cómics para adultos ya no hubo marcha atrás, y más cuando se era adolescente.

La colección Dumbo se nutría principalmente (luego matizo) de comic books norteamericanos de los años 50, y casi todos los números incluían alguna de las historietas largas realizadas por Carl Barks. Don Miki, por su parte, se alimentaba de material italiano. Este origen europeo no es motivo de desprecio, ya que la tradición Disney en el fumetti italiano es enorme, muy popular y de bastante calidad. De hecho, la pervivencia aún hoy sin problemas del tebeo italiano en los quioscos empieza por las revistas Disney y continúa con Bonelli. Qué envidia. Aquí, en un plis plás, ni siquiera habrá quioscos.

Así que entre Dumbo y Don Miki me empapé de tebeos Disney durante buena parte de mi infancia. No era mi vitamina principal pero me empapé lo suficiente para apreciar que no se trataba sólo de salchichas facturadas de manera industrial por una multinacional y sus franquicias. O al menos no lo eran una parte de ellas. En Dumbo, por ejemplo, estaban las historietas de Super Goofy. Hoy no me despiertan mucho interés y seguramente no lo tienen realmente, más allá de ser una lectura entretenida para infantes. Bueno, miento. Sí hay un interés por mi parte, y es que Goofy es uno de los muchos héroes que se drogan para alcanzar superpoderes, en concreto a través de una especie de judías mágicas. Algún día tengo que encontrar tiempo para escribir largo y tendido sobre Héroes y Drogas en la cultura pOp; pero retomemos el hilo.


También había historietas de Patomas, es decir, de Donald haciendo de Fantomas, del que tengo buen recuerdo. Esta versión enmascarada de Donald era de procedencia italiana y su nombre original, Paperinik, más que al personaje inmortalizado por Feuillade remitía a Diabolik. Y por supuesto encontrabas también aventuras de Mickey, aunque reconozco que nunca sentí pasión por él. Años más tarde, en la revista Totem Calibre 38, descubrí que el ratón estrella de Disney también tuvo una brillante etapa en las viñetas, a cargo de Floyd Gottfredson y de su sucesor Romano Scarpa. Ni Dumbo ni Don Miki las publicaron (creo), así que acabaron apareciendo en una excelente (y breve) revista dedicada al cómic policíaco  y por méritos propios. Anoten el dato.


Pero la estrella de aquellos tebeos eran las historietas del Pato Donald. No sólo él, sino todo el fascinante universo que se construía a su alrededor: Patolandia (o Patoburgo, según traducciones). Ahí estaban sus tres sobrinos (aplaudí cuando en una entrega de Los Invisibles de Morrison recitar sus nombres se convertía en un poderoso conjuro mágico, así que digan conmigo: “Juanito, Jorgito y Jaimito”) y otros personajes como Narciso Bello, Ungenio Tarconi, el clan McPato o los maravillosos delincuentes conocidos como Golfos Apandadores (de estos hay muchos ahora, en nuestra dimensión). Pero, por encima de todos ellos se alzaba la figura del Tío Gilito, en cierta forma el verdadero protagonista de todas estas historietas. La imagen de este pato tacaño y multimillonario bañándose en su acorazada piscina de dinero en efectivo no es sólo un icono pOp de los tebeos, también lo es del capitalismo salvaje. Creo recordar que según Forbes es el personaje de ficción más rico del mundo.


En los tebeos de Don Miki, los autores italianos hacían suya Patolandia, y lo hacían con dignidad y respeto. Pero el verdadero padre y creador de todo este universo era Carl Barks, que lo desarrolló en los comic books de Disney de los años 40 y 50; y era en la Colección Dumbo donde se publicó buena parte de aquel material. Historietas como Andes lo que andes no andes por los Andes (Dumbo 7), Por una mala cabeza (Dumbo 52) o Un pobre rico (Dumbo 87) son pequeños tesoros a tener en cuenta. Regresé a ellas años más tarde gracias a Don Rosa y su maravillosa saga La Juventud del Tío Gilito. Lo hice, eso de subir a lo alto de la estantería y recuperar mis viejos y agrietados Dumbo, porque en estas nuevas historietas se acudía a hechos del pasado allí citados y narrados (la búsqueda de oro en el Yukon, por ejemplo). Así era. Don Rosa llevó a cabo una esmerada reconstrucción de la vida de Tío Gilito a través de todo lo que había contado Carl Barks, y lo hizo además con un dibujo que, siendo fiel al canon Disney, dejaba entrever ciertas influencias del comix underground. Tampoco es tan raro, ya que aquella generación de autores era, a su vez, deudora en parte del legado gráfico de Carl Banks.

Mi amor por los patos resulta así la mar de justificado. No se trata sólo de nostalgia por placenteras lecturas juveniles potenciadas por el hecho de que uno, ya entonces, intuía su calidad. No. También tienen la consideración unánime de clásicos del cómic que, encima, se mantienen bastante frescos. Todo esto explica que cuando se anuncio que Salvat iba a recuperar la Colección Dumbo como coleccionable para quioscos me invadiera el entusiasmo. En twitter grité un par de veces: “¡Comprad, leed alguno, que esto es mucho más bueno de lo que aparenta!”. Hoy me arrepiento. Me arrepiento porque buscando información, chafardeando por la red qué se decía, me llevé un disgusto muy grande. Descubrí que las historietas de Carl Banks que allí se publicaron (y que se reeditan hoy), no eran de Carl Barks. O no exactamente. Eran calcos de Carl Barks. A la industria española del tebeo de aquellos años le salía más barato encargar a un par de negros que pusieran papel de calco sobre los tebeos de Banks que trabajar con los materiales originales. Los defectos y borrones de trazo que atribuía a una impresión barata e industrial (de esos también había) eran en realidad traiciones a la obra original. ¿Qué valor tiene hoy una reproducción idéntica, facsimilar, a como fue editado a finales de los 60? En término de recuperación de un clásico del cómic, de un patrimonio cultural, es una aberración.

Arriba, el Carl Barks original. Debajo, Carl Barks calcado y mal impreso.




En España hemos maltratado a los patos y le hemos dado la espalda a Patoburgo. Así nos va. La edición de Ediciones B de La juventud del Tío Gilito de Don Rosa es prácticamente inencontrable, y encima incompleta. Sería muy feliz con un integral, pero a estas alturas pocas esperanzas de verlo guardo ya. Y si pienso en cómo gestionó Planeta los derechos de publicación hace algunos años, no muchos, me subo por las paredes. Vale, se atrevió con una Biblioteca Carl Barks, que se pretendía íntegra y cronológica. Me temo que fue peor el remedio que la enfermedad. Esos gruesos tomos sólo podían interesar a los iniciados. ¿Cuántos somos? ¿Tres? ¿Cuatro? El orden cronológico no seducía y el coloreado digital era un espanto. La cancelación fue rápida e indolora. Ni siquiera me cabreé porque desde el primer momento supe que no habría largo recorrido. Además, ya había agotado todos mis gritos de rabia tras el cierre, también inconcluso, del genial Popeye de Segar. Con eso sí que habría podido matar a alguien.


Hace un par de días estuve tocando y pasando hojas a los dos volúmenes que en EEUU ha editado Fantagraphics con los patos de Barks. Ambas ofrecen un puñado bien seleccionado de la mejor época de la serie remasterizada con esmero. ¿Tan difícil sería ver algo parecido por aquí? Eso parece. Así que debemos conformarnos con la recuperación piedra a piedra de un material que quizá fue válido hace casi cincuenta años pero que hoy es infame. Y no sólo porque sean dibujos calcados y mal impresos. También está el orden y el concierto, la rotulación mecánica o que los patos sólo ocupan unas veinte páginas y el resto son materiales poco excitantes.


La operación de Salvat es una descuidada artimaña comercial que tiende la trampa de la nostalgia. Y yo, que apreció revisitarla, me cago hoy en la nostalgia.

Y luego está Mariquito López.



Mariquito López es un personaje que me inquieta. Ya de pequeño sus historietas en Dumbo me producían un extraño rechazo. Así que lo miro de reojo. Hoy sé que su nombre original es Bucky Bug y que fue creado por Earl Duvall en 1932 para las primeras Silly Symphonies los cortos animados de la primera era Disney; de hecho, fue el segundo personaje de la Casa tras Mickey Mouse. Eso me lo explica todo. En esas animaciones se oculta algo malvado o atávico. No sé explicarlo, pero de sus emanaciones se alimentan el Frank de Jim Woodring o el Waldo de Kim Deitch. Eso prueba que tengo razón. Además, Mariquito López hablaba en ripios pareados y todo lo que rima es verdadero. Mejor no se acerquen a él, oculta cosas.