27.1.08

SÍMBOLOGÍA DE DESTRUCCIÓN



Disfruto contemplando esta compilación de imágenes pop en las que la Estatua de la Libertad simboliza, en formas variadas, el fin de la civilización contemporánea. Llego a ella a través de Con C de Arte. Miro carteles de guerra, escenas de películas, portadas pulp, tebeos y pienso en lo que escribía hace un par de días al hablar de Konga: todo monstruo gigante necesita de un edificio distintivo con el que relacionarse. Siempre he sido partidario de certificar lo obvio. El rascacielos, símbolo de nuestro desafío a la naturaleza, tiembla ante el ascenso de King Kong. Esa es la metáfora, sí, pero el vínculo entre edificio simbólico y ente de destrucción busca cosas más inmediatas: verosimilitud, identificación, pavor y sacudir nuestra imaginación. Mecakong subiendo por la Torre de Tokio, Gorgo en el Big Ben, los platillos volantes atacando Washington en aquella delicia de Harryhausen. El ejemplo más bello, por acumulación, está en Destroy All Monsters (Honda, 1968): Gorosaurus y el Arco del Triunfo parisino, Rodan y el Palacio del Kremlin, Godzilla y el edificio de las Naciones Unidas. El kaiju lo tiene muy claro. Seguramente el final de El Planeta de los Simios sea el ejemplo más perturbador de como funciona este mecanismo. Burton fue incapaz de recrearlo y yo no puedo dejar de mencionar lo mucho que me atemorizó, de pequeño, Regreso al Planeta de los Simios, la primera secuela, cuando el segundo astronauta (James Franciscus) descubre lo que Heston al final de la primera (pero de manera mucho más generalista y extrapolable a muchas ciudades de segundo orden) al bajar al subsuelo y contemplar los restos de la red de metro suburbano. Más sutil y, por tanto, conformando una idea poderosa en una fabulosa secuela a menudo despreciada, olvidando que termina con la bomba atómica convertida en nuevo icono religioso. Destruir el símbolo (o pervertirlo) es el asidero de la subcultura popular. Forma parte de su implíta subversión.