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11.5.14

LA MEMORIA DE LA INFANCIA Y LOS TEBEOS COMO EMBRUJO

Estos últimos días he tenido la inmensa suerte de encadenar una excelente tanda de lectura de comics. Hechizo total de Simon Hanselmann (Fulgencio Pimentel), Tyler Kross: Río Rojo de Brüno y Fabien Nury (Dibbuks) o Mi amigo Dahmer de Derf Backderf (Astiberri) son títulos que recomiendo con entusiasmo y sobre los que no quiero tardar mucho en escribir, por aquí o por allí. El cuarto as de esta cadena de disfrute imprevisto ha sido Tiempo de canicas de Beto Hernández (La Cúpula).



Cuando los hermanos Hernández empezaron ha publicarse por aquí, en las páginas de El Víbora, fui más de Beto que de Jaime. Supongo que es lógico, Beto estaba ya con Palomar mientras Jaime iniciaba lo que acabaría siendo Locas con esa etapa que recopiló en el álbum Mechanics, y que era una extraña visión del retrofuturismo espacial en clave intimista. Con los años, acabé apreciando más a Jaime, que tuvo una progresión espectacular, mientras que los cómics más o menos raros pasaron a estar escritos por Beto. De hecho, con las novelas gráficas que ha sacado desde entonces nunca sabes con qué te vas a encontrar hasta que las lees, lo cual no es precisamente indicativo de algo malo pero reconozco que alguna no me entusiasma como debería. Afortunadamente, Tiempo de canicas supone el regreso del mejor Beto Hernández, y así sin pensármelo mucho casi diría que es lo mejor que ha hecho desde los viejos tiempos de Palomar.



Tiempo de canicas es una crónica de infancia autobiográfica, que es un terreno agradecido (aunque también) tiene sus peligros. La forma en que la aborda Beto Hernández es extraordinaria porque su sencillez esconde una sutilidad excepcional, porque su aparente intrascendencia no es tal, ni mucho menos. Ya de entrada, su fidelidad en la recreación del mundo infantil pasa por eliminar la presencia de los adultos y todo lo que suponen. Están ahí, claro, fuera de campo, imponiendo castigos o exigiendo silencio, pero nunca los vemos ni con ellos sus problemas. Tampoco la escuela y el rigor que supone. Sólo el tiempo de ocio, que se reparte entre la casa y la calle, con sus juegos y pandillas, buscando delimitar lo que conforma el verdadero universo infantil, y lo consigue de tal manera que incluso es capaz de capturar el especial tempo con el que transcurre la infancia, porque los niños no experimentan su paso del mismo modo que un adulto. La palabra tiempo no está en el título por casualidad. No es la única muestra de la sutilidad a la que antes he hecho referencia, ni mucho menos, porque en una lectura que no requiere demasiada atención aflora una riqueza de detalles que no se exponen directamente pero que se evocan de manera poderosa: el conflicto racial, el matón que cambia cuando despierta su sexualidad, los niños violentos quizá porque viven en una eterna mudanza de casa, la marimacho que un día se pone femenina, el encuentro con alguien que comparte tus mismos intereses, el robo de un tebeo, la tentación de delitos mayores, las malas compañías, la colección de cromos que se guarda como un tesoro. Todo está colocado al de nivel de importancia y percepción que le concede el universo de la niñez.



El otro día me comentaba Santiago García la necesidad de distinguir entre la nostalgia, muy peligrosa, y el ejercicio de la memoria. En Tiempo de canicas hay mucho de lo segundo y nada de lo primero, aunque pueda parecer lo contrario dada la cantidad de referentes a la cultura popular que se mencionan. Las (muchos) tebeos, juguetes, canciones o programas de tv no se citan para que sean añorados sino porque son indispensables en la medida que lo son para los personajes, que sin ellos estarían incompletos. Es imposible ejercer memoria de la infancia sin llenarla de tebeos si ésta estuvo llena de tebeos. Mundos de ficción que no son sólo entretenimiento sino que despiertan y agitan de la imaginación y con ello, a la postre, la creatividad. Más en este caso en que los tres hermanos protagonistas acabarán siendo autores básicos de la historia del cómic —aunque, curiosamente, en Tiempo de canicas nunca los vemos dibujar—.



Todas esas citas también son importantes porque contextualizan la historia, ponen fecha, documentan la importancia de la cultura popular y su momento en el tiempo y el espacio, dos barreras físicas que, por otro lado, se rompen de manera casi mágica cuando el lector se reconoce a sí mismo en esa infancia ajena. Por mucho que en algunos casos no se trate de los mismos personajes, viñetas o series, el sentimiento y actitud antes estos puede ser compartido. Y se produce alguna coincidencia concreta, el embrujo es aún más poderoso porque señala un punto en común entre un chico hispano nacido en 1957 que vive en California y, por ejemplo, otro nacido en Barcelona en 1966. Es el mismo niño el que habla de La Cosa y Los 4 Fantásticos, y resulta fascinante descubrir que pese a la década de diferencia y los miles de kilómetros, yo también tuve un amigo con quien compartir el entusiasmo por los tebeos de terror de la Warren, aunque aquí se llamaran Vampus y allí Creepy. La subcultura llegó a funcionar como una autopista de información que desafiaba el tiempo y espacio en una época en que algo como Internet ni siquiera formaba parte del futuro tecnológico soñado.

Sin abandonar esta idea de la cultura popular que no conoce fronteras, Tiempo de canicas deja ver que como referente compartido la televisión es mucho más perecedera y limitada en el espacio que los tebeos o la música. No entraré en el caso de la música porque es incomparable por impacto —Beetles, Elvis— o pervivencia —You can’t hurry love de las Supremes—; pero en esta novela gráfica se hace evidente que Hulk o Los 4 Fantásticos han sido punto de encuentro compartido por infancias alejadas y, en cambio, ninguna de las citas televisivas que realiza forma parte de la cultura popular que pudo conocer un niño español del Baby Boom. Del mismo modo, varias generaciones pueden coincidir leyendo los mismos tebeos (o personajes) pero es mucho más difícil que así sea con los programas o series de televisión, que pueden coincidir en el ahora pero no en el ayer.


Como el gen del archivista loco a la caza del referente pop me domina, en lo personal Tiempo de Canicas me ha supuesto el disfrute añadido de ponerme a buscar cosas nada más cerrar el libro, así que procedo a dejar el resultado por aquí. Cuando estaba metido en la tarea, Santiago García me ha pasado un enlace de contenido similar que sin duda complementa el mío, que se centra sólo en algunos detalles que me han interesado o despertado la curiosidad.

El Hombre con una tele en la cabeza.


Strange Tales Adventures fue una colección de DC de relatos fantásticos tan inocentes como desbordantes que aquí no conocimos. Beto remite directamente al número 128 (1961) y a The Man With the Electronic Brain como exponente de aquella historieta concreta que por lo que sea tuvo un impacto especial en nuestra infancia. Cada uno tendrá las suyas y es muy difícil coincidir, pero no imposible: en Tiempo de canicas, por ejemplo, supone el descubrimiento de que otro niño la recuerda. También que pese a su condición de subproducto basura podía extraerse una lección: que el uso del cerebro puede ser algo poderoso incluso si se es un niño.


El hombre con el cerebro electrónico, obra de Gardner Fox y Murphy Anderson, explica la historia de un científico cuyo experimento consiste en colocarse en la cabeza un cerebro electrónico impulsado por energía atómica. Con el trasto puesto, se da cuenta de que acabará estallando pero que no puede hablar ni controlar sus extremidades.  

El hombre sale a la calle en apariencia para sembrar el caos.

Pero en realidad la destrucción que le acompaña, sigo que sigue un plan, está intentando explicar lo que pasa construyendo un jeroglífico. Será su hijo quien se percate de ello.

Y quien lo descifre.

El niño cerebrín será felicitado por el mundo adulto (porque seguramente el infantil lo desprecia) y tendrá la consideración de un héroe pero no por su arrojo físico, sino por su inteligencia.


Una cosa curiosa es que en Tiempo de canicas se resalta que el ejemplar de este tebeo que tenían los Hermanos Hernández estaba marcado por la lacra de haber llegado a sus manos sin portada.

Craneo Rojo también fue comunista.


La referencia a Cráneo Rojo, la gran némesis nazi del Capitán América me ha parecido interesante porque curiosamente incide en el breve periodo en que el superhéroe abanderado se dedicó a machacar rojos y soviets con inusitado furor anticomunista, así que su principal villano cambió la cruz gamada por la hoz y el martillo. Una breve etapa en que supuso problema para la continuidad del personaje (arreglada años más tarde). La referencia es velada, pero resulta curiosa porque fueron pocos los tebeos en que sucedió, no fueron populares y se publicaron en 1954, y eso no concuerda con el resto de citas del cómic, que tienen un marco temporal bastante concreto entre 1961-1964.


Cráneo Rojo en la etapa en que el adjetivo Red no sólo indicaba el color de su calavérico rostro.


Y el Capitán América en su corta etapa (sólo 3 números) como machaca rojos.

Marte Ataca


Los cromos de Mars Attacks publicadas por Topps en 1962, con ilustraciones de Norman Saunders y Wally Wood, pese a su distribución ajena a todo dado que se regalaban con la compra de chicles (y que aquí no conocimos) es evidente que causaron un enorme impacto entre los niños estadounidenses y hoy son un auténtico fetiche pop. También se convirtieron en película de la mano de Tim Burton. Estos son los dos cromos que Beto Hernández menciona expresamente.






Hulk no necesita armas


Estas son las viñetas a las que se refiere Beto, y pertenecen a The Incredible Hulk 2 (1962)



El grito de los Comandos Aulladores




El estereotipo racial


La referencia a Go Go Gomez, el ayudante de origen hispano de Dick Tracy para la serie de animación The Dick Tracy Show (1961-1962) me interesa especialmente al ser un estereotipo racial cuya existencia desconocía, y ya sabe que ese campo es por aquí temática habitual, ya se trate de hispanos, negros u orientales




 Los superhéroes de Hanna & Barbera
Los superhéroes de dibujos animados de Hanna & Barbera, diseñados por Alex Toth, siempre estuvieron envueltos de un halo de misterio para mi generación porque aquí su emisión televisiva siempre fue irregular e incompleta, pero en cambio conocíamos su existencia (incluso de los que no vimos nunca) porque sí nos llegaban a través de productos de merchandaising como cromos y similares. El niño de esta viñeta exclama el grito emblema de Birdman & The Galaxy Trio. Es una cita que desencaja con el resto por tardía, ya que en EEUU se emitió en 1967.




El tebeo que no mola.


Siempre me ha molestado esa creencia a que los niños no son capaces de diferenciar lo que tiene calidad de lo que no la tiene, algo que es absolutamente falso aunque los criterios que hacen que algo guste o que se considere malo pueden son diferentes a los de un adulto. En Tiempo de canicas ese ingrato papel lo representan los primeros números del Capitán Marvel de la Marvel, que es cierto que no molaba demasiado, al menos hasta que cayó en manos de Jim Starlin, quizá porque su publicación se hizo deprisa y corriendo por temas de copyright del nombre del personaje y no por instinto creativo. También es una referencia tardía respecto al resto porque el primer número data de 1968.


ACTUALIZACIÓN: Comenta Julián González Arechága que es más probable que la referencia sea otro personaje que tomó el nombre de Captain Marvel tras el de Fawcett y antes que Marvel: el de Carl Burgos, editado por M.F. Enterprises en sólo cuatro tebeos de 1966. Y lo cierto es que el hecho que pudiera desprenderse de sus extremidades coincide con lo esbozado en la viñeta. No lo he leído pero tiene pinta de ser encantadormente malo.





  Historias de fantasmas que prometen.


El tebeo de terror fantasmal Ghost Stories, editado por Dell, nació en 1962. En 1954 la aparición del Comic Code, código de autocensura de la industria, se cargó, entre otros, los tebeos de terror. El papel de Dell Comics durante toda aquella caza de brujas merece comentario. Dell se había especializdo desde su creación en licencias de dibujos animados (Disney, Hanna & Barbera),  personajes populares (Tarzan) y series de televisión. No quiso formar parte del Comic Code porque defendió que no iba con ellos y que el sello Dell ya era garantía de contenidos aptos y no perjudiciales para la infancia. Cuando, apenas 6 años después, el género de terror regresó a manos de los niños, Dell editó este cómic de terror. Tenía la palabra fantasma en su título, que no estaba prohibida expresamente, e incluso en el primer número incluía una historieta de hombres lobo, que si estaban prohibidos.


Como ven, el hombre lobo resulta perturbador en su diseño extravagante, y posiblemente a los lectores de la época llamara la atención el estilo realista de sus dibujos, muy diferente de los monstruos gigantes y extraterrestres de los tebeos de DC y la incipiente Marvel, aunque en realidad se trataba de historias protagonizadas por muchachos que siempre acababan bien. En realidad, los tebeos de terror genuino de la época fueron los de Warren, que escapaban del Comic Code porque su formato revista y el blanco y negro los distinguían del tebeo de grapa y a color, que se consideraba para niños. En la viñeta en que los niños hablan de Creepy, la comparativa con la revista MAD tampoco es casual, y no sólo por su formato: MAD fue lo que sobrevivió de la EC Comics cuando el Comic Code fulminó sus cómics de terror. Creepy recogió el testigo siete años más tarde.


La portada que sostiene Beto es la de ese primer número de Ghost Stories, aunque la verdad es que todas se parecían mucho entre sí. Se puede precisar porque más adelante se comenta con mayor detalle una de las historietas de su interior.


Esta es la viñeta que comenta la niña, esa en la que no se ve como el caballo mata a un niño. El tebeo parecía de los buenos pero resulta decepcionante porque no es explícito, demostrando como los tebeos de la Dell eran de contenido blanco aunque fueran de miedo.


Monstruos que son buenos.


El tema de los monstruos es muy propio de la infancia. En Tiempo de canicas emerge constantemente y con sutilidad. A través de los tebeos, el Beto niño fabrica su propia tipología entre "buenos que son monstruos (La patrulla condenada, La Cosa de Los 4 Fantásticos), monstruos que no se sabe si son buenos o malos (Hulk) y los monstruos propiamente malos. El tebeo de buenos que son monstruos preferido es La patrulla condenada, la Doom Patrol, colección de culto nacida en 1963 que aquí no conocimos hasta que en los 80 nos llegaron versiones mas modernas (entre ellas la genial etapa de Grant Morrison).



El rostro de Mr. Sardonicus


He dicho antes que en 1962 el terror había regresado a las manos de la infancia. Ese resurgir no vino directamente de los tebeos sino por otras dos vías. Una de ellas fue el éxito de la revista Famous Monsters of Filmland, publicada en 1958 por Warren y dirigida por el mítico Forrest J Ackerman. La revista estaba llena de fotos de monstruos de serie B de corte humorístico. Mr. Sardonicus fue una película dirigida por el también mítico William Castle en 1961 y la página a la que se refiere Beto es sin ninguna duda la que les dejo a continuación, publicada en el número 18 (1962).




El Horrendo Demonio Solar


Otra tipología de monstruos: gigantes o de tamaño normal. La segunda vía que estimuló el gusto por lo horroroso entre los niños de la época fue el cine y la televisión. Las viejas películas de serie B empezaron a frecuentar la programación matinal de fin de semana en algunas cadenas de televisión mientras que el cine de bajo presupuesto de la época había descubierto en los adolescentes un público natural. Hideus sun demon (Tom Boutross y Robert Clarke; 1959) fue una de esas películas.




Monstruos noche y día.


El Horrendo Monstruo Solar de baratillo sirve para establecer una tercera tipología con la que acabo este análisis de parte de la cultura pop referenciada en esta estupenda novela gráfica: los monstruos que habitan la noche y los que pueden salir de día, infrecuentes porque la oscuridad facilita la atmósfera y hace menos evidentes las carencias de la serie B.


30.6.13

JIM KELLY: LA QUINTAESENCIA DE LO COOL



Me he despertado con la noticia de la muerte de uno de mis mitos particulares más queridos: Jim Kelly, icono del maridaje entre artes marciales y blaxplotation, quintaesencia del peinado afro perfecto, el funk y la cultura pop más pura y honesta. No se me ocurre mejor homenaje que publicar un extraxto de Black Super Power, mi ensayo sobre el héroe negro, en el que realizo un veloz y entusiasta recorrido por su legado fílmico.


En pleno apogeo, la blaxploitation se convierte en una estética de moda que enriquece todo lo que toca. Así, la primera de las entregas de Roger Moore como tercer Bond, Vive y deja morir (Live and Let Die; Guy Hamilton, 1973), se embadurna de imaginería blax, vudú y la presencia de Yaphet Kotto y Gloria Hendry. Lo mismo sucede con El último hombre vivo (Omega Man; Boris Segal, 1971) adaptación del clásico de la ciencia-ficción Soy Leyenda (Richard Matheson, 1954) con Charlton Heston como protagonista. Y cuando la Warner prepara el definitivo asalto a la gloria de Bruce Lee, enriquece Operación Dragón (Enter the Dragon; Robert Clouse, 1973) con la presencia de un secundario negro tan carismático e icónico como Jim Kelly.
(…)
Jim Kelly, bendecido por la proximidad a Bruce Lee, con su elegancia felina, peinado afro perfecto y reconocida simpatía por los Panteras Negras, es uno de esos actores cuya presencia permanece y adquiere connotaciones icónicas a pesar de una filmografía breve, de progresión decadente y calidad dudosa (siempre desde la perspectiva del canon cinéfilo, claro). Tras el éxito brutal de Operación Dragón, Warner era consciente del potencial de Jim Kelly como actor con tirón para el cine de acción, así que le diseñó un producto a su medida: Cinturón negro (Black Belt Jones; Robert Clouse, 1973).

Siguiendo el camino trazado por Cleopatra Jones (el apellido común no es coincidencia), en Cinturón Negro la Warner infantiliza los argumentos de la blaxploitation al mismo tiempo que aumenta las dosis de espectáculo apto todos los públicos. La historia también saquea sin pudor ni esfuerzo uno de los argumentos universales del cine de artes marciales, la honesta escuela de kung-fú sometida al acoso de los malos, aunque situando ésta en un suburbio de Los Ángeles (ver nota al final del párrafo). El edificio que ocupa dicha escuela es objeto del deseo de la Mafia del Hombre (blanco), así que ésta encarga el tema al pequeño líder criminal de la zona, un negro orondo rodeado de inútiles. El problema es que llegan al rescate un antiguo alumno que trabaja de agente secreto (Jim Nelly) y una hija secreta del viejo y difunto maestro (que recibió lecciones a los tres años de infancia). A ella la encarnaba Gloria Hendry, una de las más hermosas reinas de la blaxploitation además de chica Bond. La película está ahí, repleta de detalles de subcine que provocan su injusta inclusión en algunas listas de las peores películas de la historia: el repeinado Scatman Crothers como imposible maestro anciano de las artes marciales; un grupo de chicas playeras expertas en saltos acrobáticos con cama elástica que ayudarán a asaltar el cuartel general de la Mafia; la batalla final envuelta en la espuma de un túnel de lavado de coches; o uno de los momentos de pareja de enamorados corriendo por la playa más antológicos y deplorables que recuerdo. Esto es así, es cierto, pero el poder visual de Jim Kelly persiste, por mucho que Black Belt Jones sea un subproducto aprovechado y de saldo, puro cine de derribo. La banda sonora sigue siendo de lujo a cargo de Luichi de Jesus y un tema principal compuesto por Dennis Coffey, el mítico guitarrista blanco de la Motown.

Nota al pié: La explosión del cine de artes marciales nace a partir del estreno en Occidente de De profesión: Invencible (Kingboxer; Chang-hwa Jeong, 1972), producción de la Shaw Brothers con distribución internacional de Warner. Luego, Bruce Lee y su leyenda no hicieron más que engrandecer el impacto de un fenómeno mundial que tuvo un curioso efecto multicultural de serie B: la proliferación de escuelas de artes marciales que hermanaba Harlem con Hospitalet de Llobregat, por citar dos satélites urbanos de una gran ciudad.



La carrera de Jim Kelly será, como he dicho, irregular y decadente. Tras Cinturón negro se embarca en un proyecto tan simbólico y comercial como la reunión en una misma película de tres de los actores clave de la blaxploitation. Junto a Jim Brown y Fred Williamson protagoniza Los Demoledores (Three The Hard Way, 1974) bajo las órdenes de Gordon Parks Jr. (el director de Super Fly e hijo, a su vez, del responsable de la saga cinematográfica de Shaft). Es posible poner numerosas pegas a una película como Los demoledores si se visiona desde el punto de vista de la cinefilia estrecha; ahora bien, desde una perspectiva carente de pamplinas es una gozosa serie B de acción y un desparrame de hostias, tiros y explosiones.


El argumento no puede ser más delirante: un productor de soul (Jim Brown) descubre, tras el secuestro de su mujer, que el partido nazi norteamericano prepara exterminar a toda la población afroamericana contaminando los depósitos de agua de las grandes ciudades con una sustancia química que discrimina racialmente y mata sólo a los negros. Ante tamaño desafío, el productor musical, que también es un hombre de acción, contactará con un par de amigos (Fred Williamson y Jim Kelly, claro) para liarla parda.



Los Demoledores es una película muy básica y sin complicaciones, nadie lo niega, hinchada con largas escenas de tránsito de sus personajes (andando, en moto, en coche y hasta en lanchas motoras) a mayor gloria de la banda sonora compuesta por The Impressions y donde destaca la larga secuencia en la que Jim Kelly recorre con su elegancia felina y cool el aeropuerto de Los Ángeles. Otro de los detalles que lo convierten en un filme más fascinante de lo que aparenta es su clara condición de película de superhombres negros; no sólo porque se trate de tres héroes imbatibles y capaces de todo o porque su guión acuda a una trama delirante con villano nazi de opereta (acompañado de un mad doctor para redondear el asunto), sino por su condición de crossover, que es como en los tebeos de superhéroes se llama al cruce de personajes de colecciones distintas. En Los demoledores Jim Brown hace de Jim Brown, Jim Kelly de Jim Kelly y, por supuesto, Fred Williamson de Fred Williamson, haciendo válida mi afirmación anterior según la cual los principales actores de la blaxploitation hacen suyos los atributos de los personajes que interpretan y viceversa. En definitiva, en términos de cine de derribo Los Demoledores hace honor a su nombre.



No sería esta la única aparición del llamado Rat Pack negro, emulando el nombre dado al clan Sinatra. Al año siguiente se reúnen de nuevo para protagonizar, junto a Lee Van Cleef, un tardío eurowestern híbrido e irregular rodado en las Islas Canarias: Por la senda más dura (Take A Hard Ride; Antonio Margheriti, 1975). De nuevo cada uno en su papel: Jim Brown de héroe moral, Fred Williamson de tahúr caradura y a Jim Kelly le toca bailar con la más fea con un delirante papel de piel roja mudo experto en artes marciales. Años más tarde repetirán con una blaxploitation tan fuera de plazo y lugar como Apuesta peligrosa (One Down, Two to Go; Fred Williamson, 1982) y con Richard “Shaft” Roundtree sumándose a la fiesta.



Rat Pack negro al margen, la carrera de Jim Kelly enseguida degeneró hacia el terreno del subproducto de artes marciales con tintes variopintos. En Black Samurai (Al Adamson, 1977) se ponía a las órdenes de uno de los peores directores de la historia (en la tradición de Ed Wood) para adaptar una de las novelas pulp de Marc Orden y su personaje homónimo, el superagente a las órdenes de D.R.A.G.O.N. (Defense Reserve Agency Guardian Of Nations) enfrentado a un supervillano maestro en las artes del vudú y su nutrido ejército de enanos karatekas (nada menos). Kelly repetiría con el charcutero de Al Adamson en Dimensión Mortal (Death Dimension, 1978), otro ejemplo de cine basura disfrutable en su despropósito y en la que el supervillano de turno planea construir una máquina que congelará a la humanidad. Para rematar la carrera de nuestro karateka afro más molón, es justo señalar Hong Kong Connection (The Tattoo Connection; Tso Nam Lee, 1978), genuina producción Made in Hong Kong (con todo lo bueno que eso supone en cuestión de coreografías) que se pretendió falsa secuela de Cinturón negro. Tras sus escarceos por el territorio del subproducto de presupuesto cero, Jim Kelly abandonaría el mundo del cine (aunque de vez en cuando nos alegra con algún cameo) y de las artes marciales para dedicarse al tenis profesional primero como jugador y más tarde como entrenador.


La carrera de Jim Kelly explicita muy bien la decadencia de la blaxploitation y su muerte por combustión espontánea. Tras el ímpetu de su éxito inicial, el subgénero pasa a ser pasto del sector más esquinado de la industria del cine y sus nutridas factorías del subproducto. Ya en sus primeros años proliferaron las coproducciones con el sello de Cirio H. Santiago, el brazo filipino de Roger Corman y la AIP, en películas como Savage! (1973) o TNT Jackson (1974). Un vínculo antinatural que prosiguió con fotocopias malas como Cleopatra Wong (They Call Her Cleopatra Wong; Bobby A. Suarez, 1978) o híbridos de las artes marciales como Bamboo Gods and Iron Men (César Gallardo, 1974) o The Black Panther Of Shaolin (Ernesto Ventura, 1975)31, en la que aparecía otro campeón negro llamado Ron Van Clief, rápidamente fichado por el cine de artes marciales realizado en Hong Kong para participar en una falsa trilogía formada por Black Dragon (Tommy Loo Chung, 1974), ¿Quién Mató a Bruce Lee? (The Black Dragon revenge the Death of Bruce Lee; Tommy Loo Chung, 1975) o El Testamento de Bruce Lee (Black Dragon Fever; Kao Ke, 1979) que lo emparejaba con los célebres clones de Bruce Lee.