12.3.12

MOEBIUS SIEMPRE ESTUVO AHÍ




En mis ya cuatro décadas como entusiasta lector de tebeos hoy me doy cuenta de que Moebius siempre ha estado ahí, casi desde el primer día; y ahí seguirá. Hace un par de semanas leí la primera entrega de las nuevas aventuras de Arzak, esa edición de longitud esbelta que publicó Norma en Navidad. Ahí estaba el Moebius de toda la vida, con su imaginación a plena potencia y gráficamente tan poderoso como siempre. Un tebeo dibujado en 2008 que leí encantado por su condición de Moebius puro, tanto que tras la lectura me quedó la sensación de que sí, de que vale, pero que ya no me sorprendía como antes; es decir, estaba ante el Moebius de siempre y ahí estaba yo como lector pidiéndole algo más. Menudo gilipollas soy. También me pregunté qué habría llevado a Moebius a resucitar a una de sus criaturas más míticas, aunque sólo protagonizara cuatro historietas mudas en las que además el personaje cambiaba de nombre (Arzach, Harzak, Arzak, Harzack). Pensé, no sé, en el dinero (ya he dicho antes que soy gilipollas), aunque luego reparé en su reencuentro con el personaje en Inside Moebius, esa autobiografía de su subconsciente creativo cuyo primer tomo me gustó mucho y me hizo reír varias veces. Me hice con el segundo volumen pero por alguna razón se había quedado en mi gigantesca pila de lecturas pendientes (justo ahora lo acabo de separar para leer de inmediato). Ese retraso explica que el tercero no lo tenga aún. La edición de Norma de Inside Moebius reúne en cada entrega dos de las francesas y leo que hay dos inéditas porque su autor espaciaba la publicación. Serán su testamento.


En Inside Moebius ese desierto donde ambientaba tantas historias se confesaba su subconsciente, el Desierto B, y por allí transitaban Blueberry, Arzak, John Difool o el Mayor Grubert, así como diversas encarnaciones de Moebius: el Humanoide Asociado de los 70 o el que veía cerca la vejez al acercase a los 70. Supongo que ahí decidió recuperar a Arzak y ahora veo su tremenda valentía porque aquellas cuatro historietas eran historia del cómic y su creador tenía los cojones de continuarlas cuarenta años más tarde, y encima con texto, rompiendo con la silenciosa tradición del personaje. Ahora la nueva historia de Arzak quedará inconclusa. Quizá se trataba de eso, de que el mundo de Moebius tuviera el mayor número de puertas abiertas para que corra el aire tras su despedida, para que su obra no sea un algo cerrado (hermético, sí) sino con vistas a un futuro que nunca llegará; o quizá porque si el personaje seguía vivo, en eterna espera de lo que iba a venir a continuación, Moebius, en realidad, no moriría nunca. No he leído Apaches, la última entrega de Blueberry realizada por el maestro Giraud, así que no sé si la aventura quedaba abierta o cerrada. De todas formas me temo que ahora los herederos de Charlier, el guionista, seguirán impulsando nuevas aventuras del personaje, libres de un dibujante con el que tuvieron sus más y sus menos por romper normas no escritas del tebeo juvenil y dando el visto bueno a una arriesgada adaptación cinematográfica (que nunca me atreví a ver). Cuando a principios de esta semana se dieron a conocer las obras nominadas al premio del Salón del Cómic de Barcelona del 2012 me sorprendió ver este Arzak entre ellas. Ahora me doy cuenta de que había quien sabía que Moebius estaba ya muy enfermo porque, al parecer, el rumor se propagó por Angouleme, y la gente del mundillo le debió votar para darle un último premio que hoy podría ser póstumo (espero que no, pues creo que hay mejores tebeos en la lista).




Como decía, en mis más de cuarenta años como entusiasta de los tebeos, Giraud / Moebius siempre ha estado ahí. No sabría decir desde cuándo. Recuerdo estar en el sofá de casa de mi abuelo fascinando con un capítulos sueltos de una aventura llamada “Por un par de botas” publicada en un ejemplar del semanario Mortadelo. Debía ser 1971 y yo tendría cinco-seis años. Había algo poderoso en ella. Años más tarde me volvería loco pensando qué coño era esa historia porque no aparecía listada en ningún sitio. Al final descubrí que era el nombre que Bruguera dio a Balada por un Ataud. Blueberry me fascinó durante años. Tenía el álbum llamado El aguila solitaria en su vieja edición de Bruguera, no sé cómo llegó a mis manos, quizá en un mercadillo. Eran épocas en que los tebeos llegaban y se iban de casa sin saber muy bien cómo. Debí releerlo cien veces, y eso que era el tercer capítulo de un arco de cinco. Es decir, que no tenía ni principio ni final, cosa que lo rodeaba de misterios. También recuerdo ir al mercadillo, vender un buen lote de mis tebeos de El Corsario de Hierro e irme a una librería para comprar El caballo de hierro. Quizá el tebeo más caro que compré en su momento. Compré los dos que seguían la aventura pero tardé años en saber cómo terminaba la historia porque nunca reuní el dinero para comprar El general cabellos rubios. Creo que eso me causó un trauma, y me gustaba tanto Blueberry que prometí que cuando tuviera dinero me compraría la colección entera; pero tardé mucho, muchísimo, en completar mi sueño porque en mis primeros años laborales y, creo, a 1200 pesetas el álbum, era necesario paciencia y sacrificio.



En 1976, cinco años más tarde del día en que descubrí a Blueberry en las páginas del semanario Mortadelo, entró en casa el número uno de Tótem. Lo trajo mi padre y parecía entusiasmado con la revista. No me extraña, ya que para un lector de cómics como él (Conan y terror de la Warren, básicamente) aquello era algo nuevo, aunque los materiales tuvieran ya una década. Corto Maltés, Valentina y Moebius eran los estandartes de aquel tebeo que se autodefinía como La Revista del Nuevo Cómic. Moebius lucía por partida doble, con la espectacular portada del mono astronauta y la primera de las cuatro historietas de Arzak. ¡Wow! Era sin duda lo mejor y así lo comentaba con Jaime, que era el amigo con el que compartía estrechamente mi afición. Kirby, Corben y Moebius eran nuestra Trinidad adolescente. También recuerdo el número Especial Moebius de Totem e historietas como la antirracista Pesadilla Blanca. Y el Garaje Hermético, que con su locura nos giró la cabeza y la imaginación. Nos sigue girada, así que toca agradecérselo al maestro. Gracias Moebius y gracias Giraud. Por cierto, el día que descubrimos que eran la misma persona fue como descubrir el Santo Grial o yo que sé. Aquella dualidad autoral se nos antojó como un argumento irrebatible de su genialidad. Era algo simbólico, el Doctor Jeckyll y Mister Hyde en versión molona y a colores. Un pasote, tío.