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24.3.15

EL VERMUT

Pues que Kiko Amat me citó el otro día en una tasca a mi elección para charlar largo y tendido sobre Mentiré si es necesario. Yo disfruté del encuentro mientras los botellines de cerveza se iban vaciando, y creo que el resultado salió de lo más divertido y se puede leer aquí, en Gent Normal. Es largo, pero creo que quienes gustan de lo mío sabrán apreciarlo.



También aprovecho para decirles que una na de mis dos lecturas favoritas del año pasado fue Mil violines y otras crónicas sobre pop y humanos (Random House, 2011) —la otra esta—, un libro que tuve en mis manos varias veces cuando salió pero que tardé demasiado en pillar —la clave, un amigo que me dijo lo mucho que lo había disfrutado y que él establecía un vínculo poderoso con mi libro—. La cosa es que al final fui a por él y me lo zampé en una ida y vuelta en AVE a Madrid, en un arrebato de gozo y gula lectora. Luego, al llegar a casa, me pase dos días escuchando los discos que comenta en el libro, un recorrido pop y biográfico alrededor de canciones, borracheras y melodramas juveniles de barrio. Vamos, que el vínculo está ahí, es cierto, pero es que Mil violines me pareció cojonudo e incluso me descubrió algún temazo que no conocía. Y el discurso se cierra con los Fleshtones, como debe ser, porque en la conga de la vida el que toca las maracas va delante.



19.7.12

METRALLETAS PARA TODOS



Un par de días me ha durado Los amigos de Eddie Coyle. Dos tardes desatendiendo cualquier tarea u obligación. Me sorprende, hoy, que esta obra maestra de la novela negra permaneciera tan olvidada en nuestro país. Por fortuna, Libros del Asteroide ha salido al rescate, y de esta editorial, encima, me gusta el tacto de sus páginas, el olor de sus libros; así que, bueno, vivíamos felices sin saber que esta novela existía y hoy viviremos más felices habiéndola leído y acudiendo a felices relecturas futuras.


George V. Higgins describe un submundo coral de policías y ladrones (y asesinos a sueldo, conseguidores, traficantes de armas, confidentes) setenteros. Mala gente, los amigos de Eddie, ese epicentro de amargura matrimonial y negro futuro judicial. Perdido en el vigor de los diálogos entiendo perfectamente las referencias a Tarantino, porque está ahí, treinta años antes. Criminales que hablan de sus cosas mientras se dedican a lo suyo, que si mi mujer, que si tengo que ir a comprar pan, que si una cerveza, que si mira que feo ese hare krishna, que si las palomas son como ratas voladoras. Metiendo la gamba, también, sin querer, como nos pasa a todos, diciendo lo que no hay que decir y tejiendo su parte en una telaraña de traiciones en la que sólo el más hijo de puta puede salir beneficiado. Cómo he disfrutado y cómo me ha enganchado. Ya lo advierten en la contraportada Norman Mailer o Elmore Leonard, aunque del rincón del pelota en que se han convertido las contraportadas nunca hay que hacer del todo caso. Ustedes saben. Ahora soy yo el que lo dice: esta es una de mis lecturas recomendadas para este verano, sin duda. Háganse con ella con urgencia y, eso es un aviso, pasen de largo el prólogo de Denis Lahane. Déjenlo mejor para el final. La virginidad siempre es virtud.


Los amigos de Eddie Coyle tuvo adaptación cinematográfica originalmente homónima, aunque aquí se llamó El Confidente (Peter Yates, 1973). La tenía olvidada así que la recupero pese a que sé que es mala cosa eso de leer el libro y ver la peli tan de seguido. La segunda siempre sale algo tocada por la perdida del factor sorpresa, porque sabemos qué va a pasar, así que hay que poner distancia. Y en la distancia resulta evidente que es un peliculón a reivindicar. Tiene esa adusta sequedad setentera, ese technicolor gris y sucio y esa cámara sin tembleques, puesta ahí, en su sitio, dignamente, observando ese ir y venir de Eddie Coyle y quienes le rodean. Gente de mala vida y sin demasiada actitud cool, como tu o como yo, salvando las criminales distancias.


El confidente es una adaptación fiel con alguna variación que, creo, ayuda a no distraerse y a reforzar el carácter terrible de uno de los personajes. Incluso me ha servido para sumar 2 y 2 respecto a un detalle que se me había escapado. Así que bien, vamos, de puta madre. Me imagino viéndola en una sesión doble majestuosa con Asesino Impacable. Buff. Gozo supremo. Ah! Sale Robert Mitchum y ustedes lo saben tan bien como yo: si sale Robert Mitchum es buena. No hay dudas al respecto.



17.9.11

LA SUPERHEMBRA ES UNA ENFERMERA NEGRA Y CABREADA


Me pongo Coffy (Jack Hill, 1973) porque debo refrescar en poco tiempo cuantas más blaxploitation mejor. Esta es, sin duda, de las mejores y más icónicas muestras del subgénero, que además sirvió para encumbrar a su reina, una Pam Grier que se había estrenado en Russ Meyer por robustos y evidentes motivos. Grier no es mi tipo, lo reconozco, pero no puedo ponerle ninguna pega. La heroína blaxploitation debía ser ella, la única superhembra capaz de hacer sombra al repertorio de fortachones machomen afroamericanos que invadieron los cines de barrio de principios de los 70.

Lo que me sorprende al ver hoy Coffy es su tremenda incorrección política, algo que me hace disfrutar tanto como lamentar tiempos pretéritos en el que el derribo (de convenciones) era genuinamente pOp por pOpular. La película es tan explosiva en ese aspecto que me sumerge en un misterio cinéfilo: su estreno en España. La duda viene al imaginar la de cortes que debió sufrir en su momento por las escenas de sexo, que aunque no explícito son sudorosas, muestran las ubres descomunales de la Reina o detalles tan subidos de tono como el momento en que la protagonista derrama champán francés sobre el miembro viril de su amante y se lanza a saborear el resultado al fuego de una chimenea (véanla en la central de tutubos). También el doblaje debió ser domado y sometido, ya que el original es generoso en frases soeces de esas que en los actuales EEUU condenan en EEUU a una película a una calificación difícil de llevar.

Y aquí surge mi duda, porque nada indica que la película se estrenara en España en los 70. No hay carteles en Todocolección que lo verifiquen, no consta en la base de datos del ministerio, no hay rastro en la hemeroteca de La Vanguardia. Pero lo fue. Puedo certificarlo porque yo la vi, de pequeño, en el cine de la esquina, que se llamaba cine Adriano y hoy es un parking de automóviles. Y puedo certificarlo por una de aquellas escenas irrepetibles que uno guarda en su memoria para siempre; aquella en la que la protagonista intuye la pelea entre féminas que se avecina y coloca cuchillas de afeitar en su peinado afro, para que cuando la rival la agarre de los pelos se lleve una sorpresa (véanla en la central de Tutubos. Una escena que se grabó a fuego en mi juvenil cerebro y que, curiosamente, durante años vinculé a Cleopatra Jones, otro mito blaxploitation (nota al pie: de hecho, Coffy nació para rivalizar con Cleopatra en las taquillas de Harlem), hasta que descubrí que no. Así que ahí tienen planteada esa duda cinéfaga: ¿por qué no encuentro rastros del estreno en cines españoles de Coffy cuando sé que yo la vi en uno de ellos?


Y dicho, esto, ya no sé qué más añadir respecto a este peliculón de tiempos pasados con enfermeras que se lanzan a luchar contra la droga desde el primer minuto del filme armadas con escopetas de cañones recortados. Eso es tremendo porque la película empieza así, con la heroína liquidando camellos para vengar la mortal adicción de su hermanita. Y es tremendo porque implica una carencia absoluta de progresión vengativa, aquella con la que empatizar por la vía chunga. Aquí hay venganza desde el primer minuto y eso despoja de ambigüedades, de moral ya ni hablamos. Coffy, además, se presta al sexo para alcanzar su fin, que no es otro que exterminar a todos los culpables de llenar Harlem de heroína. Policías tan irlandeses como corruptos, mafiosos italianos y políticos negros que hablan de liberar a sus hermanos pero que ponen la mano ante el narcotráfico. En la escena final, de hecho, hay toda una lucha sibilina entre superhembra enamorada y machismo mesmerizante. Por el camino también tenemos lesbianas orondas que protegen a yonquis chivatas (grandiosa la sorpresa lésbica que obliga a Coffy a defenderse con una botella rota) y a Sid Haig haciendo de memorable sicario.

Se acusó a la blaxploitation de ser serie b producida por blancos para consumo de negros que daba una imagen dudosa de éstos. Desde el punto de vista sociológico me resulta más interesante la concepción de la heroína (siempre en contraste con el macho man) como proletaria de los servicios sociales y de armas tomar.

Trailer:


2.8.06

EL MUGRIENTO THRILLER COOL

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Asesino Implacable (Get Carter, 1971) es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Dicho lo cual puedo ponerme a chillar pumarescamente "¡Obra Maestra!" no sólo sin pudor sino con orgullo. Jack Carter es un asesino en nómina de la mafia londinense que regresa a su Newcastle natal para investigar la extraña muerte de su hermano, pese a las reticencias de sus jefes. Ese es el punto de partida, que acude a una de las tramas básicas de la narrativa universal: la venganza.


Leyendo a los clásicos de regreso a casa


Son muchos los elementos que hacen de esta amoral y violenta película una masterpiece. Ya de entrada, además de una de las mejores bandas sonoras de la historia (a cargo de Roy Budd: el tema central es una joya) tenemos un Michael Caine inconmensurable en el papel de un tipo cruel y frío (y por tanto, supercool desde el punto de vista más etimológico del calificativo), encarnación total del concepto de antihéroe sencillamente porque de héroe no tiene un pelo: un héroe se mueve impulsado a hacer el bien a quien le rodea, a Jack Carter le mueve la violencia de su propia existencia. Ni siquiera hay un lazo de amor familiar claro con el motivo de su venganza: a su hermano no lo ve desde que se marchó a Londrés y a su sobrina se dedica a darle dinero como único acto de amor que entiende. La historia reserva más elementos que enturbian la relación, en cierta medida sugeridos, como el hecho de que matar a los asesinos sea en realidad la única forma de amor fraternal de la que es capaz. Y es que esta es una película que combina de manera magistral sutilezas, cosas que se ven pero no se explican (ei, que esto es cine), violencia explícita, diálogos memorables y algunas de las metáforas sexuales más contundentes que recuerdo.



Otro de los muchos elementos destacables es el tono tremendamente naturalista con el que está rodada. Resulta sorprendente si tenemos en cuenta que el otro trabajo por el que es conocido Mike Hodges es por haber dirigido la adaptación ochentera de Flash Gordon. No se puede uno imaginar un titulo que sea tan antítesis como ese. Aquí no hay ese encantador despiporre camp, todo lo contrario. El tour turístico a la ciudad de Newcastle es tremendo: un lugar gris, de industrialización cutre, de pubs sordidos donde el feo proletariado inglés bebe cerveza, de discotecas de nothern soul absolutamente equidistante a la luminosidad pop del Swingin' London, de hipódromos envejecidos, ferrys oxidados y muelles que apestan a humedad postindustrial, de humeantes fábricas del siglo XIX que siguen en funcionamiento, de majoretes desfilando en descampados, de calles sórdidas y lumpen con gorra a cuadros y jersei de cuello alto, de playas plagadas de alquitran y porno ilegal en el que se folla con los calcetines puestos. En realidad, Hodges no hace otra cosa que aplicar caligrafías propias de los neorralismos, nouvelles vagues y freecinema a una historia no habitual para esas moderneces: un thriller de serie negra contundente y afilado como una navaja. El resultado es una sensación de cruda realidad inigualable tamizada subterráneamente con un substratro de humor negro más fuerte de lo que parece a simple vista (aunque no es esta una película para ver de manera simple).


De paseo por las playas de Newcastle

El otro elemento que me gustaría destacar es el trato dispensabo a los diversos personajes femeninos. Desde luego, Asesino Implacable es un filme que puede provocar súbitas diarreas a las feministas que buscan tres pies al gato. Los personajes femeninos están ahí para ser usados sexualmente e incluso asesinados (sin querer o queriendo) pero no hay que olvidar que estamos ante un filme que busca un contexto lo más realista posible, y si vemos a los sicarios mafiosos como seguramente son, también a las mujeres que los envuelven.


Violencia de género

Get Carter destila sexo por los cuatro costados pero carece de sensualidad, o casi. Y como les decía antes incluye en su metraje tres de las metáforas sexuales más contunentes que recuerdo:

1 - Cuando Carter sube por segunda vez al Ford Cortina descapotable de Glenda (Geraldine Moffat), una zorrona aficionada al cine porno ilegal que hace el doble juego sexual con dos de los capos de la ciudad, en montaje cinematográfico alterna velozmente primeros planos de la conducción del vehículo (con guantes, je, sexo precavido) con los de la escena subsiguiente, el encuentro de rigor en el catre y con el antihéroe de la función, a ritmo del sudoroso crime jazz de Roy Budd. Llave de contacto, bragas que se bajan, cambios de marcha, velocidad, cuerpos descocidamente fornicantes, tubos de escape que sueltan humo, cigarritos mirando al techo.


El cambio de marchas, ese símbolo fálico universal


2 - Cuando Carter pide a la casera que le deje llamar por teléfono. Al otro lado de la línea está una tremenda Britt Ekland que se someterá a una sesión de sexo oral a distancia. Carter lanza obcenidades con frialdad, ella se masturba, la casera escucha ejerciendo de voluntaria voyeur(o mejor "escucheur"), Carter continua susurrando sexo guarro mientras mira sostenidamenet a la casera, ésta mueve el balancín cada vez más rápido, en la distancia la Ekland se corre. Y todo en el marco de una sordida pensión de los bajos fondos.


Sexo oral

3 - Cuando a Carter le interrumpen un polvo un par de matones. La escopeta bajo la cama le salva de una buena tunda. Desnudo, obliga a los dos sicarios a salir de la casa. Les acompaña hasta la puerte rifle en alto. "Vigila no se dispare" dice uno. "Se refiere a la escopeta" apunta, veloz y socarrón, el otro. Ya en la calle, la visión no sólo impacta en una anciana vecina sino que perturba a una de las niñas del desfile de majorettes más gris y cutre que recuerdo, personificación extraña de una ciudad industrial a punto de sufrir una reconversión salvaje.


Caine, rifle en alto

No me gustaría despedir este pedazo de película, insisto que una de mis favoritas de todos los tiempos, sin dejar caer un cierto paralelismo con muchos filmes de samurais (y no sólo por ser una historia de venganzas) o sin citar otra escena, menos memorada (que no memorable) que indica muy bien esa atmósfera tan contundente: cuando Carter visita, nada más llegar a Newcastle, el apartamento (cochambroso y sin vida) de su hermano. En una habitación está el ataud. La casa está vacía. Nadie vela a un cadáver que espera, en soledad, que le trasladen al cementerio para un funeral desértico. Caine, al llegar al apartamento y descubrir al finado en una habitación, tapará su rostro con un velo. ¿Porqué, si no va a verlo nadie más que él? Es una de las muchas sutilidades de un filme que, no hace demasiado, fue objeto de un remake protagonizado por un Stallone en horas bajas. No tengo huevos de verlo: de por sí la sóla idea de un remake me provoca turbias sensaciones.




La novela original

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Cartel de la época donde sorprende una americana floreada que jamás veremos.

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El cartel norteamericano, tremendamente pop art.