Me pongo Coffy (Jack Hill, 1973) porque debo refrescar en poco tiempo cuantas más blaxploitation mejor. Esta es, sin duda, de las mejores y más icónicas muestras del subgénero, que además sirvió para encumbrar a su reina, una Pam Grier que se había estrenado en Russ Meyer por robustos y evidentes motivos. Grier no es mi tipo, lo reconozco, pero no puedo ponerle ninguna pega. La heroína blaxploitation debía ser ella, la única superhembra capaz de hacer sombra al repertorio de fortachones machomen afroamericanos que invadieron los cines de barrio de principios de los 70.
Lo que me sorprende al ver hoy Coffy es su tremenda incorrección política, algo que me hace disfrutar tanto como lamentar tiempos pretéritos en el que el derribo (de convenciones) era genuinamente pOp por pOpular. La película es tan explosiva en ese aspecto que me sumerge en un misterio cinéfilo: su estreno en España. La duda viene al imaginar la de cortes que debió sufrir en su momento por las escenas de sexo, que aunque no explícito son sudorosas, muestran las ubres descomunales de la Reina o detalles tan subidos de tono como el momento en que la protagonista derrama champán francés sobre el miembro viril de su amante y se lanza a saborear el resultado al fuego de una chimenea (véanla en la central de tutubos). También el doblaje debió ser domado y sometido, ya que el original es generoso en frases soeces de esas que en los actuales EEUU condenan en EEUU a una película a una calificación difícil de llevar.
Y aquí surge mi duda, porque nada indica que la película se estrenara en España en los 70. No hay carteles en Todocolección que lo verifiquen, no consta en la base de datos del ministerio, no hay rastro en la hemeroteca de La Vanguardia. Pero lo fue. Puedo certificarlo porque yo la vi, de pequeño, en el cine de la esquina, que se llamaba cine Adriano y hoy es un parking de automóviles. Y puedo certificarlo por una de aquellas escenas irrepetibles que uno guarda en su memoria para siempre; aquella en la que la protagonista intuye la pelea entre féminas que se avecina y coloca cuchillas de afeitar en su peinado afro, para que cuando la rival la agarre de los pelos se lleve una sorpresa (véanla en la central de Tutubos. Una escena que se grabó a fuego en mi juvenil cerebro y que, curiosamente, durante años vinculé a Cleopatra Jones, otro mito blaxploitation (nota al pie: de hecho, Coffy nació para rivalizar con Cleopatra en las taquillas de Harlem), hasta que descubrí que no. Así que ahí tienen planteada esa duda cinéfaga: ¿por qué no encuentro rastros del estreno en cines españoles de Coffy cuando sé que yo la vi en uno de ellos?
Y dicho, esto, ya no sé qué más añadir respecto a este peliculón de tiempos pasados con enfermeras que se lanzan a luchar contra la droga desde el primer minuto del filme armadas con escopetas de cañones recortados. Eso es tremendo porque la película empieza así, con la heroína liquidando camellos para vengar la mortal adicción de su hermanita. Y es tremendo porque implica una carencia absoluta de progresión vengativa, aquella con la que empatizar por la vía chunga. Aquí hay venganza desde el primer minuto y eso despoja de ambigüedades, de moral ya ni hablamos. Coffy, además, se presta al sexo para alcanzar su fin, que no es otro que exterminar a todos los culpables de llenar Harlem de heroína. Policías tan irlandeses como corruptos, mafiosos italianos y políticos negros que hablan de liberar a sus hermanos pero que ponen la mano ante el narcotráfico. En la escena final, de hecho, hay toda una lucha sibilina entre superhembra enamorada y machismo mesmerizante. Por el camino también tenemos lesbianas orondas que protegen a yonquis chivatas (grandiosa la sorpresa lésbica que obliga a Coffy a defenderse con una botella rota) y a Sid Haig haciendo de memorable sicario.
Se acusó a la blaxploitation de ser serie b producida por blancos para consumo de negros que daba una imagen dudosa de éstos. Desde el punto de vista sociológico me resulta más interesante la concepción de la heroína (siempre en contraste con el macho man) como proletaria de los servicios sociales y de armas tomar.
Tenía pendiente desde hace días este excelso y excesivo b-art dedicado a la imponente figura de Fred Williamson con motivo de su presencia en el Festival de Sitges de este año. Williamson fue una de las varias moles del fútbol americano que dieron el salto al séptimo arte (nunca mejor dicho) con motivo de la blaxploitation. La carrera de este actor que siempre me resultó la mar de simpático es un modelo de pleriplo por la gloriosa serie bé de los 70s y 80s. Tras inumerables (y honradas) películas de acción (incluyendo westerns, agentes secretos, mafiosos y crossovers a trío) que pronto se lanzó a dirigir y producir. Cuando el filón se agotó dio el salto a Italia, protagonizando un clásico del cine bélico sin prejuicios, unas cuantas explotaciones desmelenadas de Mad Max y su propia saga justiciera a lo Bronson. Por en medio no falta la coproducción con Filipinas y hasta una de las bruceploitations más infames. En definitiva, Fred Williamson merece, con toda justicia, este recorrido cartelista. Espero que sepan disfrutarlo como yo.
Hay una escena en Konga que me parece quintaesencial para entender el cine de derribo. El Dr. Decker inyecta su suero de crecimiento en el chimpancé que le sirve de conejillo de Indias y éste se convierte en un gorila, o, siendo riguroso, en un actor con disfraz de gorila. La escena es clave para afrontar el disfrute del filme sin complejos. Uno puede reírse con la inaudita transformación (cosa lógica) o puede considerar que es prueba irrefutable de que la película es una mierda y despeñarse, entonces, por el abismo de los tristes y los faltos de imaginación. Craso error esa segunda vía. Que un chimpancé se transforme en un tipo con traje de gorila es un concepto mágico que muestra cómo la serie bé no tiene ni complejos ni vergüenza y que a la imaginación lo que hay que echarle es cojones. Konga es una muestra superlativa de ello, y uno de los subproductos más deliciosos que he visionado en los últimos años.
2 – YO FUI UN HERMAN COHEN ADOLESCENTE
Tras Konga, producción británica de 1961 con el apoyo de la AIP norteamericana, se encuentra un muy admirado maestro en esta casa: Herman Cohen, productor que descubrió el filón del espectador adolescente y su vínculo con el espíritu de Halloween. I Was a Teenage Werewolf fue un éxito que convirtió su hermoso título en un latiguillo a continuar con Frankenstein o cavernícolas varios. De hecho, uno de los títulos alternativos de Konga que uno encuentra por ahí es I Was a Teenage Gorilla.
Regresando a Cohen, a los Hombre Lobo y Frankenstein con acné les siguieron una vampira adolescente (Blood of Dracula, pero no busquen al conde y culpen a la regresión hipnótica) y una joya del metalenguaje fílmico simple y llano como es How To Make a Monster (que, ya puestos, no quiero tardar demasiado en comentar por aquí). Tras tamaña cuatrilogía Cohen cogió la maleta y se largó a la Pérfida Albión para seguir produciendo películas, la primera de ellas la muy apreciable Horrors of the Black Museum. Konga fue su tercera producción británica.
3 – EL McGUFFIN DE LA ADOLESCENCIA
El elemento adolescente despista. Las películas de Cohen lo enarbolan en pos de un efecto llamada que llene la sala y la cajita de los ingresos en taquilla, pero realmente el gran protagonista de sus películas es un muy apreciado icono del M.A.L. y la locura, de la ciencia y la paja: el mad doctor. En el Hombre Lobo Teen los sucesos venían provocados por un psiquiatra aficionado a la regresión hipnótica que no dudaba en experimentar con un muchachote problemático (o sea, un inocente seducido). A partir de ahí, en las películas de Cohen el choque entre Mad Doctor y Teenager (aunque sea un chimpancé) siempre se decanta claramente por el lado de la ciencia loca (o negra). La adolescencia es, pues, puro McGuffin.
4 - EXPLOTANDO A KONG
Por si la imagen del cartel no es suficiente, el título lo deja claro. Kong tiene derechos, pero Konga es tan libre como directo. Un título que estaba ahí aguardando ser subproducido. La AIP prometía, de hecho, un imposible: “Más terrorífico que King Kong”. Lo raro es que nadie denunciara a la distribuidora norteamericana por publicidad engañosa, porque, las cosas claras, por mucho que Konga me haya cautivado, la distancia entre ambas es abismal y la comparación desafortunada. Es cierto que tenemos gorila gigante sembrando el caos por una gran ciudad. Lo dice un policía en frase de antología: “¡Fantástico! Tenemos suelto por las calles un enorme y monstruoso gorila en constante crecimiento”. Pero Konga se sabe disputando categorías inferiores y, más allá de su anticlimático desenlace, prescinde de fotocopiar chuscamente el clásico de 1933 y opta por plantear una película generosa en esos vericuetos del delirio tan propios del cine de derribo sin complejos.
5 – PUNTOS DE PARTIDA
Ya va siendo hora de explicar someramente el argumento de esta esplendorosa joya del bajo presupuesto. El Dr. Decker, tras desaparecer en África en un accidente de avioneta, reaparece un año más tarde acompañado de un chimpancé llamado Konga con el que pretende realizar experimentos fruto de su estancia africana. Se lo explicará detalladamente a su secretaria y ayudante, la Srta. Margaret. Los brujos africanos le han enseñado cómo extraer de determinadas plantas un suero de crecimiento que piensa aplicar a Konga. Luego exclamará una frase que descontextualizada vale un tesoro: “Y ahora vete, necesito estar a solas con mi mono”.
6 - LA ELIPSIS AFRICANA DE LA SERIE BÉ
En la serie menos bé la elipsis, más que un recurso narrativo, es un ahorro. La odisea africana del Dr. Decker es un fundido en negro entre dos titulares de primera plana: Desaparece el Dr. Decker en accidente de Avión y Encontrado el Dr. Decker tras un año desaparecido en el corazón de África. Si luego hay que recurrir a imágenes de archivo (o expolio) para explicar alguna cosa, siempre puede hacerse con británica clase: un Super 8 proyectado a los alumnos universitarios del científico, cuatro negros danzando en pantalla y una frase del tipo “Y así me recibieron los umbamba”.
7 - BIOLOGÍA CARNÍVORA
La mayor sorpresa de Konga es que el gorila en crecimiento no es el único monstruo y la película depara una estrella invitada de altura: plantas carnívoras. De enorme tamaño, el Doctor se dedica con empeño a su cultivo. Traídas de África (en forma de semilla), de ellas se extrae el suero (droga) milagroso a inyectar en el trasero del chimpancé. El travelling que recorre el invernadero dentado es una pequeña maravilla de jardinería de derribo, una colección de muppets vegetales que abren y cierran voraces sus hojas. Da gozo verlas, hasta el punto que las considero de cita indispensable en todo análisis sobre plantas carnívoras y vida vegetal aterradora que lea a partir de ahora. Deparan más sorpresas:
a/ la escena en que el Dr. Decker, feliz, lanza a su interior pequeños trozos de carne;
b/ la afirmación de que son casi humanas, emparentándolas al subgénero de la clorofila terrorífica (casi siempre mutante, selvática o, sobre todo, alienígena);
c/ la introducción de un elemento poco frecuente en los mad doctors (y no es el único): la ciencia chamánica aprendida de brujos de tribu, algo que lo aleja del estricto racionalismo cientifista y lo acerca a su enemigo natural, las paraciencias alternativas y similares;
d/ pero lo mejor, sin duda, está hacia el final, cuando uno de los personajes acaba devorado por una de las habitantes del mortal jardín. Un inesperado ñam ñam dentro de una película de gorila gigante que yo aplaudo de manera entusiasta. La serie bé ofrece este tipo de recompensas, inimaginables en primera división.
8 – LA DIGNIDAD ENAJENADA
Les decía que el eje de la mejor producción de Herman Cohen son los Mad Doctors. Ahí situados sólo puedo añadir que el de Konga es espectacular, genuino, antológico. Definitiva es la presencia de Michael Gough, miembro de honor de esa estirpe de actores británicos que todo lo dignifican con su presencia. Honrados y excelentes profesionales de raza que ya puede caerse el decorado a jirones que ellos siguen ahí, impertérritos y elegantes, como si estuvieran interpretando a Shakespeare ante la Reina Madre. Contemplar a Gough soltando imposibles científicos, matando gatitos a tiros, alimentando cárnicamente sus plantas y dejando ir con toda la dignidad del mundo la enajenación y maldad desbocada que domina su personaje es un gustazo, a qué engañarnos.
9 - LA HIPNOSIS ANIMAL COMO CAMINO HACIA LA GLORIA
Decía al principio que podemos localizar la quintaesencia del cine de derribo en la mágica escena en la que un chimpancé se transforma en disfraz de gorila. Pues bien, esa esencia se multiplica de inmediato cuando nuestro mad doctor hipnotiza, presto y veloz, al gorila. La idea de hipnotizar a un gorila y convertirlo en obediente asesino que lanzar contra los diversos rivales de profesión (o sexuales) que aparecen en el camino del científico hacia la gloria (o el polvo) es un paso más en la inocencia subversiva de este tipo de películas. Inocencia por todo lo que conlleva de delirio meter el péndulo ante el bicho y que éste entienda. Y subversivo porque subirlo a la parte de atrás de una furgoneta, transportarlo, y, al salir, darle instrucciones (¡Konga, Mata!) para que se lance contra gente inocente es pura anarquía contra la razón. El traje de gorila y la obediencia zombi. La Rue Morgue Meets King Kong.
10 - EL MAD DOCTOR SEXUAL Y LA FÉMINA CELOSA
Otro elemento poco habitual que irrumpe en esta extraordinaria peliculita es la sexualidad del Mad Doctor, que quizá poseído por la proximidad de la gloria y viendo cómo sus competidores de laboratorio y/o cátedra caen a manos de su obediente gorila, da un paso adelante y opta por seducir y acosar a una alumna rubia y pechugona. La agresión sexual hace acto de presencia en un mad doctor dominado por las hormonas del viejo verde, cosa poco frecuente en un universo tan asexuado o misógino como el de los científicos locos. El detalle lo acercaría a posteriores aproximaciones, y más en concreto a esa joya (zinéfaga y cinéfila) que es El Cerebro de Frankenstein.
No es el único punto en común con la saga de la Hammer (y Fisher, y Cushing). Recordemos que en muchas de ellas la feminidad se alza como elemento de caos, un factor incontrolable que da al traste con los experimentos. Aquí sucede lo mismo. El Dr. Decker tiene una ayudante, una especie de Moneypenny solterona y necesitada de cariño. Tan desesperada anda que cuando descubre las criminales actividades de su jefe, las aceptará y protegerá con la promesa de una futura boda (y sin percatarse de la gélida acogida). El problema viene cuando descubre que Decker se dedica a perseguir alumnas jamonas. Ahí los celos hacen acto de presencia, abriendo la rendija del fracaso. La desengañada ayudante inyectará más suero a Konga, intentará rehipnotizarlo y el simio comenzará a crecer y crecer. Y ya la tenemos liada.
11 – INTERLUDIO PECHUGÓN
Claire Gordon, la actriz que encarna la tentación en forma de universitaria tonta y cárnica, se labró una modesta carrera de (¿falsa?) rubia despampanante secundaria en algunas pelis inglesas muy sixties (Beat Girl) y continuó su predeterminada carrera de forma lógica en protosofts setenteros y proletarios como Sex Farm, Commuter Husbands o Suburvan Wives.
12 - EL CAOS PARSIMONIOSO
La promesa del gorila gigante se hace esperar, y cuando llega destaca por algo que ya sabemos: la precariedad de sus efectos especiales. No esperen stop-motion, ni mecánicos brazos gigantes, ni delicadas maquetas. La superposición de imágenes es el recurso de los pobres, así como el uso de muñecas para niñas repipís, o ese curioso efecto de superponer la cara de Gough en el muñeco que el hombre con traje de gorila lleva en su puño. Un traje de gorila, por cierto, que no permite girar el cuello, obligando a su portador a mover los ojos de un lado a otro. Pero por encima de todo eso destaca su precario poder destructivo. Que un mono gigante se dé un paseo por Londres desafía toda credibilidad, pero que encima no destroce ni un mísero edificio (y mira que tiene el Big Ben a mano porque todo gigante necesita de un edificio distintivo con el que relacionarlo) o no pise a nadie es ya pura fantasía. Konga es el monstruo más respetuoso con el mobiliario urbano de la serie bé, hasta el punto que los habitualmente chillones humanos acaban por contemplar su fin (cuatro tiros y un mortero de escasa puntería) a una distancia nada prudencial.
13 - LA MERIENDA DE LOS CAMPEONES
Konga se distribuyó en EEUU haciendo programa doble con The Attack of the Giant Leeches, y prometía a sus espectadores “Free Gorilla Lunch”, un gimmick a la postre tristón pues no era otra cosa que una banana de saldo con la que matar el hambre de emociones.
14 - LA CONEXIÓN DITKO
El mismo año que Konga, otro ser monstruoso recorrió Londres: Gorgo. Reptil de inspiración godzillesca curiosamente dirigido por Eugene Lourie, responsable, años antes, de la harryhausiana y bella El Monstruo de tiempos remotos (1953), cuyo éxito en Japón propició el nacimiento de nuestro saurio radioactivo favorito. A lo que iba, tanto Konga como Gorgo se convirtieron en personajes de tebeo dibujados por el gran Steve Ditko, sus últimos trabajos para la Charlton antes de embarcarse en su primera y fundacional aventura marvelita. Ya hablé de ellos hace un tiempo, y lo cierto es que aguardan en mi disco duro una lectura que se me antoja disfrutable. Aquí, aquí y aquí encontrarán algunos números del Konga de Ditko en descarga directa.
15 - B-ART
También hubo una novelita pulp, pero desconozco si tenía relación con el filme. Aquí dejo la portada junto a una galería de carteles. Los turcos no se anduvieron con tonterías y la estrenaron directamente como King Kong. Los alemanes, como siempre, metieron a Frankenstein por en medio.
16 - LOS TUTUBOS
En la Central de Tutubos he localizado un par de asesinatos (no se pierdan la rabieta del gorila al final del segundo) así como el anticlimático desmelene final. Con ellos me despido.
“Un delicioso pozo de sabiduría completamente inútil”
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