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16.12.17

El tubérculo de Nyarlathotep


El tubérculo de Nyarlathotep, muy apreciado en Mesopotamia por el delicado tono carmesí de su pulpa, se exportaba a Oriente Medio desde lo que hoy conocemos como Malasia, donde era cultivado por la milenaria tribu de los semang. Según Zenódoto de Éfeso, primer bibliotecario de Alejandría, el vegetal requería tierra bañada con carne y sangre de vírgenes para su óptimo crecimiento. Tolerado por diversas corrientes paleocristianas hoy heréticas, hubo de esperarse a la llegada del Islam para que su cultivo fuera abolido en su totalidad. Esta semana hemos conocido que científicos israelíes de la Universidad de Tel Aviv afirman haber recreado semillas transgénicas de esta hortaliza hasta ahora considerada un simple mito de la antigüedad. Creo necesario advertir de las terribles consecuencias que este descubrimiento supone para el futuro de la raza humana. Sin ir más lejos, conviene recordar los bajorrelieves sumerios donde se habla de las nefastas flatulencias de Tíndalos.

15.10.16

CRÓNICAS DE #SITGES2016 (XVI): 31



Recibido con afecto y aplausos en su visita, en realidad la relación de Rob Zombie con el público de Sitges siempre ha sido conflictiva. Con la excepción de su remake de Halloween, el resto de sus películas siempre han provocado una reacción muy dividida entre el amor y el odio que tuvo su máxima expresión hace ya cuatro años con los injustos silbidos a Lords of Salem. Yo me decanto por el amor, pero con menor entusiasmo que el de otros compañeros. Puesto en este contexto, la nueva película de Rob Zombie ha obtenido más indiferencia que encendido desprecio y un sucinto “es mala” como opinión generalizada que yo no acabo de compartir, aunque reconozco que es un título menor. ¿Por qué la defiendo? Por su condición de peli de género de toda la vida, aunque pasada por el tamiz de la imaginería robzombiana, con un argumento conocido y simple (grupo que cae en una trampa de supervivencia espectáculo) que rinde tributo a Nosferatu y La matanza de Texas. No hay más que eso… Bueno, sí. Payasos psicópatas (ahora tan de moda) y un enano nazi. Repito. Un enano nazi. Señor juez, señores del jurado, una película con un enano nazi siempre merece nuestro amor. Piensen en ello antes de decidir su sentencia.

9.10.16

CRÓNICAS DE #SITGES2016 (VI): GOKSUNG (THE WAILING)



Seguimos coreanos. Viva Corea. Reconozco que esta es una de las que más me apetecían, porque Na Hong-jin se ha ganado mi confianza con solo dos películas, The Chaser y la estupenda The Yellow Sea. Y aunque aquí propone un giro temático a esos dos thrillers precedentes, mantiene sus virtudes y defectos, que por mucho que me gusten sus películas también tiene, como por ejemplo ese alambicado tan coreano de dar requiebros y marear la perdiz. Juega mucho al salto de tono del serial killer rural a la comedia de collejas coreanas, del cine de exorcismos al de infectados, de los fantasmas orientales al legado oscuro de la ocupación japonesa, siempre haciendo dudar si va de eso o de lo otro, lo cual está muy bien por la intriga que crea, pero con momentos en que la acumulación se descontrola. Es cierto que es demasiado larga, y que algunas escenas, aunque entretenidas, no llevan a ningún sitio. A cambio, tiene una memorable escena de ritual chamánico coreano que rompe con el habitual simbolismo católico (que tanto me intriga y que también hace acto de presencia aquí). Y luego me encanta que se lo pongan difícil al espectador, a quien no se le da la cosa masticada sino todo lo contrario. No ha sido hasta 10 minutos después de verla que mi cerebro ha hecho click de golpe y he entendido, o eso creo, de que iba el asunto en realidad, cual era la presa capturada, y que no es la que parece, ese pobre policía que sufre por su hija. Así que bien, todo bien. Viva Corea.

2.8.15

MENDIGOS Y HECHICEROS DE PARÍS




En el epílogo del primer volumen de Los sucesos de la noche, David B. afirma que ningún libro le maravilló tanto como Calle de los maleficios de Jacques Yonnet, publicado originalmente en 1954 y con edición española de Sajalín en 2010. Como ya escribí por aquí, la reciente lectura de Los sucesos de la noche me provocó un fuerte arrebato hacia a la obra de David B., tan intensa en lo gráfico como plagada de claves y obsesiones desperdigadas por todos sus títulos. Aquel día no solo me propuse releer todos sus cómics publicados aquí sino también acudir a libros y novelas que ha ido citando, algunos con frecuencia. El primero en caer ha sido precisamente Calle de los maleficios, una lectura bastante desconocida y sin duda muy sorprendente. Decidí empezar con este libro porque los comentarios de David B. llamaron mi atención al apuntar que por sus páginas circulan vagabundos, vagos, gitanos y truhanes de los bajos fondos de París, callejones siniestros y viejas historias de magia y brujería. Es decir, que reunía dos de mis (muchos y variados) intereses: lumpen urbano y la ciudad como recipiente para lo oculto y/o sobrenatural. (no miro a ningún sitio).



Calle de los maleficios: Crónica secreta de París no es una novela sino un singular diario escrito durante un periodo muy concreto. En 1941, huido de un campo de prisioneros alemán, Jacques Yonnet busca refugio en el París ocupado y se alista en la mítica Resistencia francesa. Allí, llevando a cabo operaciones de todo tipo, vive refugiado en los bajos fondos de la ciudad, un laberinto de viejas callejuelas y oscuras tabernas pobladas por una fauna pintoresca. Además de espías, topos de la Gestapo o agentes aliados, pululan gitanos, borrachos, traperos, delincuentes, prostitutas y personajes envueltos en misterio. Es a través del contacto con todos ellos, normalmente en bares inmundos, que el autor va narrando un sinfín de viejas historias y leyendas de la ciudad procedentes de una tradición oral olvidada (o secreta, solo conocida por los habitantes de los suburbios parisinos) o de sus vivencias e investigaciones. Maldiciones gitanas, sucesos inexplicables alrededor de extraños objetos, marionetas talladas en madera procedente de naufragios, rituales cercanos al vudú, fenómenos de control mental o edificios malditos desde siglos atrás. A estas historias de carácter más o menos mágico hay que sumar episodios de resistencia a la ocupación alemana o de enfrentamiento entre bandas criminales. No es extraño que David B. confiese el impacto que le supuso en su momento: sus tebeos están llenos de callejones oscuros donde cohabitan tanto bandas de forajidos como librerías polvorientas. En cierta forma, en sus obras son recurrentes las calles y personajes descritos por Yonnet.



Plagado de pasajes memorables, es sin duda un libro extraño que conecta y antecede la obra de autores como Iain Sinclair y su deambular urbano en busca del poder mágico con que el pasado impregna las grandes ciudades. En el posfacio, escrito en 1966 para una reedición, Yonnet comenta las imprevistas consecuencias de un artículo publicado en prensa bajo el título París, capital de la magia que comenzaba con la frase “En el barrio de Moufettard, mendigos y hechiceros y reyes gitanos viven en un cuento de hadas y misterios”. El texto, de cierto impacto en su momento, citaba Calle de los maleficios como fuente principal y el periodista se maravillaba ante lo que supuso su descubrimiento y lectura. Se trataba de Louis Pauwels¸ quien junto a Jacques Bergier acababa de publicar un texto capital para la no ficción esotérica: El retorno de los brujos (1960). Hay círculos que están condenados a cerrarse.



Bola extra 1: una atinada reseña en Rockdelux

Bola extra 2: buscando imágenes con las que ilustrar la entrada he dado con un curioso webcomic que en parte parece inspirarse en Calle de los Maleficios: Witchcraft Street de Keith Page



13.5.15

DE COMO EL "PITO PITO COLORITO" DEMUESTRA LA FALACIA DEL NEOLIBERALISMO

La mayoría de los memes nacidos en algún recreo escolar que se propagan en el tiempo y el espacio, exponencialmente hasta hacerse eternos, goza de una hermética invariabilidad: "Rebota y en tu culo explota" "Señoras y Señores, en el culo tengo flores" o el eterno caso del chiste del perro Mistetas.

Todos ellos permancen ahí, invariables y rocosos. Estaban en mi recreo, hace 40 años, y se los escucho hoy a mis hijos sin que se haya movido una coma.

No sucede lo mismo con el Pito Pito Colorito, sometido a mil variaciones y que hoy tiene como 40 palabras más que las que tuvo en mi época, en una evolución temporal claramente ineficaz e ineficiente en términos de ahorro y síntesis.

¿A que se debe?

La respuesta es sencilla: el gestor del Pito Pito Colorito, el encargado de trasladarlo oralmente de generación en generación, ha ido modificando el meme movido por su puro interés, su puro egoismo. Si el resultado de la cuenta no le beneficiaba, o no era a su gusto, se extendía con una retahila de frases hasta acomodarlo a su deseo. Y, así, cada generación ha ido incrementando sílabas movida únicamente por el interés egoísta. Es el interés egoista, el interés privado, lo que ha convertido el pito pito colorito en una deformada retahila inacabable de ineficiencia, ineficacia y falta de honradez.

Y es así, queridos amigos, como el Pito Pito Colorito se cargó las falacias del neoliberalismo y el objetivismo randiano.

16.11.14

EL CABRÓN DE LA CAMPIÑA



Hace bien Alpha Decay en su edición de Ritual de David Pinner de matizar que se trata de la novela que inspiró The Wicker Man (El hombre de mimbre; Anthony Schaffer, 1973). Y no lo digo por la llamada comercial a una película con admiradores entregados entre los que me cuento, sino porque no es lo mismo inspiración que adaptación. Hace bien en decirlo y aún mejor Bob Stanley en la nota que sirve de preámbulo cuando señala que “quien busque en Ritual el precedente de The Wicker Man sufrirá una decepción”. No sólo no son lo mismo, sino que una, la película, es una maravilla singular mientras que la otra, esta novela, bueno… pues… es complicado de explicar.

Es complicado porque sería muy fácil zanjar el tema diciendo que Ritual es una mala novela, literatura popular y del montón, consumo barato. Sería fácil porque así es, o no, porque durante la lectura, que no ha sido arrebatada, el chirriar de dientes se ha ido alternando con el asombro boquiabierto, la crispación con el no dar crédito, y eso, al fin y al cabo, es toda una experiencia. Es evidente que The Wicker Man parte de Ritual, aunque no sea lo mismo. El policía —aquí un protestante puritano y no un católico— que llega a la campiña inglesa para investigar un crimen ritual, el pueblecito de buenos ciudadanos que esconde prácticas paganas, el terrateniente poderoso y sobreactuado y, especialmente, la joven que exuda sexo. De hecho, el cortejo erótico separado por los tabiques del hostal que en la película protagoniza Britt Ekland también está en el libro.



Todo eso está pero no es lo mismo como digo. Ritual se estructura como un absurdo whodunit detectivesco y la prosa es de un florido tan grandilocuente que roza el ridículo, pero ese ridículo tan digno del que sólo son capaces los ingleses. Y aún así, aunque parezca mentira, de manera desordenada, cuando menos te lo esperas, prende un ardiente desmelene, una locura delirante, tan inaudita, que me incapacita el sentido y cualquier juicio objetivo, y eso es muy de agradecer.


10.8.14

DERECHO DE PERNADA, RITUALES PAGANOS Y AMOR ROMÁNTICO



Hacía tiempo que tenía muchas ganas de recuperar El señor de la Guerra (The War Lord), filme dirigido por Franklin J. Schaffner y protagonizado por Charlton Heston en 1965, justo antes de que ambos se pusieran con otro clásico tan monumental como El planeta de los simios. La película es estupenda por múltiples razones y está llena de detalles a comentar; pero lo que ahora me ha sorprendido es toda la subtrama sobre creencias paganas, hasta el punto que enseguida empecé a trazar paralelismos con El hombre de mimbre (The Wicker Man; Robin Hardy, 1973), título indispensable al respecto. De hecho, ambas forman una perfecta sesión doble. Luego, indagando por la red, me ha extrañado que El señor de la guerra no aparezca mencionada en ninguna lista de películas que toquen el tema del ritual pagano, quizá porque no es de género fantástico, aunque lo cierto es que es de esas obras que lo bordean por las esquinas y por las que flota, a ratos, la atmósfera de lo fantástico.



 El señor de la guerra se ambienta en la baja Edad Media y narra la historia Crysagon de la Cruz, un caballero que tras veinte años de batallas llega a un pequeño territorio otorgado por su señor feudal (un conde que nunca llegamos a ver pero que acaba siendo una especie de lejano poder ominoso). A Crysagon le acompañan su hermano, su leal escudero y una reducida tropa de soldados, y aunque sus nuevas posesiones son míseras, las hace suyas por necesidad dada su condición de noble sin tierra porque las que le pertenecían por herencia pagaron el rescate de su padre. Ahora, tras años de guerrear, es el señor de unas marismas pantanosas, con un torreón cochambroso por castillo y unos empobrecidos aldeanos por siervos. De hecho, están a medio cristianizar y conservan viejas creencias paganas, cosa que choca con su profundo cristianismo. Los diversos combates internos de su trágica existencia estallan cuando se enamora de una pueblerina. Aunque la película se etiqueta como drama histórico-épico, más teniendo Charlton Heston, la estrella del género, de épica tiene más bien poca. Retrata una Edad Media sucia alejada del tópico de los castillos y princesas (algo poco habitual en el cine de entonces) y, por ejemplo, su realismo destaca en la fabulosa batalla final con los frisos que asaltan la modesta fortaleza que es el torreón.



Puesto el contexto, voy a lo que me ha parecido interesante comentar: ese tratamiento del paganismo precristiano que hace de El señor de la guerra una aportación al tema tan destacable como singular, dada su no pertenencia al fantástico o el terror. Por cierto, no estaría sola: aunque con menor relevancia puede acompañarla la estupenda El último valle (The Last Valley; James Clavell, 1970).

La relevancia del credo pagano aparece nada más comenzar, en la primera escena tras los créditos, cuando Crysagon llega a lo que serán sus dominios y lo primero que se encuentra es un árbol druídico del que cuelgan todo tipo de amuletos.




De hecho, el árbol tiene un rostro esculpido en su tronco. El escudero de Crysagon (un estupendo Richard Boone) comenta:
"Un territorio que nadie en toda la cristiandad quería. Este lugar está plagado de herejía".


Su encuentro con el sacerdote encargado de cristianizar a los aldeanos es interesante, entre otras cosas cuando el religioso se da cuenta de que está ante un caballero cristiano mientras él lleva un cinto confeccionado con hojas que se arranca alterado. Una parte del diálogo que mantienen muestra que el fraile que convive con las creencias paganas de sus feligreses, y que incluso participa o comparte algunos de sus símbolos, aunque no deja claro si por gusto o como medio para convertirlos poco a poco asimilando algunas de sus costumbres.
"—Aquí había druidas antes de venir los romanos. Son como niños que veneran inocentemente las costumbres que tenían sus padres.
Costumbres del diablo, señor cura".


El torreón que será residencia de Crysagon acaba de ser asaltado por los frisos y en los aposentos superiores encuentran el cuerpo del que era el alcaide, asesinado en la cama mientras yacía con una lugareña. La conversación que sostiene con el fraile introduce el tema del derecho de pernada y su tradición.
"—Siempre andaba persiguiendo campesinas. Estaba embrujado. Poseído por los demonios. La gente de por aquí tiene costumbres antiguas en las que quizás participase irreflexivamente.
¿El árbol y la piedra? ¿Adoraba al diablo?
No, no, no, que va, maldecía la carne del diablo, pero adoraba la carne de mujer. Y a los demonios
les gusta disfrazarse.
Sacerdote... ¿Dices que ella era una bruja?
¿Bruja? ¿Con flores blancas?
¿Que es esto?
Su corona nupcial.
Vamos, sacerdote, ¿era una bruja o una novia?
Una doncella desposada.
¿Del alcaide?
De un aldeano.
Aquí habrá mujeres complacientes de sobra para cualquier hombre. ¿Por qué tomó a una virgen?
Mi señor, no... no se trató de un abuso. Mirad, el alcaide era muy apreciado.
 ¿Quién lo apreciaba?
La gente de por aquí. En tiempos antiguos santificaban un matrimonio entregando a la novia en su noche de bodas a...
Bors, quema esa cama.
¡Por Dios! Una abeja entre la flores. Un signo de muerte."


El primer encuentro con la aldeana Bronwyn se produce en el río, de donde la ayuda a salir tras ser atacada por sus perros de caza. La intención de Crisagón, que lleva años sin probar mujer, es beneficiársela allí mismo pero le tira para atrás descubrir que es virgen y se va a casar pronto. También recibe el picotazo de una abeja que sale de la corona de flores. Se puede evocar la idea del picotazo como hechizo de amor, ya que sobre la chica siempre flotará la idea de que tiene conocimientos que un caballero cristiano no dudaría en calificar de brujería. La imagen de la chica en el río también tiene mucho de rito artúrico, por cierto.


Bronwyn también está envuelta en misterio, dado que es hija adoptiva. Su origen nunca se desvela. Cuando el escudero de Crysagon se da cuenta del amor loco que su señor siente por ella comenta lo siguiente:
"—Señoría, todos los hombres saben que cuando Jesucristo nació, los antiguos dioses, demonios y espíritus con piel de serpiente fueron arrojados al infierno.
Bien hecho.
Se dice que aún acechan en los rincones oscuros y los lugares impíos de la Tierra, disfrazados de mendigos y mozas inocentes. Dios ampare a quién se encuentre con uno, porque le transformará el corazón."
Abajo, un plano del corazón del bosque donde se aprecian la piedra y el árbol, símbolos y lugar sagrado donde los habitantes del lugar celebran sus fiestas y rituales. 


En el segundo encuentro, Bronwyn está recolectando plantas y hierbas típicas de druidas. Crisagon duda entre el desafío a su fe y la atracción que siente por la moza.


Este es el diálogo que mantienen sobre plantas y brujería:
"—¿Eso es adormidera?
Sí.
¿Para que quieres esto?
Sacamos camomila de ellas para condimentar.
Y también puede robar la mente de las personas, como la magia. Y puede matar.
No, no es magia. Mi padre adoptivo cura con estas hierbas.
¿También dedalera?
Una hoja o dos para el mal de amores.
Tres o cuatro pueden parar el corazón. Brujería.
No, mi señor. No es brujería.
Todas matan. ¿Qué es eso?
Muérdago. La planta dorara que crece en torno la roble sagrado.
¿Por qué es sagrado ese roble?
Está unido a los dioses mediante el rayo.
¿Crees en eso?
Sí.
Antes de venir aquí me dijeron que los pobladores de la marisma tenían manchas en el vientre y los pies palmeados.
¿Lo creéis?
No desde que te vi en el lago."


El caballero no sólo pasa por alto la sospecha de brujería, sino que decide que es el momento de trincarse a la moza, así que le dice que deben yacer bajo el árbol. Se produce entonces uno de esos momentos de atmósfera fantastique del filme. Una espectacular y ruidosa bandada de pájaros sacude la cepa del árbol con estrépito. El suceso altera lo suficiente a Crisagon como para que se le baje y deje correr el ímpetu pasional. Es como si la naturaleza le advirtiera que su deseo debe cumplirse como manda la tradición pagana.


Y la tradición indica que el momento adecuado no es otro que reclamar su derecho tras la boda. Se produce una conversación muy interesante que inicia el escudero:

De las siete virtudes teologales, juro que la más peculiar es la castidad. Eres el amo de este lugar miserable. Ella pertenece a este lugar miserable, por tanto es tuya. Tienes derecho. La boda es mañana, tienes derecho a la primera noche. Pregúntale al cura.
Estimado y erudito sacerdote, necesitamos vuestro consejo.
A vuestro servicio está.
¿Estáis bien versado en Derecho Canónico, padre?
Bastante bien. Pero mi orden no impone la ley. Prefiere enmendar el mal hecho por los hombres debido a la falta de amor.
Estupendo. Sobre amor queremos preguntaros. Veamos, este noble caballero necesita un poco de placer inocente.
No existen los placeres inocentes.
Erudito sacerdote, ¿habréis oído hablar del derecho señorial de tomar una doncella desposada en su noche de bodas?
La Iglesia no lo admite. Es una ley pagana.
Y estamos en tierras paganas.
No la mañana del domingo, os lo aseguro.
Pero este asunto es vespertino. Encontramos al alcaide con una desposada en los brazos. ¿No fue entregada libremente por su pueblo? ¿Qué dicen en Roma?
Ius primae noctis. Así se denomina en latín.
¿Has oído eso? En Roma es conocido.
Y condenado por ser herejía. Con todo... Aun así...
Hablad, buen padre.
Mirad, la fertilidad, algunos dicen, es pagana. ¿Pero quién no es pagano en alguna ocasión? Los jóvenes de aquí no piensan más que en retozar. Dejadlo, les digo, pero ellos siguen a lo suyo. Así que, para que el diablo no los posea, les leo un pasaje de las Sagradas Escrituras. "Creced y multiplicaos", les digo. "Llenad la tierra". ¡Y vaya si me obedecen! Pero, ¿qué relación tiene esto con vuestro problema?
La tiene, y muy clara. La parte pagana puede ajustarse a la ley pagana. No pedimos más. ¿A qué hora es la boda?
¿La boda en la iglesia o la otra?
¿Qué otra? Iremos a la iglesia.
¿A reclamar ese derecho? ¡Ni se os ocurra, señores! Esta mano débil esconde rayos, y los usaré. No, no, nada de sacrilegios. ¡No en la casa de Dios! Pero, hay otra boda. Hecha al uso tribal, una ceremonia suya. Hay fiesta, beben, ríen, bailan. Oh, señores, y cómo brincan.

Antes de proseguir, me gustaría resaltar cómo subyace la idea de que la Iglesia se adapta tanto al poder feudal como a las viejas creencias de los que quiere convertir, con la única excepción de su lugar sagrado: la casa del Señor.


En otro lugar sagrado, el pagano, tiene lugar la otra boda, y lo primero que vemos de la ceremonia son los primeros planos del baile con máscaras druídricas, que enseguida me recordó The Wicker Man.





La corona de boda y el muñeco.


Plano general de la ceremonia


También se realiza una especie de eucaristía, mojando pan en vino (o en licor de hongos, vaya ustes a saber). Obviamente no se trata de una comunión católica, ya que este tipo de ritual no fue exclusivo del cristianismo.


 Luego se desata una fiesta que tiene mucho de libertina y promiscua.


Finalmente, los muñecos de los novios se cuelgan en el árbol sagrado.


Cuando Crysagón irrumpe en la boda pagana y reclamo su derecho, el lider religioso de los aldeanos, padre del novio y adoptivo de la moza, detalla las normas de la pernada, que ya no sería tanto derecho como rito.
"—Aunque sea mi propio hijo, él tiene derecho. No según su ley, sino por la nuestra. Antes de que los normandos llegasen con su iglesia y su torre venerábamos a la piedra y al árbol, y en los campos sembrábamos semillas sagradas. Entonces, como ahora, se sacrificaba a una virgen por la fertilidad de la tierra y la prosperidad de nuestra tribu. Tomarla a vuestro modo sería abuso. Se hará a nuestro modo, al uso antiguo. Con un círculo de fuego, al modo sagrado de los druidas. ¿Lo aceptáis?
Acepto.
Pues preparad un lugar elevado y que vuestros hombres vayan armados, señor normando, y haciendo guardia. Cuando la luna salga se os llevará la doncella desposada. Pero, en cuanto el sol salga, iré a reclamarla."
Al caer la noche se inicia la procesión pagana al torreón con la ofrenda de la novia.





El problema es que Crisagon de la Cruz, preso de la pasión y el amor, se negará a devolver a Bronwyn al día siguiente. Su traición es así doble: primero al credo cristiano y luego a la tradición pagana. Me encanta este plano picado, con el peso de la cruz sobre él, cuando días después sale a recorres sus posesiones.


El lugar sagrado de los paganos aparece desolado bajo la lluvia.

 

En el árbol sagrado está clavado el muñeco de la novia, aunque desnudo y desprovisto de ropa y corona de flores.


No sólo eso, el muñeco tiene alfileres sagrados al modo vudú. Desconozco si es una licencia, y seguro que no es la única, que esto sigue siendo Hollywood. 


La traición de Crysagon es la que desata todos los sucesos posteriores, que son muchos y para eso mejor se ven la película, que merece mucho la pena. Tan sólo un apunte final: tanto él como la chica son víctimas del amor romántico, que fue una invención, una modernidad que no existía antes, y ese antes incluye tanto el cristianismo como el paganismo. Por cierto, como me han recordado en los comentarios y en redes sociales, la película causo un fuerte impacto en el poeta, crítico de arte y simbolista heterodoxo Juan Eduardo Cirlot.