24.1.08

EL JARDÍN BOTÁNICO MÁS EXTRAÑO Y SUGERENTE DEL MUNDO


Podríamos abrir diciendo que el manierismo renacentista fue una manera de exploitation, y que ya antes los talleres románticos acentuaban el efectismo de los martirologios en sus retablos para ganarse los encargos de la iglesia. Que la emulación, el plagio y el sensacionalismo han sido constantes desde el principio de la historia del arte. No estaríamos mintiendo, pero sería empezar con excusas y coartadas que tampoco nos iban a justificar. El cine malo no está para historias y menos para teorías. Se trata de un cine incapaz de dar cuenta de sí mismo ya que se define y se formula en sus inconveniencias y sus azares. El disfrute del buen cine malo cita –y de alguna manera parecería que invierte- las teorías freudianas sobre lo que es bello, según las cuales la contemplación de belleza no es sino un desviar parte de nuestra libido hacia intereses más elevados. Esa definición, que nos lleva a entender la experiencia artística como perversión sexual, se ve sublimada en el consumo de cine basura, que es a la vez barbarie y refinamiento en su propuesta de grosería técnica, inopia artística, abandono moral y minimización temática. El buen cine malo sólo puede serlo a partir de la obsesión por el ojo.

De la serie Z cinematográfica, como del humor, no se puede hablar en serio, pero tampoco se trata sólo de ironía. La jovialidad ha de ser parte del credo, pero aproximarse a la serie Z como espectador requiere también una ausencia de prejuicios y un paladar curioso, con tanto de sofisticación como de mundano, con la certidumbre de que en los pantanos del mal cine pueden aguardarnos sorpresas, perlas negras que además se verán revalorizadas por lo fortuito del hallazgo en un territorio tan árido e inadecuado. Zambullirse en la serie Z de los setenta usamericanos supone una oportunidad de oro para, sin abandonar el ámbito de la historiografía y el rigor, aparcar la jerga académica que a menudo contamina nuestros ensayos cinematográficos, quitarle hierro al asunto y proceder a una inmersión a pulmón libre –liberadora- hacia las más ignotas fosas abisales. (…) No hay hermenéutica que valga porque la razón pierde su razón de ser en el cine llamado basura, y no hay jerarquías artísticas porque la basura, seamos humildes, ha sido siempre nuestra razón de ser. El cine basura es radical, antiburgués, osado y libertino. Lo que a menudo hace de él un cine espontáneo, fresco, extraordinario e insólito, y lo desacostumbrado es lo que marca la diferencia, lo que encabalga la realidad y la pone al trote. Los iniciados saben, más por experiencia que por ciencia, que de entre las malas hierbas brotan flores atípicas. Especímenes que reunidos conformarían el jardín botánico más extraño y sugerente del mundo. Pero, cuidado: a la vez el más agotador y empalagoso en fragancias. En la serie Z han de medirse las dosis o podemos acabar exhaustos y con náuseas.

Rubén Lardín en la introducción de La Basura del Sótano: un vistazo a la serie Z norteamericana, ensayo incluido en American Gothic: El cine de terror USA 1968-1980 (Donostia Kultura, 2007)