Supongo que ayer todos amábamos a
Tim Burton del mismo modo que hoy todos le odiamos (al menos un poquito). No es un sentir que se mezcla (amar y odiar al mismo tiempo) sino un camino que parte del uno al otro; quizá odiar sea mucho decir y mejor dejar esa emoción para otros, no sé, para
Neil Gaiman. Bueno, va, tampoco. Reservemos el odio para las fuerzas vivas de la sociedad, para amos y políticos, y dejemos en paz a los artistas. A Tim Burton lo amamos antaño porque con películas como
Ed Wood lo explicó todo sobre el sentido de la maravilla desde el punto de visto del artista enajenado de la subcultura pOp; y si luego nos dio disgustos, uno tras otro; pero no podemos quejarnos porque, de hecho, con
Ed Wood ya nos estaba avisando. He llegado a la conclusión de que Burton no es consciente del desengaño que ha provocado porque sigue fascinado con su cine y es víctima de la misma enfermedad que aquejó a
Jesús Franco o,
hoy mismo, al
Dario Argento de
Drácula 3D. La única diferencia es que la industria confía en él y le sigue financiando sus catedrales de gótica y nostalgia. Así, esa inexplicable supervivencia y tenacidad burtoniana podría ir en paralelo a otro fenómeno de nuestros días, a que el espíritu lúdico de la vieja serie Bé pervive en muchos de los desmesurados
blockbusters del Hollywood actual, sólo que con más pasta. Demasiado rollo previo para dar la buena noticia: tras demasiado tiempo, Burton vuelve a firmar una película que merece la pena. Se le sigue notando cansado y perdido, pero noto de nuevo esa magia fruto del amor al monstruo y de su mirada abducida por la estética del cuento pOp y siniestro. Quizá hubiera sido demasiada traición hacia sí mismo emborronar el recuerdo de su celebrado mediometraje de 1984 rehaciéndolo alargado y sin sustancia. Bueno, algo puede haber de eso, no lo negaré, pero me inclino más por la sensación de que este
Frankenweenie animado es delicioso y sincero, con sus homenajes al
Frankenstein de la Universal, a
Gamera y a los
sea monkeys. ¿Quién puede poner peros a eso? Por otro lado, no está de más recordar que Frankenstein y la idea del hombre creando vida al margen de la divinidad, era un sacrilegio, una ofensa a la fe, que envolvió de polémica viejas adaptaciones (aquí le eliminamos de
13 Rué del Percebe, sin ir más lejos). Hoy, bajo el logo de Disney los niños den vida artificial a sus mascotas muertas. Celebrémoslo con la alegría que merece. Por cierto, la versión en 3D es bastante pobre y no merece la pena.