Hacía tiempo que tenía muchas ganas de recuperar El señor de la Guerra (The War Lord), filme dirigido por Franklin J. Schaffner y protagonizado por Charlton Heston en 1965, justo antes de que ambos se pusieran con otro clásico tan monumental como El planeta de los simios. La película es estupenda por múltiples razones y está llena de detalles a comentar; pero lo que ahora me ha sorprendido es toda la subtrama sobre creencias paganas, hasta el punto que enseguida empecé a trazar paralelismos con El hombre de mimbre (The Wicker Man; Robin Hardy, 1973), título indispensable al respecto. De hecho, ambas forman una perfecta sesión doble. Luego, indagando por la red, me ha extrañado que El señor de la guerra no aparezca mencionada en ninguna lista de películas que toquen el tema del ritual pagano, quizá porque no es de género fantástico, aunque lo cierto es que es de esas obras que lo bordean por las esquinas y por las que flota, a ratos, la atmósfera de lo fantástico.
El señor de la guerra se ambienta en la baja Edad Media y narra la historia Crysagon de la Cruz, un caballero que tras veinte años de batallas llega a un pequeño territorio otorgado por su señor feudal (un conde que nunca llegamos a ver pero que acaba siendo una especie de lejano poder ominoso). A Crysagon le acompañan su hermano, su leal escudero y una reducida tropa de soldados, y aunque sus nuevas posesiones son míseras, las hace suyas por necesidad dada su condición de noble sin tierra porque las que le pertenecían por herencia pagaron el rescate de su padre. Ahora, tras años de guerrear, es el señor de unas marismas pantanosas, con un torreón cochambroso por castillo y unos empobrecidos aldeanos por siervos. De hecho, están a medio cristianizar y conservan viejas creencias paganas, cosa que choca con su profundo cristianismo. Los diversos combates internos de su trágica existencia estallan cuando se enamora de una pueblerina. Aunque la película se etiqueta como drama histórico-épico, más teniendo Charlton Heston, la estrella del género, de épica tiene más bien poca. Retrata una Edad Media sucia alejada del tópico de los castillos y princesas (algo poco habitual en el cine de entonces) y, por ejemplo, su realismo destaca en la fabulosa batalla final con los frisos que asaltan la modesta fortaleza que es el torreón.
Puesto el contexto, voy a lo que me ha parecido interesante comentar: ese tratamiento del paganismo precristiano que hace de El señor de la guerra una aportación al tema tan destacable como singular, dada su no pertenencia al fantástico o el terror. Por cierto, no estaría sola: aunque con menor relevancia puede acompañarla la estupenda El último valle (The Last Valley; James Clavell, 1970).
La relevancia del credo pagano aparece nada más comenzar, en la primera escena tras los créditos, cuando Crysagon llega a lo que serán sus dominios y lo primero que se encuentra es un árbol druídico del que cuelgan todo tipo de amuletos.
De hecho, el árbol tiene un rostro esculpido en su tronco. El escudero de Crysagon (un estupendo Richard Boone) comenta:
"Un territorio que nadie en toda la cristiandad quería. Este lugar está plagado de herejía".
Su encuentro con el sacerdote encargado de cristianizar a los aldeanos es interesante, entre otras cosas cuando el religioso se da cuenta de que está ante un caballero cristiano mientras él lleva un cinto confeccionado con hojas que se arranca alterado. Una parte del diálogo que mantienen muestra que el fraile que convive con las creencias paganas de sus feligreses, y que incluso participa o comparte algunos de sus símbolos, aunque no deja claro si por gusto o como medio para convertirlos poco a poco asimilando algunas de sus costumbres.
"—Aquí había druidas antes de venir los romanos. Son como niños que veneran inocentemente las costumbres que tenían sus padres.
—Costumbres del diablo, señor cura".
El torreón que será residencia de Crysagon acaba de ser asaltado por los frisos y en los aposentos superiores encuentran el cuerpo del que era el alcaide, asesinado en la cama mientras yacía con una lugareña. La conversación que sostiene con el fraile introduce el tema del derecho de pernada y su tradición.
"—Siempre andaba persiguiendo campesinas. Estaba embrujado. Poseído por los demonios. La gente de por aquí tiene costumbres antiguas en las que quizás participase irreflexivamente.
—¿El árbol y la piedra? ¿Adoraba al diablo?
—No, no, no, que va, maldecía la carne del diablo, pero adoraba la carne de mujer. Y a los demonios
les gusta disfrazarse.
—Sacerdote... ¿Dices que ella era una bruja?
—¿Bruja? ¿Con flores blancas?
—¿Que es esto?
—Su corona nupcial.
—Vamos, sacerdote, ¿era una bruja o una novia?
—Una doncella desposada.
—¿Del alcaide?
—De un aldeano.
—Aquí habrá mujeres complacientes de sobra para cualquier hombre. ¿Por qué tomó a una virgen?
—Mi señor, no... no se trató de un abuso. Mirad, el alcaide era muy apreciado.
— ¿Quién lo apreciaba?
—La gente de por aquí. En tiempos antiguos santificaban un matrimonio entregando a la novia en su noche de bodas a...
—Bors, quema esa cama.
—¡Por Dios! Una abeja entre la flores. Un signo de muerte."
El primer encuentro con la aldeana Bronwyn se produce en el río, de donde la ayuda a salir tras ser atacada por sus perros de caza. La intención de Crisagón, que lleva años sin probar mujer, es beneficiársela allí mismo pero le tira para atrás descubrir que es virgen y se va a casar pronto. También recibe el picotazo de una abeja que sale de la corona de flores. Se puede evocar la idea del picotazo como hechizo de amor, ya que sobre la chica siempre flotará la idea de que tiene conocimientos que un caballero cristiano no dudaría en calificar de brujería. La imagen de la chica en el río también tiene mucho de rito artúrico, por cierto.
"—Señoría, todos los hombres saben que cuando Jesucristo nació, los antiguos dioses, demonios y espíritus con piel de serpiente fueron arrojados al infierno.
—Bien hecho.
—Se dice que aún acechan en los rincones oscuros y los lugares impíos de la Tierra, disfrazados de mendigos y mozas inocentes. Dios ampare a quién se encuentre con uno, porque le transformará el corazón."
"—¿Eso es adormidera?
—Sí.
—¿Para que quieres esto?
—Sacamos camomila de ellas para condimentar.
—Y también puede robar la mente de las personas, como la magia. Y puede matar.
—No, no es magia. Mi padre adoptivo cura con estas hierbas.
—¿También dedalera?
—Una hoja o dos para el mal de amores.
—Tres o cuatro pueden parar el corazón. Brujería.
—No, mi señor. No es brujería.
—Todas matan. ¿Qué es eso?
—Muérdago. La planta dorara que crece en torno la roble sagrado.
—¿Por qué es sagrado ese roble?
—Está unido a los dioses mediante el rayo.
—¿Crees en eso?
—Sí.
—Antes de venir aquí me dijeron que los pobladores de la marisma tenían manchas en el vientre y los pies palmeados.
—¿Lo creéis?
—No desde que te vi en el lago."
Y la tradición indica que el momento adecuado no es otro que reclamar su derecho tras la boda. Se produce una conversación muy interesante que inicia el escudero:
—De las siete virtudes teologales, juro que la más peculiar es la castidad. Eres el amo de este lugar miserable. Ella pertenece a este lugar miserable, por tanto es tuya. Tienes derecho. La boda es mañana, tienes derecho a la primera noche. Pregúntale al cura.
—Estimado y erudito sacerdote, necesitamos vuestro consejo.
—A vuestro servicio está.
—¿Estáis bien versado en Derecho Canónico, padre?
—Bastante bien. Pero mi orden no impone la ley. Prefiere enmendar el mal hecho por los hombres debido a la falta de amor.
—Estupendo. Sobre amor queremos preguntaros. Veamos, este noble caballero necesita un poco de placer inocente.
—No existen los placeres inocentes.
—Erudito sacerdote, ¿habréis oído hablar del derecho señorial de tomar una doncella desposada en su noche de bodas?
—La Iglesia no lo admite. Es una ley pagana.
—Y estamos en tierras paganas.
—No la mañana del domingo, os lo aseguro.
—Pero este asunto es vespertino. Encontramos al alcaide con una desposada en los brazos. ¿No fue entregada libremente por su pueblo? ¿Qué dicen en Roma?
—Ius primae noctis. Así se denomina en latín.
—¿Has oído eso? En Roma es conocido.
—Y condenado por ser herejía. Con todo... Aun así...
—Hablad, buen padre.
—Mirad, la fertilidad, algunos dicen, es pagana. ¿Pero quién no es pagano en alguna ocasión? Los jóvenes de aquí no piensan más que en retozar. Dejadlo, les digo, pero ellos siguen a lo suyo. Así que, para que el diablo no los posea, les leo un pasaje de las Sagradas Escrituras. "Creced y multiplicaos", les digo. "Llenad la tierra". ¡Y vaya si me obedecen! Pero, ¿qué relación tiene esto con vuestro problema?
—La tiene, y muy clara. La parte pagana puede ajustarse a la ley pagana. No pedimos más. ¿A qué hora es la boda?
—¿La boda en la iglesia o la otra?
—¿Qué otra? Iremos a la iglesia.
—¿A reclamar ese derecho? ¡Ni se os ocurra, señores! Esta mano débil esconde rayos, y los usaré. No, no, nada de sacrilegios. ¡No en la casa de Dios! Pero, hay otra boda. Hecha al uso tribal, una ceremonia suya. Hay fiesta, beben, ríen, bailan. Oh, señores, y cómo brincan.
Antes de proseguir, me gustaría resaltar cómo subyace la idea de que la Iglesia se adapta tanto al poder feudal como a las viejas creencias de los que quiere convertir, con la única excepción de su lugar sagrado: la casa del Señor.
Finalmente, los muñecos de los novios se cuelgan en el árbol sagrado.
Cuando Crysagón irrumpe en la boda pagana y reclamo su derecho, el lider religioso de los aldeanos, padre del novio y adoptivo de la moza, detalla las normas de la pernada, que ya no sería tanto derecho como rito.
"—Aunque sea mi propio hijo, él tiene derecho. No según su ley, sino por la nuestra. Antes de que los normandos llegasen con su iglesia y su torre venerábamos a la piedra y al árbol, y en los campos sembrábamos semillas sagradas. Entonces, como ahora, se sacrificaba a una virgen por la fertilidad de la tierra y la prosperidad de nuestra tribu. Tomarla a vuestro modo sería abuso. Se hará a nuestro modo, al uso antiguo. Con un círculo de fuego, al modo sagrado de los druidas. ¿Lo aceptáis?Al caer la noche se inicia la procesión pagana al torreón con la ofrenda de la novia.
—Acepto.
—Pues preparad un lugar elevado y que vuestros hombres vayan armados, señor normando, y haciendo guardia. Cuando la luna salga se os llevará la doncella desposada. Pero, en cuanto el sol salga, iré a reclamarla."
La traición de Crysagon es la que desata todos los sucesos posteriores, que son muchos y para eso mejor se ven la película, que merece mucho la pena. Tan sólo un apunte final: tanto él como la chica son víctimas del amor romántico, que fue una invención, una modernidad que no existía antes, y ese antes incluye tanto el cristianismo como el paganismo. Por cierto, como me han recordado en los comentarios y en redes sociales, la película causo un fuerte impacto en el poeta, crítico de arte y simbolista heterodoxo Juan Eduardo Cirlot.