29.7.12

LAS MASCOTAS Y EL HORROR


Me acerco a Los animales de Burden Hill (Norma Editorial) porque se ha habla bien de ellos y porque me caen bien Evan Dorkin y Jill Thompson. También con cierto temor porque aunque me declaro fan absoluto de los conejos de La colina de Watership, sé que los gatitos han hecho mucho daño en Internet. Me tranquiliza, eso sí, la solapa promocional que anuncia que se trata de una obra premiada con un Eisner a la mejor publicación para adolescentes. Y ahí ya es cuando debo saltar rápido y gritar que esto es mucho más que lectura para adolescentes y que harán mal quienes pasen de largo precisamente por esa categorización generacional, especialmente si se es buen aficionado al género de terror.



Ojo, no pretendo despreciar la literatura juvenil, nada más lejos de mi intención. De hecho, incluso me alegra enormemente y alimenta mi (escasa) fe en la humanidad que el jurado de los Eisner otorgara el sello de Mejor publicación para adolescentes a un tebeo en ciertos momentos tan crudo como éste. Supongo que el hecho de estar protagonizado por animales entrañables despista lo suyo.


Para ir al grano, Los animales de Burden Hill son un grupo de perros (y un gato) que casi sin querer se ven envueltos en una serie de misterios sobrenaturales y que acaban convirtiéndose en una especie de Expediente X canino (con gato). Nacieron casi como una anécdota para una antología centrada en las casas encantadas y que en su caso enmarcaba muy bien, con mucho amor, los códigos del subgénero trasladándolos a una caseta de perro encantada. Evan Dorkin y Jill Thompson, que ya digo que me caen bien, enseguida vieron que la cosa podía dar más de sí y acertaron de pleno.



A lo largo de las páginas del álbum las mascotas de Burden Hill se cruzan con gatos satanistas, perros zombi, espectros de cachorros, hombres lobo, sapos primigenios, ratas endemoniadas, asesinos de perritos y magia negra de todo tipo. Y es que bajo el suelo de la urbanización donde habitan parece esconderse un horror sobrenatural que está despertando y atrayendo todo tipo de criaturas y alimañas infernales.


La gran virtud de esta obra, además del sano entretenimiento que ofrece, es el enorme respeto y originalidad con que se ancla en el relato de horror puro y de género, uniendo a Stephen King o Lovecraft con las pandillas de Enid Blyton, y no contentos con ello acuden al gore explícito cuando es necesario y a algunas resoluciones que me causan enorme sorpresa por su transparente crueldad y violencia. La unión, extravagante, del amor por perros y gatos con el género de terror fantástico se libra de los riesgos de la (implícita) pochez  y abraza la fantasía terrorífica con enorme dignidad y destacable buen hacer. Al acabar la lectura me levanto y aplaudo.