Hablar de novela gráfica puede conllevar hostias por doquier, aunque yo le veo sentido a la etiqueta más allá de modas y formatos. Puestos en materia, una de las mejores novelas gráficas que han caído en mis manos estos días es Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust (editado, y bien, por La Cúpula). Además, da sentido al término, y no lo digo porque se trate de un volumen grueso de 450 páginas, o sí, pero no desde el punto de vista físico.
La autora austríaca aborda la odisea de punk adolescente que protagonizó en su juventud, cuando escapó de casa para cruzar la frontera (entonces barrera real, eran los 80) con la vecina Italia y pasar allí una buena temporada malviviendo por las calles. Un relato de locura y rebeldía muy poderoso, que avanza de manera absorbente gracias a las malas compañías, en especial su amiga ninfómana, y que, tras describir con sinceridad lo que hoy bautizarían como turismo perroflauta, poblado de yonquis y otros supervivientes callejeros, sube un escalón cuando las jóvenes punk deciden abandonar el clima invernal de Roma para asentarse en la indómita Sicilia.
Si, como digo, el nivel del relato y su desarrollo estaba alto, a partir de entonces cobra un interés inusitado con la dura descripción de una sociedad dominada por el crimen organizado y el machismo. Las jóvenes punk malviven por los bajos fondos de Palermo, en una ciudad despojada de mujeres y podrida por la delincuencia piramidal en un periodo, además, conflictivo por la guerra abierta por jueces como Falcone y Borsellino. El relato autobiográfico trasciende así lo personal para convertirse en testimonio político y social colindando, encima, con el género negro desde su perspectiva más pura, la que arrincona lo policial para adentrarse en el realismo brutal.
Hoy es el último día del resto de tu vida tiene una gran virtud para el lector que se adentra en sus páginas. Supongo que muchos de ustedes conocen esa sensación en la que uno va leyendo y avanzando consciente de las páginas que gira hasta que de golpe esa relación física con el libro se deshace, el tiempo se disipa y uno se sorprende descubriendo que se ha zampado doscientas páginas sin haberse dado cuenta de ello. Hay algo mágico ahí, y no tiene precio. Por eso lo digo.