
En 1996 el dibujante de cómics Ricardo Ribelles realizó Exorcio Deus Machina, un cortometraje delirante, y decidió continuarlo en forma de largometraje. El resultado es El Barón contra los demonios. Ha tardado diez años. Se rodaba cuando se podía, cuando se reunía algo de dinero. El resultado es la película más radical, fascinante y visionaria que se podrá ver en muchos años. No se engañen: es una serie zeta plagada de efectos especiales artesanales, y la historia una enajenada odisea sobre la batalla entre una organización cristiano-alienígena y las hordas del mal. El propósito de su creador: llevar a la pantalla un tebeo inspirado en la fantaciencia de los cómics de los 80 (Corben, Metal Hurlant) y la pomposidad Jack Kirby. Y lo consigue, plagada de diálogos recargados y bizarros, y con estampas como de un Conan pasado de vueltas (y la influencia del Bad Taste de Jackson). Ya les digo, una obra visionaria y extrema que muchos tildarán como la peor película de la historia del cine. Pero coño, ante semejante propuesta, la de rodar eso, lo imposible, invirtiendo diez años de tu vida en ello y todo tu dinero (porque aquí no hay ni subvenciones ni hostias) y sabiendo que va a fondo perdido, realizando algo tan tan indescriptible, yo es que me quedo sin palabras y soy incapaz de decir nada malo, más bien al contrario. Tan sólo aplaudir a rabiar semejante suicido creativo, tamaño desmadre.
