10.8.12

CARTOGRAFÍA DE LO IMPOSIBLE



Disfruté mucho viendo Prometheus. Las razones son múltiples, variadas e incluso irracionales, hasta equivocadas, pero me entregué al espectáculo, por momentos inaudito, y se ganó mi simpatía como los tripulantes de la Nostromo se ganaron la de Ash, el androide de la película fundacional, que tras ser decapitado lanzaba ese último mensaje a los humanos a los que había traicionado por imperativo de la Corporación Wayland.

Confieso que entré en la sala predispuesto a hacerla mía, a reivindicarla, a defenderla. Leyendo en diagonal una muy celebrada crítica negativa intuía que era mi obligación adoptar esa postura porque así podría protestar ante cierto  fundamentalismo con fe dogmática en el guión y la cuadratura del círculo, de un tipo de crítica espectáculo que se fundamenta en la demagogia, la falta de piedad, y no en el entusiasmo ante la maravilla, que es lo que a mí mayormente me mueve. No dejes que el guión te estropee una película, creo que la frase es de John Tones y hay que tenerla muy presente en estos tiempos mutantes en el que el cine de grandes presupuestos se aplica a producciones que antaño serían series bé. Tras ver la película he leído opiniones negativas y sí, de nuevo esa en concreto también, y me he crispado mucho, he notado furor, ira.

Puedo entender que Prometheus no guste, que se afirme con convicción que tiene agujeros, que es abrupta, desordenada, que se desentiende de sus personajes, que tenga momentos incluso ridículos. Puedo comprender esa decepción porque soy consciente de que Prometheus tiene mucho de accidente. Salta a la vista que el guión que ha pasado por muchas manos, que está lleno de parches, y que también ha sufrido lo suyo en la sala de montaje. Las costuras están a la vista como lo estaban las cicatrices de Frankenstein. Seguro que el símil ya lo ha escrito alguien antes, y no sólo porque la película luzca como un monstruo cosido con trozos de otros cuerpos, sino porque la referencia a la criatura de Mary Shelley está en el título, en los diálogos, en el alma confusa del asunto. Las menciones a Frankenstein incluye incluso una referencia al Frankenstein created Woman de Terence Fisher por la vía del diseño de vestuario, no sé si sin querer o queriendo, pero está ahí. Yo la veo.


Matar a quién te ha dado la vida, matar al padre. La idea se expresa en ocasiones de manera sutil y en otras de manera tosca, e incluso se revuelve y confunde con el resto de desordenada metafísica en clave pOp que inunda la película y que la estimula a mis ojos, con su exceso de preguntas sin respuesta para que ésta sea al gusto del consumidor culturalmente disperso (haciendo mío el afortunado concepto acuñado por Marc Pastor). Preguntas que probablemente no obtendrán nunca respuesta y que abren no ya puertas, sino abismos, agujeros negros. Un pupurrí desmelenado de simbologías religiosas, cristianas pero también más allá del cristianismo, con al atávico héroe solar que conforma mitos y credos primitivos. Para mi sorpresa, todo esa carga que puede pesar como una losa o atragantar (como le ha pasado muchos, sí) no impide que la película sea tremendamente divertida, que corra desbocada, en estampida, hacia el espectáculo entretenido, a la sucesión de cosas que pasan abriéndose paso a empujones, pisoteando incluso buenas ideas que se quedan ahí, espachurradas por el camino.

Prometheus es un accidente, sí. Los accidentes son muy habituales en el cine de Hollywood, y algunos pueden resultar fascinantes, hermosos, hipnóticos. Prometheus se revuelca en el barro de la metafísica, construye una incontestable catedral de fantasía visual, se balancea en el trapecio de lo pretencioso y de golpe se entrega a la serie bé de una manera tan absurda, tan desordenada, que uno contempla patidifuso como la película se lanza al vacio, sin red, y se estampa, claro, contra el suelo. La cosa es tan inaudita que yo me levanto y aplaudo, y sé que no estoy sólo, sé que no soy el único que sabrá apreciar la belleza que ahí se esconde; y también su falta de vergüenza.



Prometheus es un accidente que se descubre feliz en su condición de híbrido amorfo que se entrega con despreocupada alegría al preciosismo y a lo chorra, a la pretensión metafísica y a la fantasía barata. Acude a la ciencia-ficción de los tebeos de los 80 y de las películas de bajo presupuesto (que eran los nutrientes del primer Alien) al mismo tiempo que se quiere mirar al recto espejo de 2001, Blade Runner, Naves Silenciosas y hasta Lawrence de Arabia. Un equilibrio inviable. Prometheus es una colosal arquitectura imposible, condenada al tambaleo y al definitivo derrumbe si la ficción y la fantasía estuvieran sujetas a las leyes de la física. Afortunadamente no es así, y hay quien se dejar arrastrar por el sentido de la maravilla porque en algún momento firmó, firmamos, un contrato con lo irracional y lo asimétrico, con el círculo imposible de cuadrar. Disfrutamos del viaje y nos importan más bien poco la matemática del guión, el final perfecto y la lógica interna; de hecho, estos elementos pueden ser enemigos naturales del Sense of Wonder más hedonista.


Una cosa que me gusta mucho de Prometheus es que acuda a la vez a 2001, Lovecraft y Von Daniken. Sí, es cierto, el danés sueco proponía pseudociencia y pseudohistoria, y eso hoy está mal visto, pero le tengo cierta simpatía porque forma parte de una generación de escritores de fantaciencia que descubrieron que podían hacer ficción en forma de no-ficción, aunque el éxito acabó convirtiéndoles en charlatanes. No hay que olvidar que ese artificio, ese fake de fantasía disfrazada, nació en las revistas de ciencia-ficción que también amparaban la parte más hard, científica y, para muchos, noble de un género tan polimorfo como la ciencia-ficción. Lo que explicaba Daniken bebía directamente de Lovecraft y sus dioses cósmicos, y también lo hacia un poco 2001 con su monolito. Daniken y el monolito están de alguna forma emparentados (y también enfrentados) y la prueba, el lazo de sangre, podemos localizarlo en el Jack Kirby de la última época, en Los Eternos y en su alocada adaptación de la película de Kubrick. Si, supongo que ese Jack Kirby desmelenado está presente en Prometheus.



Y sí, es cierto, el primer Alien era otra cosa. Una obra maestra, un relato de horror perfecto, con sus puertas a lo irracional (porque eso es fundamental para el horror) pero muy bien armada de coherencia hard. Una obra maestra modesta en su encaje como película de terror y al mismo tiempo una irrepetible maravilla visual. Qué puedo decir yo, que la vi con 14 años cuando se estrenó, sin tener ni idea de lo que iba a ver. Que puedo decir yo más allá de que me volvió loco. Y siempre fui consciente de que era irrepetible.  Alien tampoco se pretendió nunca saga, y como tal siempre creció amorfa: el militarismo viril de Cameron, la aburrida metafísica de la tercera entrega o el delirio pop a lo Metal Hurlant de la cuarta (por la que siento un terrible amor, lo confieso). En Prometheus hay mucho de esas dos, pese a que es un amancebamiento contra natura. Cuando tiene miedo de ser como una se trastoca hacia la otra. Y luego está el crossover con Predator y el videojuego, una extensión para muchos corrupta. Llegados a este punto, supongo que hay quien hubiera preferido una precuela diseñada con tiralíneas, un puzzle funcional, artificial, que no moleste. Yo prefiero el rumbo inesperado y loco de Prometheus, la línea curva, el desorden. Me gusta la idea de que los ingenieros se equivoquen, se desdigan y fracasen, que pierdan el rumbo. Me parece una idea poderosa y una fuente de confusión.


El ya famoso geógrafo geólogo de la cresta, centro de tanta polémica, es un científico escéptico hasta la desesperanza. Cuando lo irracional y la superstición irrumpe ante él, cuando se topa con la existencia de los  dioses atávicos que niega con burla, se derrumba, pierde el control, sale el corriendo y se acaba perdiendo. Precisamente el geógrafo geólogo encargado de cartografiar los túneles, de trazar el mapa. No sé si es una idea casual o mal desarrollada, pero en cierta forma, junto a él salen corriendo de la película muchos espectadores que no aceptan ese extravío. Espectadores escépticos que no dan crédito y que rechazan casi como una blasfemia la idea de que sea el que dibuja el plano quien se pierda. No pueden asumir que imaginación y fantasía son territorios de cartografía imposible.


7.8.12

HEDONISTAS DEL APOCALIPSIS


Sin querer y dándole a la tecla, con mis tres últimas reseñas (contando esta) me he montado una extraña trilogía. He hablado de best-sellers distinguiendo entre el que pretende ser más que eso (caso HHhH) y el puro y duro (caso los cómics de Marini). Ahora vamos a otra cosa, a otra pata de la cultura de consumo popular. De hecho, la pata que desata mis pasiones y mi entrega, la pata que me nubla el juicio y que distingue este blog: la serie bé, la explotación, el subproducto de derribo facturado al amparo de la industria, oculto en sus resquicios, poniendo huevos y larvas en la grieta sin motivo, por puro ánimo vandálico o buscando dineros desbordados por los márgenes de la industria.

Ya estoy desvariando de nuevo. Yo venía a escribir un poco sobre Crossed, la serie de tebeos de Avatar que aquí publica Editores de Tebeos (EDT y antes Glénat). Lo de Avatar, al menos lo que por aquí va saliendo, me gusta bastante. Soy fan del sello. Fan del concepto y fan del resultado. Avatar busca el apoyo en sus guionistas. Los busca interesantes, populares y con rasgos muy concretos. Por ejemplo: Warren Ellis, Garth Ennis o David Lapham (menudo trío). Luego les pide que vomiten subcultura sin mesura y rapidito, que hay que sacar tebeos. No siempre cumplen, y cuando lo hacen es acotado por la propia dinámica industrial y de serie bé del siglo XXI, pero como los tipos elegidos dan con el perfil, la cosa a mí me funciona y me atrae. Tampoco es que sea algo nuevo o brillante; el pulp, el bolsilibro o el tebeo precode funcionaban así, aunque los tiempos han cambiado y estos tebeos de Avatar se han revolcado en el barro del punk y del nihilismo apocalíptico. Sí, eso, punk, de garaje o de imperdible, da igual. Un bajista competente y el resto de la banda una chavalada por pulir que pide tiempo y tablas. One. Two, three. Ruido y volumen, y los lectores a bailar un pogo desordenado y de breve minutaje. Todo muy inmediato, sin pulir, sin pensar, sin vergüenza.


Es obvio que estoy exagerando y que me pierde el estilo, pero qué más da. También es obvio, evidente, que Crossed no es más que una explotación (a la vieja usanza) de los Walking Dead de Kirkman y del aún bien alimentado (pese al empacho y por sorpresa) subgénero zombi, que es al fin y al cabo el zeitgeist pOp de nuestro tiempo, el tipo de ficción que define estos tiempos de crisis económica, de valores y de buen gusto. Un contexto ideal para que la subcultura plante huevos y larvas. Y sí, vale, los cruzados de Crossed no son muertos vivientes sino contagiados, menudo debate estéril y gañán ese. No sé ni para qué lo apostillo.


Yo me imagino la cosa un poco así, con el tipo de Avatar (ni pajolera idea de quién es, pero es un tipo, eso seguro) pidiendo algo de zombis porque lo están petando, y venga, ahí aparece el Garth Ennis y se casca los diez números que forman el primer arco (independiente, como el resto) y que aquí compiló EDT en un tomo consistente en peso, páginas y contenido. Me cae bien el Garth Ennis, es así, no lo escondo. Despierta mis simpatías. Es bruto como un arado y amigo del exceso sin mesura; se pierde, no controla y revuelca sus historias en el chiste grueso y guarro. Ofensivo si puede. Es por eso que lo prefiero a, no sé, Neil Gaiman, porque es su reverso oscuro. Uno busca la dignificación por la vía de la alta cultura inglesa, el otro se zambulle en la del proletariado sucio, maleducado, maloliente y borracho de cerveza. El humor británico, tan celebrado, también da cobijo al chiste de pedo, pis y polla en el culo. Bueno, eso también lo hacía, salvando las distancias y si me permiten, John Ford. Siempre recuerdo que en el momento cumbre de Centauros del desierto, cuando John Wayne se dispone a enfrentar su mal rollo cara a cara, va John Ford y corta la escena para enseñarnos que le están quitando una flecha del culo al general del Séptimo de caballería. Y también pienso que estoy hablando de humor inglés cuando en realidad lo de Ennis y Ford es humor irlandés.


El vínculo entre Ford y Ennis no sólo viene dado por proceder de la misma cultura. Ennis, con todo lo bruto que es, con toda su desmesura, tiene otra faceta muy evidente y a priori contradictoria. El relato, el tema central de sus historias, se alimenta totalmente de un tipo de cine muy clásico. Ennis, tras los mocos, los pedos y la salvajada epatante, cuenta la misma historia que contaban Howard Hawks, John Carpenter o Sam Peckimpah. Historias protagonizadas por un grupo humano que alcanza la épica forjando lazos que van más allá de la simple amistad. Amistad viril que dicen algunos, porque esos relatos, por contexto cultural, desatienden al personaje femenino o incluso le reservan un papel de interferencia en la relación masculina entre hombres de pelo en pecho. Afortunadamente, eso se superó un poco con el tiempo y en películas como Asalto a la comisaría del Distrito 13 (John Carpenter, 1976) ya teníamos por ahí a una chica dura, que falta hacía. Lucha de sexos al margen, son títulos como ése o como Río Bravo, El Dorado, Grupo Salvaje, Doce del Patíbulo o Los Violentos de Kelly los que alimentan las historias de Ennis. Eso es muy evidente en sus tebeos de género bélico, pero también en Predicador y hasta en The Boys.

En lo personal, sintonizo mucho con estas historias de grupo heroico. Esa épica del codo con codo, de espalda contra espalda, pueden llegar a ponerme la piel de gallina y emocionarme cosa mala. Que me ponen, vaya. Quizá por eso me gusta Ennis y le sigo la pista, porque también le va el rollo. Además, soy amigo del exceso, con lo que su otra faceta, la soez, hasta me hace gracia y todo. Ese me pasa también con Irvine Welsh, el de Transpoting o Acid House, y que también se puede conectar a Ennis. Pero volvamos a los zombis (y a los contagiados a mordiscos). Uno de los códigos usuales del subgénero es, precisamente, esa épica del grupo, de la banda. A menudo se establecen vínculos entre Río Bravo y La Noche de los muertos Vivientes (y ahí, entre ambas, Asalto a la comisaría del distrito 13 actúa como voluntario pegamento), pero es que mi película de zombis favorita, el Zombi de Romero, su primera secuela, es una película de grupo, con esos cuatro supervivientes armados, peligrosos y fortificados en un supermercado. Por resumir y acotar lo dicho hasta ahora: el subgénero zombi es muy dúctil al exceso (como bien demostró el cine de explotación italiano) y hace centro neurálgico del grupo superviviente y su mística . Resulta lógico, por tanto, que Ennis ni siquiera tenga que llevarlo a su terreno. Es su terreno. Juega en campo propio.


Decía antes que de partida Crossed es una exploit de los Walking Dead de Kirkman, que por otro lado no deja de ser un fiel y robusto desarrollo de los cánones del subgénero, sin desviarse siquiera del muerto viviente lento de Romero (al menos en el tebeo, no tanto en la serie). La principal diferencia parte de ahí. Lo de Crossed toman la variante del contagio y añaden un rasgo muy distintivo que es todo un acierto. Los contagiados de Ennis, los cruzados que dan título al tebeo, son humanos con los bajos instintos desatados hasta lo inconcebible, una incontenible e irracional masa entregada a la mayor violencia y a la mayor perversión posible. Iba a escribir que son animales pero no, nada de eso, son humanos desatados, un ejército enajenado y orgiástico entregado a lo peor de lo peor. Una promiscua legión de hedonistas del Apocalipsis. De la causa del contagio nada se explica, ni falta que hace, y se acude a lo simbólico y lo sobrenatural con la marca facial que los distingue, una cruz de sangre en el rostro. Con ese rasgo deja ir Ennis su proverbial mala leche, poniendo el símbolo cristiano por excelencia como distintivo de una horda que pervierte toda moralidad. Una provocación más, claro, pero que tiene su miga, al fin y al cabo la religión también se agarra y escarba en el lado más irracional del ser humano.


Que los contagiados de Ennis se dejen llevar por la brutalidad absoluta le viene muy bien. Acota su gusto por el exceso. Le libra del peso de sus desmanes porque puede centralizarlos en sus cruzados y librar así a sus héroes, su grupo humano protagonista, de la incontinencia de Ennis por el caca, culo, pedo, pis elevado al cuadrado. Hay detalles marca de la casa, como las balas bañadas en semen infectado o el cruzado que atiza con una polla de caballo, pero siempre a un lado del tablero, Eso le sirve para armar una historia de apocalipsis y supervivencia muy seca, dura, áspera, nada paródica, y puede llevar a sus personajes, sus humanos sin futuro ni esperanza, por terrenos incómodos y poder tocar sin bromas ni salidas de tono tabús como el asesinato despiadado de niños, que no es moco de pavo y que ensombrece a sus héroes (porque nunca serán héroes). Las historias de zombis e infectados sacan lo peor del ser humano, pero más aún cuando ante sí ya tienen a lo peor del ser humano convertido en horda insaciable.


Otro detalle que me gusta de Crossed es que se convierte en un relato (descarriado, atroz) de Nueva Frontera, ese espíritu que alimentó el mito del salvaje Oeste, que es el mito de la forja de los EEUU. Dejar atrás la civilización y adentrarse en la naturaleza indómita de desiertos y montañas para conquistar un trozo de tierra donde asentar un porvenir incierto. Eso también está en el tebeo de Kirkman y me hace gracia ver como el subgénero zombi, que hizo del encierro y la claustrofobia uno de sus códigos, haya mutado hacia al espacio abierto y la caravana de pioneros. La humanidad busca fronteras que de momento no tenemos. El tema, en realidad, es más cosa de la cultura popular norteamericana que europea, esto es así, pero es que el subgénero zombi, por mucho que la Italia eurotrash lo hiciera suyo en sus gozosos desmanes, se alimenta de otro icono de la cultura pop norteamericana: las armas de fuego, esas que guardan constitucionalmente en casa por si regresa el invasor inglés, que es como guardar estacas por si vienen los vampiros. Una superstición vestida de ideal patriótico y reformulada como negocio industrial. Esa cultura, que en la ficción pOp da lugar a una fascinante estética de la violencia, late en subgénero cuando emana de los EEUU (y sí, lo sé, Ennis es irlandés).

El arco fundacional de Crossed, pese a su conclusión falsamente abierta (como pasaba con el Zombi de Romero), dejaba el asunto concluido. Cualquier continuación con los mismos personajes sería un error; además, Ennis ya ha contado todo lo que tenía que contar. No sé cómo fue la cosa, si era obra cerrada que al funcionar se quiso continuar o ya se diseñó como franquicia, pero lo cierto es que tras Ennis los bártulos de los cruzados han pasado a manos de David Lapham.


Lapham es un tipo interesante al que respeto porque sus Balas Perdidas son una cosa muy grande, pese a estar inacabadas. De hecho, ese mismo detalle demuestra que es una obra robusta. También las dos novelas gráficas de género negro que se publicaron por aquí (Mátame, Silverfish) y tras las cuales se puso a escribir superhéroes, que es cuando le pierdo la pista, lo reconozco. No puedo decir si en esa excursión ha aguantado el tipo. Sospecho que no. En Avatar, y aquí publicado por EDT, tiene un tebeo sobre Calígula, una fantasía violenta, gore y sobrenatural, que que me dejó desconcertado, tanto que me siento incapaz de forjarme una opinión al respecto. Supongo que eso es bueno.


Con Lapham al cargo de Crossed, EDT lleva publicados aquí tres tebeos, cada uno de ellos compilando arcos o historias independientes entre sí. Valores familiares es el primero, y el mejor. Una muy digna continuación del universo atroz creado por Ennis. Esa vertiente de Nueva Frontera, de western apocalíptico, es aún más evidente, caballos incluidos. También mantiene el tipo en cuanto a violencia desatada, imágenes desagradables y comportamientos aberrantes y lenguaje profusamente explícito. Y siendo un relato aún más americano que su precedente (la portada que referencia el American Gothic está muy bien puesta) conecta, curiosamente, con el modo italiano de entender al zombi y el tipo de horror que encarna. No pienso sólo en el gore brutal, también en la religión. Los protagonistas de Valores familiares son una familia criada en el fundamentalismo cristiano, el Tea Party rural que no atiende a razones; pero en su interior anidan perversiones incestuosas y pederastas, ahí queda eso. Lapham contrapone así la horda de los cruzados viciosos y perversos, el bajo instinto liberado y llevado al límite irracional, con un horror que no tiene la justificación del contagio y que, encima, es real, un monstruo que habita entre nosotros, a cobijo de la tradición, el mesianismo y la salvaguarda de su torcida moral.


Religión al margen, la idea del monstruo de verdad reaparece en Psicópata, tercer gran arco (independiente, insisto) y que reincide más o menos en lo mismo. Entre el grupo de supervivientes se oculta un psicópata, un ser humano que no necesita llevar la cruz de los cruzados para ser abyecto, subrayando la metáfora que justifica Crossed y su brutalidad: que el virus (o lo que sea) tan sólo ha liberado algo terrible que está ahí, en nosotros. Aunque la lectura se me hizo algo larga, es de alabar el tono oscuro y cómo Lapham hila un relato que incomoda y no da asideros. Aquí no hay Nueva Frontera sino un tebeo de mal rollo que el dibujante cordobés Raulo Cáceres se encarga de vestir con ultragore chorreante y explícito.
La idea de mezclar psicópatas y zombis (infectados) siempre me ha gustado. La utilizó Kirkman en Walking Dead y también la solventaba muy bien, y de pasada, Ennis en el primer arco. Me gusta porque enmarca aquello del Psycho in / zombi out que desarrollamos en una de las Reflexiones de Repronto (esta): de cómo muchos telediarios se construyen a partir de esa dualidad: noticias de psicópatas en lo nacional y de zombis en lo internacional. Tenemos el psicópata dentro y la horda zombi fuera, y así construimos nuestros miedos en esta época de crisis total.


No les he dicho que entre Valores Familiares y Psicópata se coloca un número extra, especial y pintoresco: Crossed 3D. Lo cierto es que se lo pueden ahorrar porque es el peor de la serie, una cosa infame. Tiene la gracia, sí, de ser un tebeo en 3D a la vieja usanza, para leer con gafas, y un poco para reivindicar el ánimo de subproducto de serie bé que late en los tebeos del sello Avatar. Pero la resolución gráfica del experimento es atroz por sobrecarga, y yo no sé si es por eso o porque la historia de Lapham en esta ocasión fracasa, pero la lectura se convirtió en un auténtico sufrimiento y me desentendí cosa mal. Se lo pueden ahorrar si no son ustedes completistas o les pica la curiosidad, pero lo cierto es que desluce lo que Crossed ofrece en el resto de la saga: subcultura sin domesticar y sin pulir, violencia gratuita, vandalismo, mal gusto. pOp de Derribo.

6.8.12

BEST SELLER, BE DE, FOLLETÍN Y SANDALIAS

En la entrada anterior, dedicada a la novela HHhH de Laurent Binet, decía que los best-sellers pueden dividirse en dos grupos. El puro y duro, que sólo busca gancho comercial y entretener al personal (en ocasiones muy dignamente) y el que se pretende de mayor calidad literaria. La novela sobre el nazi Heydrich y el atentado sufrido a manos de la resistencia checoslovaca se alineaba voluntariamente en el segundo grupo, y lo hacía gracias al hábil e interesante uso de tres perspectivas distintas mezcladas con gracia: la narración de los hechos, los comentarios sobre la documentación manejada y el relato del personal vínculo sentimental del escritor con la historia que nos cuenta.

Curiosamente, en la novela de Binet se habla o mencionan cómics al menos en dos ocasiones. Una, a raíz de una entrevista a Marjane Satrapi, la autora de Persépolis, en la que dice que no se cree al Kundera que escribe de París y sí al que lo hace sobre Praga, un comentario que preocupa al escritor porque él es de París y no de Praga, donde suceden los hechos de HHhH. La otra es cuando se imagina la estación central de Praga de 1942, y lo hace pensando en un dibujo de Enki Bilal y sus fríos grises del este europeo.
Estas menciones al cómic en un libro de estas características pueden sorprender, pero en realidad no tanto si se tiene en cuenta que se trata de una obra escrita y pensada para el mercado francés (aunque el éxito haya acabado siendo internacional). Pocos países, si los hay, tratan la historieta, la Be De, con tanto mimo, prestigio y respaldo de ventas. En la BeDe francófona son muchos los ejemplos de Best Sellers, y además compiten con el libro tradicional en la listas, sin que haya reparos en la mezcla. Aquí el sólo hecho soliviantaría a más de un escritor de prestigio. Y, volviendo al inicio, con los best sellers del cómic francés podemos hacer la misma distinción entre el puro y duro y el que tiene vocación de trascendencia cultural. De hecho, tanto Satrapi como Bilal pueden catalogarse también en el segundo grupo. Satrapi como exponente del movimiento de la Nouvelle BD y con una obra, Persépolis, cuyo éxito resulta clave y trascendente. Con Bilal lo mismo, aunque en este caso podemos decir que pertenece a la vieja escuela, pero aún así de clara voluntad autoral, e incluso con una obra reflexiva y experimental pese a ser ciencia-ficción de tradición Metal Hurlant.

Y luego está la otra bedé, la del best-seller puro y duro, con vocación de entretenimiento pero también respaldado por guiones sólidos y efectivos (no siempre, claro) y un dibujo primoroso, trabajado y espectacular. De nuevo, pocas industrias como la francófona países dejan a sus dibujantes tanto margen de tiempo para el preciosismo y el detalle, siempre en clave realista. Cosa que hoy, por cierto, empieza a apreciarse menos que antes porque, afortunadamente, también hay cada vez más cómics de dibujo no realista y libertad gráfica a raudales, con maravillosos resultados (en lo creativo y en lo comercial). Satrapi sería una muestra. Bilal se mueve entre ambos mundos (más por lo que cuenta que en sus últimos títulos que por cómo lo dibuja).

La verdad es que no sé a qué viene tanto rollo si yo lo que quería era comentar que he estado leyendo tebeos de Enrico Marini este fin de semana. Es que me pongo a escribir y no hay quien me pare y, ai, quien me marque, porque tamaña disertación para introducir un breve apunte sobre un autor tan alejado de la reflexión autoral como Marini es un contrasentido. Bueno, la cosa iba de best sellers, así que no me he pasado tanto, porque pocos dibujantes actuales pueden tener la consideración de autenticas estrellas en ventas de la Be De. Marini dibuja que te cagas para los cánones de la vieja escuela, es tan espectacular como un blockbuster de Hollywood y supone una cierta modernidad porque, primero, no esconde influencias niponas (Otomo es omnipresente), y segundo, sabe cuando hay que poner una hembra fornicando a cuatro patas. Es por eso que se le compara con Manara, aunque sus jamonas voluptuosas están lejos de la delicadeza sensual de las del autor del Click, del mismo modo que éste trasciende la mera factura de best-seller industriales. Manara sería un poco como Bilal, de la vieja escuela pero con voluntad autoral (y guiños a la vieja y decadente Izquierda Exquisita, tan dada al fetichismo visual).


Bueno, pues como les decía, que este fin de semana me he pegado un pequeño atracón Marini. La cosa ha empezado mal, con la novena entrega de El Escorpión, ese folletín de capa y espada que arrasa más de lo que merece. Lo cierto es que me ha parecido un horror, con los personajes deambulando en una trama que no deje de dar vueltas sobre sí misma sin sentido ni emoción. Luego nos quejamos de que los japoneses también alargan sus series, pero joder, esto ya es un exceso de por sí. La sensación que me queda es que Marine y Desberg, el guionista, están alargando la historia porque es demasiado rentable y supone poco esfuerzo a estas alturas. Una cosa rutinaria que esperemos acabe pronto. El Escorpión empezó siendo un folletín muy divertido, repleto de acción, con sus mozas despampanantes, sus intrigas de palacio, sus espadachines enmascarados, sus monjes guerreros y sus obispos perversos... hasta que en algún momento dejó de serlo y se transformó en un rutinario sinsentido.


La decepción, no por esperada, no me detuvo para agarrar los tres álbumes de Las águilas de Roma, otra serie de Marini ambientada en los tiempos del Imperio romano y, esta vez, haciéndose él mismo cargo de los guiones. De hecho, que la novena entrega de El Escorpión me haya parecido un horror me impulsa a agarrar la serie de Marini, no tanto por guardar esperanzas o borrar el recuerdo, sino porque tengo los tres álbumes sin leer y tendré que tomar una decisión económica, que bastante generoso he sido acaparándolos a ciegas. Por cierto, entiendo la decisión de Marini de prescindir de guionistas. Al fin y al cabo, el truño argumental de Desberg secunda que hace lo correcto (y encima no hay que repartir). Y lo cierto es que me zampo los tres álbumes en una sentada, por lo que puedo decir que el objetivo se cumple. Y el objetivo no es otro que entretener, evadir, y alegrar la vista con un arte espectacular, de la vieja escuela y sin riesgos. Reconozco que me lo he pasado bien y que al cerrar un álbum iba a por el siguiente, dejándome seducir por los cantos de sirena del best seller puro, duro y funcional, por los legionarios en sandalias, los bárbaros del Norte, la decadencia de los nobles romanos, las orgías, las traiciones, las intrigas, los malos pérfidos de toda la vida y las ardorosas jamonas de la corte del emperador Augusto. No ha sido para tirar cohetes y seguro que me olvidaré de todo antes de que se publique la siguiente entrega, pero vamos, que eso ya sabía yo que iba a ser así. Me lo pasé bien con el Gladiator de Ridley Scott y disfruté bastante con las dos temporadas de la Roma de HBO, así que este tebeo completa un extraña trilogía en mi cabeza.



5.8.12

HIMMLERS HIRN heisst HEYDRICH



El cerebro de Himmler se llama Heydrich. Esa es la traducción de la frase que se esconde tras HHhH, el extraño título que se esconde tras la novela de Laurent Binet, ganadora del premio Goncourt 2010, galardón muy celebrado entre las letras y los lectores franceses.
“En todos los años que llevo con este libro dentro de mí, no he pensado en ningún momento titularlo de otro modo que Operación Antropoide (y si éste no es el título que figura en la portada que el lector puede leer, es porque cedí ante el editor, a quien no le gustaba en absoluto: le parecía demasiado ciencia-ficción, demasiado Robert Ludlum...)”.
La declaración del escritor puede parecer que procede de una de las múltiples entrevistas dadas. Una cualquiera, tomada al azar, donde se le pregunta por enésima vez por el extraño título; pero no es así, es una frase tomada de la misma novela, y viene muy bien para describir su curioso desarrollo narrativo (y de estilo), además de citar el meollo del asunto.

En la histórica Operación Antropoide un comando de dos paracaidistas checoeslovacos, amparados por su gobierno en el exilio, el ejército británico y las debilitadas fuerzas de la Resistencia checa atentó contra la vida de Reinhard Heydrich por las calles de la ocupada Praga.
“Heydrich, el hombre más peligroso del Tercer Reich, el verdugo de Praga, el carnicero, la bestia rubia, la cabra, el hombre de corazón de hierro, la peor criatura jamás forjada por el fuego vivo de los infiernos, el hombre más feroz jamás salido de un útero femenino”.

De nuevo acudo a la novela para perfilar a su centro neurálgico, Reinhard Heydrich, cuya mano ejecutora también está detrás de la Noche de los cuchillos largos, la Noche de los cristales rotos y el diseño de la Solución Final, la maquinaria industrial que tenía por objetivo el genocidio total y a gran escala de los judíos europeos. La célebre eficiencia germánica puesta al servicio de una buscada masacre étnica.

Reinhard Heydrich, el nazi perfecto, y dos paracaidistas (checo y eslovaco) que encarnan también el ideal de la Resistencia. ¡Viva la Resistencia! La épica y la mítica, los héroes y los supervillanos, y un suceso que como deja bien claro Laurent Binet a lo largo del libro, le fascinaba y obsesionaba desde hacía muchos años. El libro es un best-seller de facto, aquí lleva unas cuantas ediciones, pero por otro lado rehuye su condición desmarcándose en su forma del best-seller al uso, del “demasiado Robert Lundlum” que llevó al cambio de título. Buscando pertenencia al reducido grupo de los grandes ventas que se pretenden algo más que eso. Todo muy francés, por cierto.

Lo distintivito de HHhH es su voluntaria y muy bien llevada condición de mezcla entre novelización de un hecho real (tan épico como un atentado de la Resistencia contra el nazi perfecto), manejo de documentación exhaustiva (sobre la vida de sus tres protagonistas y el contexto histórico inmediato o lejano) y el sentimiento personal e incluso autobiográfico del escritor embarcado en la tarea. Toda la narración se salpica con frecuencia con las reflexiones del escritor que bucea en los hechos, e incluso en sus vínculos sentimentales con la historia. Busca explicación por la fascinación que siente por el mal absoluto (Heyndrich lo es) y comenta todo tipo de detalles relacionadas con otras obras de ficción que tratan el mismo hecho histórico o incluso contextos similares.
“De repente, lo veo claro: Las benévolas es «Houellebecq entre los nazis», así de sencillo.”
Es curioso porque esa construcción del relato del autor frente a su obra, que se pregunta de dónde sale un dato en un texto ajeno o que apostilla con desmesura si un diálogo es real o teatralizado, es la parte más afectada, teatral y novelizada. Una decisión de estilo arriesgada y, ciertamente, no exenta de cierta pretenciosidad, que en ocasiones se rebaja con saltos de línea de voluntad cómica (siempre referenciados a sí mismo y a su obsesión, nunca hacia el hecho histórico. Pero la gracia está ahí porque funciona, porque tiene un objetivo, desnudar, por contraste, de efectos teatrales la historia de verdad. O de simularlos. Y funciona porque sus últimas cien páginas, cuando se pone ya en la labor de describir la Operación Antropoide la cosa tira que da gusto y te zampas la lectura como si fueran palomitas. Nouvelle Palomitas, es cierto, pero el efecto está ahí y es uno de esos gozos que como lector busco y aprecio. Meterme dentro y ver cómo la página 125 es de pronto, en un santiamén de suspenso temporal, la 180. Ayuda mucho la organización en capítulos breves, en ocasiones minúsculos, que hacen adictivo el avance en la lectura, y la frase corta y directa que domina el relato histórico (y no el otro).



Me acerqué a HHhH porque alguien me dijo o escribió que valía la pena; y no una sola persona sino varias. Tampoco sin mucho detalle sobre lo que iba a encontrar. Luego, con la llegada del verano, me pareció bien escoger una lectura de la Segunda Guerra Mundial, con sus nazis malos y sus heroicos resistentes. Y he disfrutado bastante, esto es así y así lo digo.

 

3.8.12

MALDITO EDISON

La entrada dedicada a perfilar al inventor Thomas Alba Edison como supervillano y genio del mal ha sido secundada por aquí y por allá con diversos comentarios y datos que viene bien recopilar con esta entrada anexa y complementaria.

Mickey Rooney + Thomas Edison : combo diabólico.

Por ejemplo, varas personas me han enlazado a Oatmel y una genial tira dedicada al combate geek entre Edison y Tesla, que tuvo una réplica en Forbes seguida de una contrarréplica de nuevo en la web de origen. Todo hace dos meses y una prueba más de que el cambio de paradigma en el carácter benefactor del inventor de la bombilla está ahí, vivo, latiendo. No he tenido tiempo, por otro lado, de repasar su aparición en la genial Planetary de Warren Ellis, del mismo modo que Santiago García me recuerda su papel en el clásico La Eva futura de Villiers de l'Isle Adam. También Javier Rodríguez llevaba sospechando la verdad hace tiempo.

Edison inspiración (diabólica) para la juventud, cómic (auto)editado por la General Electric en 1939


Lo cierto es que profundizar en las mil patentes y proyectos de este supervillano que inventó el siglo XX uno encuentra proyectos como las casas prefabricadas, una máquina para hablar con los muertos (eso es muy de mad doctor, sí) o su creación más rematadamente pOp, que no es otra que la silla eléctrica. Calpurnio, el creador del genial El bueno de Cutlass, me enlazaba un video de su creación en el que jugaba con una grabación de la Edison en la que promocionaba, precisamente, ese avance tecnológico aplicado a la pena de muerte.




Ahora bien ¿Quieren una verdadera prueba del carácter desalmado de Edison? ¿Algo que una para siempre su nombre con Fu-Manchú o Lex Luthor? Nada mejor que la electrocución del elefante Topsy en un experimento básico (ejem) para nuestra futurista civilización actual.




Galería de Interventores Famosos. Un día descubriremos que todos ellos eran illuminatis aficionados a la alquímia que competían entre ellos para conseguir el CAOS del SIGLO XXI. Me temo que lograron su objetivo.

Y ya para acabar: Warren ELlis ya lo dijo antes (como siempre): Edison Hate Future.

30.7.12

THOMAS ALVA EDISON, GENIO DEL MAL Y SUPERVILLANO TECNOLÓGICO

Retrato de un Mad Doctor

Cuando era pequeño y me zambullía en todo tipo de material impreso y con letras, las enciclopedias juveniles formaban parte de mi alimentación. En todas ellas, en el apartado de Grandes Inventores, brillaba con luz propia (y nunca mejor dicho) la figura del Thomas Alba Edison. En la literatura de divulgación juvenil de mi época (y de todas las anteriores) Edison era el inventor de la bombilla que era lo mismo que decir “el inventor de la electricidad” (en realidad, claro, se trataba de su aplicación más práctica y visiblemente doméstica y no de la electricidad en sí, que estaba ahí desde el bing bang). Recuerdo que en la enciclopedia Dime Quién Es (Argos, 1975) se decía que había inventado más de mil cosas (vaya tío); que hizo esperar a las autoridades en la presentación de una nueva creación y que apareció lleno de grasa porque su principal preocupación en ese momento era arreglar un cacharro (estos inventores, tan entrañables, siempre a lo suyo, en su mundo); y que su primer invento fue una máquina de registrar votos (hoy veo el dato como algo inquietante). En definitiva, que sin Edison viviríamos peor y el siglo XX no hubiera sido posible. Uno cerraba el libro, miraba a su alrededor y daba gracias al tipo. Si yo hubiera sido un juvenil geek de las ciencias, seguro que habría hecho de él un modelo a seguir; afortunadamente, pronto me incline por la rama de las letras, a priori menos prieta, metódica y exigente.

 Edison emulando el experimento del Dr. Jeckyll

Hoy, 35 años más tarde, la cultura pOp del siglo XXI comienza a ofrecer una imagen bien distinta del Edison modelo para jóvenes inventores. Edison, hoy, empieza dibujarse como un auténtico genio del mal que no tardará en rivalizar con Moriarty o Fu-Manchú o que incluso podría figurar como fundador de SPECTRA. Nada más escribir esto, me he puesto a buscar alguna foto de Edison acariciando un gato de angora pero sólo encuentro una de sus viejas películas en la que dos gatos simulan un combate de boxeo. Un momento... Edison como pionero de las filmaciones de gatitos. Sí, sin duda estamos ante un auténtico supervillano. Pero vayamos por partes.



La idea de escribir sobre Edison como genio del mal la tenía ahí guardada pero ha explotado definitivamente leyendo la quinta entrega de Atomic Robo. Ya he hablado antes de esta serie que me despierta múltiples simpatías por su tono dicharachero. El protagonista es una inteligencia artificial robótica creada por Nikola Tesla y los arcos argumentales que protagoniza dan saltos en el tiempo. Por sus viñetas han pasado Lovecraft, Charles Fort o un Carl Sagan convertido en heroico científico de acción. En esta última entrega se salta casi a los orígenes de Atomic Robo y se le muestra como un joven (de metal) que se aburre en compañía de Tesla, ya un abuelete siempre abstraído por la ciencia, y que alimenta su imaginación artificial con novelitas pulp protagonizadas por justicieros que luchan contra el crimen y se mueven en las sombras. Y así transcurren sus días hasta que se topa con uno de estos héroes enmascarados que anda enfrascado en una desigual batalla contra una banda de gánsteres de Chicago que se dedican al robo de inventos, patentes y también de un cráneo procedente de la Atlántida cargado de energía telúrica. Al final, como no podía ser de otra manera, se descubre que tras los robos está el mismísimo Edison, genio del mal que ambiciona el poder total, ser el amo y señor de toda la energía del planeta.



Digo que el malo no no podía ser otro que Edison porque en la deliciosa ficción pulp que propone Atomic Robo anda por en medio Nikola Tesla, otro genio inventor que en la actualidad anda en pleno proceso de conversión en mito contemporáneo pese a que murió olvidado y en la miseria. Tengo por aquí la reciente edición española de una biografía (Nikola Tesla, el genio al que le robaron la luz) que no he leído aún y creo que se ha publicado alguna más. El fenómeno está ahí, empujado por una corriente de divulgación científica muy visible en Internet y que, curiosamente, ha hecho de Tesla su icono pOp pese a tratarse de un científico con una historia tan rica en misterios que da margen a la fantaciencia e incluso a teorías descabelladas muy alejadas de la fe en la ciencia y la razón que profesan parte de sus admiradores (y ahí está el rayo de la muerte, sin ir más lejos).



Es en el crecimiento de la figura de Tesla donde se origina el paso de la imagen de Edison de benefactor tecnológico del siglo XX a genio del mal y supervillano. Los dos científicos se enfrascaron en la llamada Guerra de las corrientes. Edison la continua y Tesla la alterna. Al parecer (ya dije que soy de letras), la primera era más cara y salió victoriosa porque generaba más beneficios a los inversores. (corrección: por una vez ganaron los buenos). La batalla tuvo sus golpes bajos y mezquinos, como muestra la conocida anécdota de la silla eléctrica. Edison recomendó que la máquina que encarnaba la modernidad aplicada a la pena de muerte funcionase con la corriente rival, la alterna, y lo hizo con la intención de desprestigiarla con tamaña mala imagen. Por su parte, Tesla soñaba con la difusión masiva y gratuita de la electricidad, algo que, claro, chocaba con los intereses económicos y la búsqueda de beneficios monopolistas. Es en ese sueño de Tesla donde cabe encontrar su conversión actual en mito pop de internet, emblema del activismo 2.0 contrario a viejos modelos de propiedad intelectual porque suponen no sólo un freno al desarrollo humano y la libre difusión de ideas, sino también porque oculta en su interior oscuros intereses de poder económico (esa misma idea, por ejemplo, flota en el Capitán Swing de Warren Ellis que les comentaba ayer mismo). En este nuevo esquema, Edison se erige así como némesis de Tesla, es decir, en el villano tecnológico a quien debemos la gestación de opacas corporaciones privadas cuyo único objetivo no es el progreso sino el enriquecimiento vil, o lo que es lo mismo, vaciarnos los bolsillos porque hoy, sin electricidad, no podríamos sobrevivir. Edison nos ha convertido en sus esclavos. ¡Maldito Edison!

 Esta foto del laboratorio de Edison demuestra que también inventó IKEA.

Lo cierto es que observando hoy la biografía del antaño modélico inventor de la bombilla se le descubre como un ávido acaparador de patentes que, en muchos casos, eran fruto de una hábil apropiación indebida por vía legal. En algunos casos se mejoraban, es cierto, pero también que con el apoyo de la banca había formado un nutrido equipo de negros y ayudantes que trabajaban a sus órdenes. Sólo así se entiende el millar de invenciones tan dispares y heterogéneas registradas a su nombre. Uno de los casos más conocidos fue el del cine, que como saben se atribuye hoy a los franceses Hermanos Lumiere. Cuando el invento cruzó el Atlántico, Edison ya se había encargado de patentar variaciones, plantar batalla legal a los franceses y ejercer la fuerza de su monopolio (además de ofrecer filmaciones de gatitos). Curiosamente, la industria de Hollywood nació instalada en California para huir de las patentes de Edison y librarse del pago de derechos. Sí, esa misma industria que hoy lucha por todo lo contrario. Así que ya lo ven, sólo hay que escarbar un poco para descubrir que Edison no fue el inventor del siglo XX sino su genio del mal, la sombra diabólica que se alza tras la grandes corporaciones multinacionales, el freno al progreso que no rinde beneficios privados, la SGAE, las agencias de rating, la prima de riesgo y los gatitos de internet. Edison es el MAL, así, en mayúsculas.

 Edison también inventó las muñecas que hablan.

Cuando andaba investigando para mi ensayo Black Super Power, que habla sobre la gestación del héroe negro en la cultura popular, me topé con un curioso documento y una historia que acaba por perfilar el carácter mezquino y maligno del inventor de la bombilla. R.F. Outcault es hoy conocido por ser el creador en 1895 del primer gran personaje de la historia del cómic, el Yellow Kid, de amplia difusión en la prensa norteamericana de la época y cuya primera aparición marca, para algunos, la fecha del nacimiento del cómic. Outcault quiso diversificar sus creaciones y se inventó, en 1901, a Pore Lil Mose, un simpático e inquieto negrito protagonista de diversas historietas de comicidad primitiva muy al gusto de la época. El personaje es hoy un ejemplo más del arquetipo racial conocido como pickaninny, es decir, del negrito tontorrón, gracioso y con labios de salchicha. Pero la caída en desgracia del personaje no fue consecuencia de su condición de caricatura racialmente incorrecta (faltaban décadas para que esa visión fuera tenida en cuenta). No. La desgracia del personaje fue su encuentro con Edison. En una de sus historietas, Pore Lil Mose y sus amigos se colaban en el laboratorio del inventor y trasteaban con sus aparatos, recibiendo todo tipo de calambrazos. Cuando Edison los descubre, les gasta una broma al tenderle la mano electrificada, conseguiendo que el negrito salga dolorido y por patas. A Edison no le gustó nada el chiste, demandó al periódico, exigió la retirada de ejemplares y consiguió la prohibición de cualquier reproducción. Pore Lil Mose no sobrevivió a la airada protesta del todopoderoso genio del mal y dejó de publicarse poco tiempo después.






Nota: esta entrada ha tenido otra complementaria. Aquí.

29.7.12

LAS MASCOTAS Y EL HORROR


Me acerco a Los animales de Burden Hill (Norma Editorial) porque se ha habla bien de ellos y porque me caen bien Evan Dorkin y Jill Thompson. También con cierto temor porque aunque me declaro fan absoluto de los conejos de La colina de Watership, sé que los gatitos han hecho mucho daño en Internet. Me tranquiliza, eso sí, la solapa promocional que anuncia que se trata de una obra premiada con un Eisner a la mejor publicación para adolescentes. Y ahí ya es cuando debo saltar rápido y gritar que esto es mucho más que lectura para adolescentes y que harán mal quienes pasen de largo precisamente por esa categorización generacional, especialmente si se es buen aficionado al género de terror.



Ojo, no pretendo despreciar la literatura juvenil, nada más lejos de mi intención. De hecho, incluso me alegra enormemente y alimenta mi (escasa) fe en la humanidad que el jurado de los Eisner otorgara el sello de Mejor publicación para adolescentes a un tebeo en ciertos momentos tan crudo como éste. Supongo que el hecho de estar protagonizado por animales entrañables despista lo suyo.


Para ir al grano, Los animales de Burden Hill son un grupo de perros (y un gato) que casi sin querer se ven envueltos en una serie de misterios sobrenaturales y que acaban convirtiéndose en una especie de Expediente X canino (con gato). Nacieron casi como una anécdota para una antología centrada en las casas encantadas y que en su caso enmarcaba muy bien, con mucho amor, los códigos del subgénero trasladándolos a una caseta de perro encantada. Evan Dorkin y Jill Thompson, que ya digo que me caen bien, enseguida vieron que la cosa podía dar más de sí y acertaron de pleno.



A lo largo de las páginas del álbum las mascotas de Burden Hill se cruzan con gatos satanistas, perros zombi, espectros de cachorros, hombres lobo, sapos primigenios, ratas endemoniadas, asesinos de perritos y magia negra de todo tipo. Y es que bajo el suelo de la urbanización donde habitan parece esconderse un horror sobrenatural que está despertando y atrayendo todo tipo de criaturas y alimañas infernales.


La gran virtud de esta obra, además del sano entretenimiento que ofrece, es el enorme respeto y originalidad con que se ancla en el relato de horror puro y de género, uniendo a Stephen King o Lovecraft con las pandillas de Enid Blyton, y no contentos con ello acuden al gore explícito cuando es necesario y a algunas resoluciones que me causan enorme sorpresa por su transparente crueldad y violencia. La unión, extravagante, del amor por perros y gatos con el género de terror fantástico se libra de los riesgos de la (implícita) pochez  y abraza la fantasía terrorífica con enorme dignidad y destacable buen hacer. Al acabar la lectura me levanto y aplaudo.